Cd. de México.- Un flagelo recorre América Latina, es el flagelo de la inseguridad. Miles de pandilleros, "soldados" de los cárteles, diversas organizaciones criminales, con su séquito de sicarios, secuestradores, casas de pique y extorsionadores maltratan a millones de latinoamericanos.
¿Qué vinculación tiene este fenómeno con el acontecer político de nuestra región? ¿Cómo repercute en las preferencias electorales? ¿La criminalidad se queda en la base social? ¿O escala hacia copar posiciones de poder?
Las recientes elecciones en Perú y Colombia son muestra de lo anterior. En ambos países la inseguridad es uno de los temas de mayor preocupación de la población. Pero la violencia delictual no lo es todo, salvo excepciones. La mayoría de los países del continente no logran despegar con plenitud luego de la pandemia y su rebote en la economía. Buena parte de los trabajadores latinoamericanos viven en economías estancadas.
No es el único factor, pero influye en el elevado nivel de informalidad que tiene el empleo regional (70% en Perú, 55% en Colombia). Inclusive en países que históricamente exhibieron buenas cifras, hoy tienen un 30% de informales. Son familias sin ingresos regulares, sin previsión, con precaria atención de salud, y la mayoría sin vivienda propia. Sociedades además castigadas por niveles de gran desigualdad, agravada en algunas zonas por herencias culturales de fuerte racismo y clasismo. La necesidad de buscar mejores horizontes lleva a la inmigración a menudo ilegal, la novedad es que dejó de ser de sur a norte (todos a EU) y ahora tenemos un gran contingente migratorio de norte a sur, especialmente de venezolanos y colombianos rumbo al Cono Sur.
Si a una cotidianeidad difícil se le suma un día a día peligroso, es comprensible que la población demande al Estado que cumpla una de sus funciones básicas: proteger a sus ciudadanos. Como contrapartida lo que emerge desde todos los rincones de la sociedad es una demanda de orden y restablecimiento del imperio de la ley.
Por cierto, una respuesta exitosa requiere de una institucionalidad eficiente y profesional, algo que no abunda al sur del Río Bravo. La debilidad estatal se agrava con la falta de transparencia y con la corrupción. Añadamos el nepotismo y el uso clientelar del aparato público.
¿Polarización, outsiders o miedo?
Las elecciones peruanas y colombianas fueron extremadamente polarizadas, especialmente en su segunda vuelta. Este es un dato que vale la pena examinar, porque en Perú la primera vuelta no fue bipolar, Fujimori sacó un 17% y Sánchez un 12%. Esto se explica por una gran cantidad de candidaturas presidenciales: 35. La inmensa mayoría bordeó el 1%. Así, en la segunda vuelta el 70% de los ciudadanos peruanos votaron por un candidato que no era su primera opción.
¿Qué motivó ese voto de segunda vuelta? Elegir entre dos grandes temores: por un lado, el temor al retorno a los tiempos del fujimorismo con su secuela de corrupción, violación de derechos humanos y persecución política.
Por otro, el temor de muchos al recuerdo de Sendero Luminoso, con su violencia sectaria y sus atentados, el temor a "los terrucos", como se les denomina en Perú. En suma, Keiko ganó con "votos prestados", por escaso margen y con una mitad del país que no sólo la ve como una amenaza sino también como parte de un sistema que no incluye las preocupaciones de la población.
En las recientes elecciones colombianas, el proceso fue diferente. Dos candidatos obtuvieron cada uno más del 40% en primera vuelta. Abelardo de la Espriella obtuvo el 43% y lo siguió el centroizquierdista Iván Cepeda con un 40.9%. En segunda vuelta ganó De la Espriella con un 49.6% mientras que Cepeda llegó al 48.7%. En votos, la diferencia entre ambos se redujo de más de 700 mil votos en la primera vuelta a poco más de 200 mil en la segunda. Estamos hablando de un país de cerca de 50 millones de habitantes.
Tenemos más casos de "votos prestados" en el pasado reciente: el actual Presidente de Chile, José Antonio Kast, pasó en segundo lugar al balotaje con un 23% de los votos, y ganó en la segunda con un 58%. Algo similar ocurrió en las elecciones bolivianas de fines del año pasado. El triunfador, Rodrigo Paz, obtuvo un 32% en primera vuelta y ganó con casi un 55% en segunda.
O sea, tanto Kast como Paz ganaron con "votos prestados", que según los analistas electorales es un voto voluble, muy infiel, y extraordinariamente impaciente, que demanda soluciones a sus problemas con rapidez y eficacia. De lo contrario, se pasa rápidamente a la oposición. Hoy en Chile la mayoría de las encuestas de opinión pública coinciden en que Kast posee un poco más del 30% de adhesión y Paz acaba de superar una movilización que duró casi dos meses que lo ha dejado muy debilitado.
Si la población vota en segunda vuelta por "el mal menor", cabe preguntarse a qué teme. Hasta el momento es claro que la inseguridad es uno de los principales temores de las sociedades latinoamericanas. Otra preocupación prioritaria es la precaria situación de la economía: la inflación, el estancamiento, la falta de empleo, son parte de la cotidianeidad de millones de familias latinoamericanas.
En algunos procesos electorales esta preocupación se coloca en primer lugar. Fue el caso de las últimas elecciones argentinas y ello explica el fenómeno Milei, su peculiar estilo y el ubicar a "la casta" como la causante de todos los males. A su vez, la aguda crisis económica que sufrió Bolivia a finales del Gobierno de Arce Catacora, especialmente reflejada en la escasez de combustible, fue el telón de fondo de sus últimas elecciones y del fin de los 20 años de hegemonía del Movimiento al Socialismo.
De más está decir que crisis económica mezclada con crisis de seguridad arroja un saldo demoledor, y si la corrupción campea, se entiende que la sociedad se ponga escéptica frente a sus élites y la institucionalidad.
Algunos análisis generalizantes hablan de "la teoría pendular", reduciendo toda la política y la problemática social a definiciones ideológicas con un eventual rítmico vaivén electoral. Otros destacan el rol de los outsiders. El "péndulo" no resiste mucho análisis, pero la emergencia de figuras carismáticas sí, recordando a Max Weber.
Es difícil que una dirigente que lleva más de 30 años en política activa dirigiendo su partido, como Keiko Fujimori, se le pueda clasificar como outsider. Pasa algo similar con Bukele, quien en su juventud militó en el Frente Farabundo Martí salvadoreño que lo postuló para una alcaldía menor primero y luego para la de San Salvador. Bukele puede generar muchas opiniones, pero no era un recién llegado a la política.
Kast fue diputado por varios periodos, militante de la Unión Demócrata Independiente (partido de derecha fundado a finales del pinochetismo) del cual se separó, lo motejó de "derecha cobarde" y fundó el Partido Republicano chileno de ultraderecha. Rodrigo Paz es hijo del exilio de su padre, el ex Presidente Jaime Paz, fundador del MIR boliviano, educado en EU y Europa, que gana en segunda vuelta enfrentando al ultraliberal Jorge "Tuto"
Quiroga. El Presidente Paz no pertenece a la ultraderecha ni es un outsider (fue autoridad local en su natal Tarija), sería un error definirlo como un político surgido de improviso y de raíces ultramontanas.
Otro es el caso de Jair Bolsonaro, ex capitán de Ejército y discreto diputado durante varios periodos, su discurso de orden y nacionalismo surgió como alternativa a la hegemonía del Partido de los Trabajadores de Lula y Dilma. Bolsonaro hoy está condenado por un intento golpista.
Distinto es el caso de Milei, que salta de los programas de TV a la política con su discurso de anarcocapitalismo donde los enemigos serían la "casta", "los chorros" (ladrones), un estilo comunicacional denostador de los adversarios y con la motosierra como política pública. En ese sentido, De la Espriella, abogado penalista defensor desde ligados al paramilitarismo hasta testaferros de Maduro, que destapó su candidatura hace poco más de un año, semeja más a un Milei caribeño que le gustaría ser un Bukele andino.
¿Y la gobernabilidad?
Se puede ganar por un voto, o por unos pocos miles en un universo de millones de electores. Pero gobernar con un país dividido en dos, con una dosis importante de "votos prestados" es un gran desafío.
En todo caso, destaquemos que, con todos sus problemas, la democracia hasta el momento permite resolver la elección de los gobernantes en los países que hemos mencionado, no siempre ha sido así y eso es ya un mérito.
Si el Mandatario electo logra tener una mayoría en su respectivo Congreso, hay bases más confiables de gobierno. Dependerá por cierto de la habilidad del Ejecutivo para conformar una coalición que le asegure mayoría legislativa, lo que incluye un gabinete que represente esa pluralidad. En concreto, que los "votantes prestados" tengan representación en el gobierno. De la Espriella tiene la posibilidad de darle forma a una coalición de partidos tradicionales; para Fujimori será más difícil.
Si el nuevo Mandatario no logra conformar una mayoría legislativa, podemos asistir a un "presidencialismo de minorías" con una predecible confrontación y estancamiento en las alturas del Estado.
Otro tema es cómo -aparte de las peleas de los políticos- reacciona la sociedad. Lo que podemos avizorar es que, en la mayoría de los casos, se trata de sociedades sin ninguna paciencia, que esperan soluciones rápidas a sus principales necesidades: mayor seguridad y mejores condiciones de vida.
El horizonte cercano
El ciclo político latinoamericano tendrá en octubre un episodio mayor: las elecciones brasileñas. El otro gran actor regional, México, tiene ante sí la gran tarea de capotear las cíclicas -y a veces erráticas- maniobras de su gran vecino. Agreguemos que el regreso sin gloria de su guerra en el Medio Oriente puede llevar a la Casa Blanca a reforzar su hegemonía en el continente después de su retiro de Ucrania e Irán. En el camino dejó contusa a Europa mientras China observa que, en este último caso, ganó una guerra sin combatir.
Para finalizar, asumiendo que en la vida no todo es política, debemos tomar nota que para buena parte del planeta -especialmente para los latinos- la lucha de clases está suspendida por el señor futbol.
Pese a las triquiñuelas de la FIFA y sus cambios de reglamento, incluido cortar el ritmo de los partidos para las pausas publicitarias, el futbol es uno de los principales soportes de la cohesión nacional en muchos países.
Si Colombia logra un buen desempeño, se desatará la rumba y el nuevo gobierno tendrá asegurado una pausa en la polarización. En cuanto al Tri, sus triunfos provocarán un pachangón desde Los Ángeles hasta el último rincón continental donde lo esté mirando un guadalupano. Qué decir si Leo Messi lleva a Argentina a la cima, y el carnaval brasileño que desataría una nueva copa postergaría la campaña electoral.