Cd. de México.- Gerald Ford y George Bush padre son los únicos Presidentes de Estados Unidos que no llegaron a un acuerdo relevante con Cuba, desde la revolución de 1959. Barack Obama, que restableció las relaciones diplomáticas en 2014, fue el primero en reconocer abiertamente que la agresión económica y política de décadas no favorecía los intereses de Washington en la isla.
Pero el breve deshielo no bastó para una plena normalización. Hoy la hostilidad estadounidense es superlativa, por la batería de medidas adicionales que Donald Trump impuso desde su primer mandato y que, sobre todo, causan un daño incalculable a la población cubana.
En la imagen cotidiana parece que el conflicto sólo se debe a que la mayor potencia del mundo ataca por todas las bandas a una pequeña nación, pero esa no es la única fuente de la crisis múltiple que estremece a Cuba. Hay una historia interna de omisiones, rezagos, resistencias al cambio y errores acumulados en décadas
El correr del tiempo
En enero de 1989 Fidel Castro recibió a Vitali I. Vorotnikov, miembro del Buró Político del Partido Comunista de la Unión Soviética. En sus memorias, el entonces emisario de Moscú relató que la perestroika dominó las conversaciones y que el líder cubano lo bombardeaba a preguntas.
Cuando Mijail Gorbachov visitó Cuba en abril de ese mismo año, las discrepancias quedaron patentes. Con información de primera mano, Fidel proclamó en julio siguiente en Camagüey:
"Si mañana o cualquier día nos despertáramos con la noticia de que se ha creado una gran contienda civil en la URSS, o, incluso, que nos despertáramos con la noticia de que la URSS se desintegró, cosa que esperamos que no ocurra jamás, ¡aun en esas circunstancias Cuba y la Revolución Cubana seguirían luchando y seguirían resistiendo!".
Cuatro meses después cayó el Muro de Berlín. El 29 de agosto de 1990 Cuba declaró el "Periodo Especial en Tiempos de Paz", un plan de recortes y sacrificios. En octubre de 1991, el IV Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC) en la práctica expidió un cheque en blanco para Castro, al "otorgar al Comité Central facultades excepcionales", para que "adopte las decisiones políticas y económicas que correspondan () a fin de hacer cumplir el objetivo supremo de salvar la Patria, la Revolución y el socialismo".
Dos meses más tarde, el 25 de diciembre de 1991, desapareció la Unión Soviética. Desde su advertencia visionaria, Castro esperó cuatro años para reaccionar. En el verano de 1993 empezó a introducir reformas que abrieron la economía cubana a mecanismos de mercado, amplió el sector privado y creó canales para la inversión extranjera y el comercio con occidente.
La economía se recuperó en los siguientes años, pero hacia finales de los noventa las reformas se estancaban o retrocedían. Castro las miraba como un mal necesario y temporal, no como soluciones estructurales.
Hugo Chávez apareció en el horizonte y Castro unió la nueva alianza con la Batalla de Ideas, una campaña que buscaba remontar el golpe del "Periodo Especial" a la política social. Fusionado el discurso ideológico, los frutos de la relación con Venezuela y obras en escuelas y hospitales, la apertura económica languideció.
En la madrugada del 13 de febrero de 2005, ante un auditorio de economistas, Castro proclamó la nueva línea: "El Estado vuelve convertido en Ave Fénix, con alas de largos vuelos".
Pero ese mismo año también volvieron con fuerza los apagones de la década anterior. Castro reconoció que la planta de termoeléctricas era obsoleta y emprendió lo que llamó Revolución Energética: una reducción del combustible fósil, empleo de aparatos domésticos eficientes y el impulso de energías limpias, gas y plantas portátiles.
Fidel tuvo que hacer entonces un alto en el camino para revelar que había llegado a plantearse un conflicto más profundo. Tras la crisis post-soviética, el líder cubano sostenía que el sistema político de la isla iba a sobrevivir para conservar al menos "las conquistas de la revolución".
En un discurso en la Universidad de La Habana, el 17 de noviembre de 2005, corrigió esa tesis. Reconoció los "muchos errores" de la dirigencia que él había encabezado por décadas, por primera vez expuso en público la idea de que el sistema podía colapsar por sus propios defectos y llamó a discutir ampliamente cómo "esta revolución puede destruirse".
Pero ya no hubo debate: una enfermedad intestinal lo obligó a ceder sus cargos públicos y el foco de atención cambió radicalmente. Raúl Castro, quien remplazó a su hermano, adoptó decisiones que mejoraron la vida cotidiana de la gente y la acercaron al común del resto del mundo (libertad para viajar, para vender la vivienda o el auto o para comprar aparatos electrónicos); abrió una discusión sobre las demandas de la población y lanzó un plan de apertura de la economía que llegó a convertirse en resoluciones del PCC y de la Asamblea Nacional del Poder Popular (ANPP, parlamento) y que se reflejó en la una nueva Constitución de 2019.
Siempre con base en el régimen de partido único, Raúl enfiló una dura crítica al aparato dirigente. Censuró el triunfalismo de la propaganda oficial, el recurso compulsivo de culpar de todo y en cualquier caso a Estados Unidos y reclamó atender problemas propios como la corrupción, el burocratismo y la improductividad.
A diferencia de Fidel, Raúl valoró que la reforma de la economía cubana era de vida o muerte, ni mal menor ni temporal. "O rectificamos o ya se acaba el tiempo de seguir bordeando el precipicio: nos hundimos y hundiremos () el esfuerzo de generaciones enteras", dijo a la ANPP el 18 de diciembre de 2010.
"Lo único que puede hacer fracasar a la revolución y al socialismo en Cuba, poniendo en riesgo el futuro de la nación, es nuestra incapacidad para superar los errores que hemos cometido durante más de 50 años y los nuevos en los que pudiéramos incurrir", leyó en su informe al VI Congreso del PCC, el 16 de abril de 2011. En la clausura, tres días después, criticó la mentalidad "atada durante largos años a los mismos dogmas y criterios obsoletos".
Pero ya en el VIII Congreso de PCC, en abril de 2021, tuvo que frenar el impulso. Dijo que la resistencia al cambio impedía que la reforma caminara. Reconoció que decisiones del más alto nivel quedaban atascadas en las estructuras medias del gobierno. Una barrera invisible saboteaba desde dentro la apertura.
Paso adelante, dos atrás
Desde el colapso del socialismo real, en casi cuatro décadas Cuba ha tenido dos ensayos de apertura económica y dos contrarreformas. Dejó pasar la oportunidad que le abrió Obama, arrastra un conglomerado de empresas estatales ineficientes y le cierra caminos a sus propios emprendedores nacionales, que han mostrado capacidad, innovación y competitividad.
Sólo en los últimos 10 años la dirigencia ha reconocido errores propios, sin señales claras de rectificación. Raúl Castro criticó (27 de diciembre de 2016) la "mentalidad obsoleta llena de prejuicios" contra la inversión extranjera.
Miguel Díaz-Canel lamentó "la pasividad, la demora y hasta la indiferencia de instituciones y organismos para responder" a ofertas del capital foráneo (24 de mayo de 2023).
La reforma fue tan improvisada que tuvo resultados negativos, reconoció el entonces zar de la apertura, Marino Murillo (21 de diciembre de 2017). En el peor momento de la economía hasta entonces, el gobierno emprendió en 2021 la reforma monetaria, que fracasó. En lugar de reducir el circulante a una sola moneda, se multiplicaron las divisas en el mercado y volvió el uso minorista del dólar. Se disparó una hiperinflación y una macrodevaluación del peso cubano. Murillo terminó destituido.
En 2023 el Banco Central de Cuba inició una campaña de migración masiva a la bancarización electrónica. El 24 de enero de 2024 reconoció que la demanda era muy superior a la capacidad financiera, material y humana, con un alto deterioro de la red de cajeros automáticos.
Pero quizás la política más inexplicable en este lapso haya sido la decisión de poner la mayor proporción de la inversión pública en la infraestructura turística, cuando el campo y la generación eléctrica reclamaban recursos. Las torres de hospedaje crecieron en la isla incluso en plena pandemia y aún después, ya en franca caída económica, sin que los indicadores del turismo pudieran recuperarse.
El economista Ricardo Torres, investigador de American University, en un reciente reporte para Cuba Study Group, un centro de análisis independiente, calculó, con base en datos oficiales, que el turismo pasó de absorber 15-17 por ciento de las inversiones en los años noventa y principios de los 2000, a más de un 30 por ciento en 2015-2018 y casi un 40 por ciento entre 2019 y 2024.
En 2020 casi la mitad de la inversión total (47.6 por ciento) se destinó al turismo, mientras que la electricidad, el gas y el agua apenas recibieron el 9.4 por ciento, añadió el investigador.
"Incluso en los años de profundización de la crisis económica (2019-2024), el gobierno eligió mantener un esfuerzo inversor elevado, pero concentró una fracción desproporcionada de esos recursos en la cadena turística (hoteles y su inmobiliaria asociada), en lugar de reforzar la infraestructura energética".
Veinte años después de la Revolución Energética de Fidel Castro, las mismas termoeléctricas devastadas, corroídas por el petróleo local ultrapesado, en su mayoría con más de treinta años de explotación, entraron en colapsos en cadena.
Por si algo faltara, el ministro de Economía y Planificación y viceprimer ministro Alejandro Gil Fernández, un muy cercano colaborador de Díaz-Canel, fue destituido, procesado y sentenciado en diciembre de 2025 a cadena perpetua por espionaje, cohecho, tráfico de influencias y sustracción de documentos, sin que a la fecha se conozcan los hechos que le imputaron.
¿Hay salida?
En la academia cubana abundan las elaboraciones más diversas sobre alternativas para la reconversión del modelo económico, incluso actualizadas al paso de cada nueva adversidad. Pero el gobierno se ha mantenido inflexible, sin siquiera valorarlas.
Para peor, Trump decidió volver a poner a Cuba en su agenda y la crisis en la isla se superpone en el tiempo a cualquier otra consideración. La gran paradoja es que una reforma de la economía cubana, aprobada por las instituciones de la isla, reformulada al paso del tiempo, pero frenada en la práctica, termina ahora como una supuesta demanda del gobierno de Estados Unidos.
¿El actual Presidente se sumará a sus antecesores que llegaron a un entendimiento con La Habana? ¿O pasará a la lista corta de quienes no lo hicieron?
El historiador e investigador de la Universidad de Miami Michael J. Bustamente, quien sigue de cerca el conflicto, se muestra escéptico. "Siento que los dos lados un poco en estas últimas semanas han regresado a sus trincheras", dice para este artículo. A Estados Unidos cierta liberalización para la inversión privada en la isla le parece insuficiente. El gobierno cubano rechaza cualquier negociación sobre su modelo o liderazgo político. "Espero que estén negociando de verdad para beneficio del pueblo cubano, que está sufriendo las consecuencias, pero lo veo difícil".
Bustamante tampoco distingue claramente cuál es el objetivo de la Casa Blanca en Cuba. "Su meta puede que esté cambiando todos los días, en dependencia de lo que está pasando en otros frentes de la política exterior norteamericana".
El investigador advierte que una presión superior de Estados Unidos, que llegue a desestabilizar Cuba, terminaría con resultados contraproducentes. El más obvio, un nuevo repunte migratorio. Pero el verdadero objetivo de Trump, insiste Bustamante, "es muy difícil descifrar". Y si Cuba trata de ganar tiempo, "es una estrategia muy riesgosa. En cualquier momento se pueden producir protestas masivas, que casi invitan a Estados Unidos a hacer algo más".