La plaza empezó a llenarse desde mucho antes del amanecer. Algunas personas llegaban vestidas con medias de red en colores neón y empapadas de purpurina. Otras, que ya habían estado en otras fiestas, tomaban una siesta en un área con césped. Los músicos llegaron al final, cargando tambores y trompetas.
Era un domingo por la mañana durante el carnaval de Río de Janeiro, y la plaza del centro histórico de la ciudad servía como punto de partida para una especie de maratón de fiesta callejera itinerante conocida como Boi Tolo.
El Boi Tolo no tiene hora, guion ni ruta; es una marejada de miles de participantes eufóricos que recorren la ciudad a un ritmo frenético.
Aquellos que no llegan a la salida se pasan el día intentando alcanzarlo, enviando mensajes a sus chats grupales: “¿Dónde está el Boi Tolo?”.
Seguirle el paso es agotador.
“En el camino empiezas a preguntarte: ‘¿Debería parar? Voy a parar’”, comentó Lucas Fagundes, de 35 años. “Es como la prueba definitiva de tu resistencia”.
Pocas fiestas representan mejor el fervor y el caos del carnaval callejero de Río que el Boi Tolo. Lejos del glamour de los desfiles oficiales del carnaval, esta fiesta ha llegado a encarnar las celebraciones informales que se apoderan de las calles.
A las 6:50 a. m. del domingo, la multitud de la plaza había crecido hasta reunir unos cientos de personas ataviadas con sombreros de vaquero decorados con pedrería y bikinis brillantes. Los músicos estallaron en una sinfonía improvisada de metales, tambores e instrumentos de percusión.
Una gigantesca cadena humana se formó en torno a la banda y todos se pusieron en marcha por las estrechas calles, paralizando el tráfico. Al pasar por una parada de tranvía, una Medusa resplandeciente soplaba burbujas de jabón hacia la gente que esperaba su transporte. Personas en zancos pasaban junto a un autobús atrapado en el mar de gente.
Una de las pocas reglas de Boi Tolo es mantenerse en movimiento. Cuando dos personas se detenían para darse un beso apasionado, la multitud estallaba: “¡Besando y caminando! ¡Besando y caminando!”. La dirección no siempre está clara. “Decidimos la ruta en el momento”, explicó Luís Otávio Almeida, de 62 años, uno de los fundadores de la fiesta.
El Boi Tolo empezó hace dos décadas por casualidad, cuando un grupo de personas llegó a una plaza pública con ganas de fiesta el domingo de carnaval y no encontró nada. Al parecer, un anuncio del periódico los había confundido.
Frustrados, decidieron improvisar. Un vendedor de cerveza que se encontraba por ahí tenía una pandereta. Alguien llamó a un amigo que tenía un tambor. Un trompetista solitario apareció y se unió al grupo.
Entonces, alguien tomó un trozo de cartón y garabateó con lápiz de labios “Boi Tolo”, o “buey tonto” (por haberse creído lo que decía el anuncio). La tradición se mantuvo y ahora atrae a decenas de miles de personas cada año.
“El Boi Tolo solo existe porque la gente quiere que exista”, dijo Almeida. “El carnaval se hace en la calle. Lo hace la gente”.
La fiesta de este año desembocó en un extenso parque, donde espectadores disfrazados colgaban de las ramas de los árboles y se apretujaban bajo un paso elevado, mientras cientos de personas vitoreaban desde arriba.
Para muchos cariocas —como se conoce a los habitantes de Río—, el carnaval a menudo parece un deporte extremo que requiere determinación y resistencia.
En años recientes, el aumento de visitantes y las temperaturas ardientes han hecho que hasta los más resistentes batallen para aguantar el ritmo de la fiesta. Este año, para intentar ganarle al calor, el Boi Tolo salió antes de lo habitual.
Aun así, con las temperaturas rebasando los 32 grados Celsius, las personas se abanicaban y se rociaban unas a otras con agua. Para las 11 a. m., el sol era abrasador; una mujer que llevaba un bikini de lentejuelas cayó de sus zancos al suelo. “Estoy bien, solo me bajó la presión”, dijo mientras se levantaba y empezaba a hacer twerking de nuevo.
La procesión se dirigió hacia un par de túneles que conducían a la playa de Río. La mayoría de los participantes estaban empapados en sudor. El maquillaje se les derretía. Pero esto era lo que habían estado esperando: el clímax del Boi Tolo.
El ritmo se aceleró, al resonar en el túnel. La multitud estalló en un júbilo eufórico. “Es mágico”, dijo Perola Mendonça, de 26 años. “Es una sensación de éxtasis increíble”.
En el otro extremo, la fiesta seguía avanzando frente a la playa. A las 4:30 p. m., los participantes llegaron al final del paseo marítimo, pero no estaban dispuestos a detenerse. Dieron media vuelta y enfilaron de vuelta hacia el túnel.
Tras 12 horas de marcha por la ciudad, algunos cientos de participantes aún no querían terminar. Mientras la luz se desvanecía, emprendieron el regreso al centro de la ciudad, donde empezó todo.
Al pasar por un tramo de playa, corrieron a la arena. Un hombre con sombrero de vaquero enganchó su tambor en el travesaño de una portería. La multitud se acercó mientras los músicos empezaban a tocar un himno fiestero con una letra con la que todos podían identificarse.
“¡No me voy a casa! ¡No me voy a casa!”, gritaba la multitud, saltando en la arena.
Agotada, Yasmin Santiago, de 22 años, se apoyó contra el poste de la portería. Ella se había unido a la muchedumbre unas horas antes, sin saber de qué se trataba pero con ganas de fiesta.
“¿Esto es el Boi Tolo? ¡Cómo crees!”, dijo al enterarse. El rostro se le iluminó. Volviéndose hacia su amiga, gritó: “Amiga, ¿oíste eso? ¡Encontramos el Boi Tolo! Llevábamos siglos buscándolo”.