Ciudad Juárez.- La historia suele advertirnos en voz baja y, cuando no la escuchamos, vuelve a tocar con fuerza. Hoy, en un mundo interconectado y frágil, resuena la declaración de Donald Trump de que su único límite en el uso del poder militar es su “propia moralidad”. No habló de tratados, ni de derecho internacional, ni de consensos multilaterales. Habló de sí mismo. Y esa frase, que parece grandilocuente, tiene ecos en el pasado.
Trump asumió que la fuerza económica, militar y política, puede imponerse sobre las normas. En esa idea hay una sombra conocida, la de Adolf Hitler, quien también consideró que los tratados eran barreras incómodas y los fue rompiendo uno a uno, desde el abandono de la Sociedad de Naciones hasta la remilitarización de Renania y la anexión de territorios. Primero desobedeció los acuerdos, luego los convirtió en papel mojado y finalmente hizo del poder sin límites un proyecto de Estado. Las consecuencias están escritas en la memoria del siglo XX.
El paralelismo no es una equivalencia histórica simplista, sino una advertencia sobre la lógica que coloca a la “voluntad del líder” por encima de la ley. Cuando un presidente afirma que decide por su propio criterio cuándo aplicar el derecho internacional, cuando amenaza a otros países como método de diplomacia y celebra la imprevisibilidad como herramienta, el orden global se vuelve un terreno resbaladizo. Es muy peligroso. Las instituciones que surgieron tras la Segunda Guerra Mundial lo hicieron precisamente para evitar que la fuerza reemplazara a las reglas.
Hoy, el riesgo no es solo geopolítico, lo es civilizatorio. La erosión de tratados nucleares, el desprecio por alianzas y el uso de la coerción como lenguaje diplomático abren puertas que el mundo aprendió a cerrar a un costo enorme. ¿Qué ocurre cuando el límite del poder se reduce a la mente de un solo hombre? La respuesta ya la conocemos. Y no conviene olvidarla.