Max Bearak se encontraba en un taxi saliendo del Aeropuerto Internacional El Dorado de Bogotá, Colombia, cuando recibió la llamada.
Habían pasado solo dos días desde que el ejército estadounidense irrumpiera en Venezuela y capturara a su presidente, y solo un día desde que el presidente Donald Trump, a bordo del Air Force One, insinuara a los periodistas que el dirigente colombiano, Gustavo Petro, podría ser el siguiente.
Petro era un “hombre enfermo” implicado en el narcotráfico, dijo Trump, sin pruebas. ¿Y en cuanto a una acción militar contra Colombia? “Suena bien”, añadió.
La llamada procedía de uno de los ayudantes más cercanos de Petro.
“El presidente quiere hablar con el Times”, dijo el ayudante. “Quiere aclarar algunas cosas”.
Es raro que sea un presidente quien solicite una entrevista y no al revés. Es una oportunidad aún más rara poder sentarse con un jefe de Estado al que el presidente de Estados Unidos le acaba de llamar la atención. Petro y Trump, quienes nunca habían hablado antes, habían pasado gran parte del año pasado discutiendo, sobre todo en las redes sociales, sobre temas que iban desde las deportaciones y los ataques estadounidenses a barcos hasta Gaza y el cambio climático.
Poco sabíamos lo inusuales que serían las siguientes 72 horas.
“Inusual” es una palabra muy adecuada para Petro. Es un exguerrillero marxista que dirige un país incondicionalmente religioso cuyos ciudadanos están agotados por décadas de conflicto armado. Casi todos sus predecesores podrían calificarse de conservadores, tanto en dogma como en estilo, y las guayaberas de lino blanco que viste a menudo contrastan con un protocolo arraigado de suéteres de cachemira y pantalones de vestir.
Se nos indicó que estuviéramos en la ciudad costera de Cartagena lo antes posible al día siguiente, donde tendría lugar la entrevista en una base naval. Una vez allí, con poco tiempo para prepararnos, nos pidieron que colocáramos nuestras sillas, luces y cámaras en un gran balcón anexo a un comedor.
Bajo unos cocoteros que se balanceaban, languidecimos durante ocho horas mientras el sol atravesaba el cielo y Petro retrasaba la entrevista una y otra vez. El sudor manchaba nuestras camisas. Mientras esperábamos, revisábamos nuestros teléfonos, viendo cómo su canciller declaraba que las fuerzas armadas responderían en caso de ataque, y cómo él publicaba más de una decena de diatribas cargadas de ideología en X.
En una publicación, escribió que los ataques de Trump contra él eran sintomáticos de un “cerebro senil”. En otros, se refería al “jaguar” que el imperialismo estadounidense había despertado en el corazón del pueblo latinoamericano.
Nuestra entrevista se aplazó hasta la mañana siguiente, pero nos dieron una extraña razón para su retraso. Nos dijeron que se había avistado un barco extranjero no autorizado en aguas colombianas, y que Petro estaba supervisando la respuesta. Más tarde se demostró que se trataba de un rumor, pero al igual que su cascada de mensajes en X, dejó una cosa muy clara: Petro parecía estar nervioso y actuaba como si lo estuvieran acorralando.
Cuando por fin nos reunimos con Petro a la mañana siguiente, parecía aturdido, como si hubiera estado despierto toda la noche. En nuestra entrevista, sus ideas eran coherentes pero dispersas. Habló durante casi dos horas y media, la mayor parte de las cuales las dedicó a lecciones sobre la historia de Colombia, desde rebeliones de esclavos centenarias hasta la “invasión” de Estados Unidos de Colombia para anexionarse Panamá y construir el canal. Insistió en que estas lecciones eran cruciales para comprender el actual enfrentamiento con Trump. (Seguimos languideciendo: sus ayudantes habían apagado el aire acondicionado porque Petro se quejaba a menudo de que el aire frío le producía dolor de garganta).
En breves paréntesis, reconocía la amenaza que se cernía sobre él y su país. “El riesgo existe ”, afirmó. Nos dijo que, temiendo ser él mismo un objetivo del ejército estadounidense, dormiría en el palacio presidencial de la capital, Bogotá, junto a la espada de Simón Bolívar, el héroe de la independencia sudamericana.
En ese mismo momento —en Washington y en Bogotá— se estaban elaborando planes que cambiarían esta trayectoria, pero parecía que Petro no lo sabía al concluir nuestra entrevista. En cuanto le estrechamos la mano, sus guardias nos llevaron rápidamente al avión presidencial, un Boeing 737 de 20 años de antigüedad.
Supusimos que las prisas se debían a que Petro había hecho un llamamiento al pueblo colombiano, en X, para que saliera a las calles a defender la nación, y que iba a hablar en lo que prometía ser una gran concentración en Bogotá. Resultó que un esfuerzo diplomático del senador republicano Rand Paul, por Kentucky, y del embajador de Colombia en Washington había obtenido un “sí” del presidente Trump, quien había accedido a una llamada telefónica con Petro esa tarde. Sería su primera comunicación directa.
Con esa llamada, quedó claro que nuestra lección de historia de ese mismo día había pasado también ya a la historia. Lo que ocurriera en la llamada telefónica sería la noticia.
Sucedió que, junto con el vicepresidente JD Vance, el secretario de Estado Marco Rubio y otros funcionarios, nuestros colegas del Times estaban en el Despacho Oval con Trump, mientras Petro estaba en el altavoz, aunque el contenido de la llamada era extraoficial.
Al principio, solo pudimos saber lo que había ocurrido a través de un cálido mensaje publicado por Trump en Truth Social, en el que decía que había sido un “gran honor” hablar con Petro, a quien había invitado a Washington. Un ayudante de Petro dijo que había sido una “buena reunión” y poco más.
Petro dio la misma noticia a los asistentes al mitin, que llevaban horas esperándolo, entre estruendosos aplausos.
Esa noche, un ayudante nos llamó para invitarnos a otra entrevista con Petro.
A la tarde siguiente, en el palacio presidencial, el dirigente colombiano dijo algo que, dada nuestra experiencia en Cartagena, no nos sorprendió en absoluto: durante la mayor parte de la llamada de 55 minutos con Trump, había hablado él. Se explayó sobre los entresijos de la larga guerra de Colombia contra los cárteles de la droga, dejando hablar a Trump solo cuando el tiempo asignado para la llamada se acercaba a su fin.