Recientemente, la presidenta de México Claudia Sheinbaum Pardo se convenció de que el llamado fracking podría salvar al país de la dependencia energética debido a la insuficiente producción de gas natural. Y anunció la formación de un comité técnico de especialistas para ver la posibilidad de aplicar ese método de manera benéfica hacia el ambiente.

De entrada, históricamente, el fracking es malo. Este procedimiento de perforación utiliza grandes cantidades de agua, que en muchas de las regiones donde existen yacimientos de gas de esquisto, llamado así por la roca que lo contiene: esquisto o lutita, no la hay en forma suficiente. El agua es inyectada a muchísimo muy altas presiones para fracturar las capas de roca que guardan ese gas, y con el rompimiento de forma violenta de la roca, pueden acceder a la extracción del gas.

Pero… con las fracturas producidas en lo profundo, suceden filtraciones nocivas de agua contaminada, de gas y del llamado “gas oil” hacia los acuíferos subterráneos circundantes.

En México, la pertinencia del fracking ya fue discutida en 2013 y 2014 con motivo de la propuesta de la Reforma Energética que presentó entonces el Ejecutivo federal.

Tras la aprobación de la citada reforma en 2013, intensificaron el debate sobre el uso intensivo de esta técnica para explotar hidrocarburos no convencionales: gas de esquisto o shale gas/shale oil. Las discusiones intensificaron en la forma de un debate técnico y ambiental. Aún más, entre 2015 y 2018, organizaciones civiles detectaron que Pemex utilizó el fracking en cientos de pozos en estados como Veracruz, Puebla, Tamaulipas, Nuevo León y Coahuila, lo que generó protestas y estudios sobre sus efectos.

En el sexenio de AMLO, establecieron el Compromiso Presidencial 75 de prohibir el fracking en el país debido a los riesgos ambientales y escasez de agua, aunque persistió la polémica porque siguieron asignando presupuesto para proyectos que implicaban esta técnica.

Se suavizó Sheinbaum

Ahora, en 2026, se reabrió el debate a principios del año, porque la presidenta Claudia Sheinbaum reconsideró el uso de esa técnica y promovió un análisis de viabilidad para utilizarla con "tecnologías de bajo impacto ambiental" con el fin de “reducir la alta dependencia de importación de gas natural desde Texas”. Es decir, que, ante la impotencia de Pemex para surtir combustibles suficientes, se abrió la puerta condenada. La opción proscrita por el viejo designio presidencial, ahora está abierta, por un designio equivalente.

Claudia Sheinbaum anunció en este mes de abril la conformación de un comité técnico-científico para evaluar la viabilidad y aceptabilidad del uso de la fractura hidráulica o fracking en México, con el objetivo de analizar alternativas para la extracción de gas no convencional.

Esa propuesta se fundamenta en los siguientes puntos:

• Objetivo de soberanía energética. La mandataria argumentó que México importa cerca del 75% del gas natural que consume, por lo que descartar de inmediato el fracking sería "muy irresponsable" ante la dependencia energética de Estados Unidos.

• Mesas de discusión y análisis. El grupo técnico tendrá un plazo de dos meses para presentar conclusiones sobre si es factible, seguro y ambientalmente responsable utilizar esta técnica, buscando tecnologías que reduzcan el impacto ambiental y el uso de agua, distanciándose del "fracking tradicional".

• Postura presidencial. Aunque durante su campaña rechazó el fracking, su administración plantea ahora analizarlo bajo nuevas condiciones, lo que ha generado críticas de organizaciones ambientalistas que cuestionan la posibilidad de un "fracking sustentable".

El fracking ‘bueno’ de Estados Unidos

La presidenta de México parte de la base de que en otras partes del mundo, como en Estados Unidos, ya existen procedimientos tecnológicos para mitigar los impactos negativos de la fracturación hidráulica sobre el medio ambiente circundante. Es decir, argumenta ella que sí, que ya existe un fracking bueno.

Pero hay que verlo más de cerca. El fracking en Estados Unidos es el pilar de su industria energética, y representa más del 75 por ciento de su producción de petróleo y gas, pero no existe un consenso científico ni ambiental que lo clasifique como "bueno" para el medio ambiente. Aunque la industria desarrolla tecnologías más eficientes, persisten riesgos ambientales significativos.

Estudios indican que el fracking en EU provoca contaminación de aguas subterráneas y superficiales, emisiones de metano (un potente gas de efecto invernadero), contaminación del aire y riesgos de sismicidad. Hay también contaminación química, porque los líquidos utilizados en la fracturación contienen aditivos tóxicos y cancerígenos como benceno, tolueno y xileno.

Y ¿cómo no hablar del consumo de agua? Requiere grandes volúmenes de agua potable, entre nueve mil y 29 mil metros cúbicos por pozo, lo que limita los recursos hídricos en las zonas adyacentes.

Ah, pero los partidarios del fracking “bueno” insisten en que han desarrollado en los Estados Unidos tecnologías de reducción de impacto: argumentan que la industria intenta implementar técnicas como el reciclaje de agua y mejores cementaciones de pozos para intentar reducir el impacto, a menudo referido en la industria como un intento de hacer el proceso "más seguro". Pero en el país del norte subsisten las dudas, debido a que la industria de la extracción de gas no ha convencido a todos de las bondades de sus métodos de “mitigación”.

Trump regresó al carbonífero

Es del dominio público que, bajo la administración de Donald Trump, con acciones reportadas a inicios de 2025 y 2026, han implementado una política de desregulación ambiental significativa, enfocada en relajar las exigencias de mitigación de efectos nocivos para industrias como la minería, la extracción de gas y petróleo, y la generación de energía fósil.

Acciones clave reportadas en el contexto de la nueva administración incluyen la revocación de la llamada "Determinación de Peligro" (2009), que establecía que seis gases de efecto invernadero (incluidos CO2 y metano) son perjudiciales para la salud pública. Esto elimina la base legal utilizada por la EPA (Agencia de Protección al Ambiente) para regular emisiones en industrias fósiles, vehículos y plantas eléctricas.

Han tomado medidas para acelerar la minería y la perforación en tierras públicas, lo que incluye la revisión (tradúzcase como desprecio) de normas para la disposición segura de cenizas de carbón y la facilitación de la extracción de recursos en zonas cercanas a parques nacionales, como el Cañón del Chaco.

¿Y con respecto a la extracción de gas y petróleo? La Agencia de Protección Ambiental retrasó hasta 2027 los requisitos para que las empresas de petróleo y gas reduzcan las emisiones de metano en sus infraestructuras. Asimismo, han buscado exenciones de la Ley de Especies en Peligro para perforaciones en el Golfo de México, citando “seguridad nacional”.

Un representante federal (diputado) de Nueva York calificó la política ambiental de Trump como “un marranero”. Debido a los riesgos, estados como Nueva York han prohibido esta práctica. Como consecuencia del método del fracking en específico, han reportado tasas elevadas de problemas de salud, incluyendo defectos cardíacos congénitos y asma en comunidades cercanas a las zonas de fracturación hidráulica.

Potencial en Chihuahua

Los sitios significativos ricos en lutitas, que son rocas sedimentarias (asociadas con la presencia de shale gas o gas de esquisto) y aceite en el estado de Chihuahua, fueron localizados inicialmente por brigadas de exploración de Pemex durante las décadas de 1970 y 1980. Aunque encontraron indicios de hidrocarburos, estas obras fueron abandonadas en esa época y el interés fue renovado años después, especialmente tras la reforma energética de 2013 y la confirmación de su potencial en la región de Ojinaga, Coyame y Aldama, parte de la Cuenca de Chihuahua.

La Universidad Autónoma de Chihuahua (UACH) en su momento documentó los sitios localizados por Pemex en sus exploraciones.

En Chihuahua han contabilizado aproximadamente 70 mil kilómetros cuadrados (equivalentes a 7 millones de hectáreas) con potencial para la extracción de gas shale (gas natural en lutita). Esta área representa una de las cuencas de gas no convencional más grandes del país, y destaca principalmente la zona noreste del estado.

¿Dónde exactamente?

• En Ojinaga-coyame está una zona con formación somera, a unos 500 metros de profundidad, que contiene gas convencional y shale.

• En La Casita (Ojinaga-aldama), otra zona ubicada a unos 2 mil metros, considerada con alto potencial de gas shale.

• La Peña (Ojinaga-villa Ahumada): La más profunda, cercana a los 4 mil metros, con extensión hacia Casas Grandes.

Por parte de Pemex, hubo consideraciones para dejar los yacimientos sin explotar. Históricamente y recientemente, diversas razones han postergado la explotación de estos yacimientos: la falta de tecnología y rentabilidad (años 70 a los 80). En la época del descubrimiento inicial, no existía la tecnología de perforación horizontal y fracturamiento hidráulico (fracking) necesaria para extraer gas de lutitas de manera viable.

La explotación de gas shale en Chihuahua requiere el uso del fracking para ser rentable. Los estudios técnicos han señalado que el costo-beneficio no era concluyente o atractivo en comparación con otras cuencas.

Y por último, pero no menos importante: las preocupaciones ambientales y la sequía que en el estado dura ya, de manera intermitente, casi cuatro décadas. Chihuahua es una región árida y los principales yacimientos se localizan en la región de Ojinaga, donde la disponibilidad de agua es muy limitada. El fracking requiere grandes volúmenes de agua, lo que genera resistencia social por el riesgo de contaminar acuíferos y escasez del recurso.

Por lo pronto, toda la atención está concentrada, hoy en día, en las discusiones que se darán en el seno del comité técnico-científico que evaluará la viabilidad y aceptabilidad del uso de la fracturación hidráulica o fracking para México.