Chihuahua, Chih.- En la esquina de 25 y Doblado, en la colonia Centro, está la Cafetería Bertha, un lugar donde además de ricos caldos, también sirven historia y amor familiar en cada plato.
Entre nostalgia y orgullo, Virginia Paredes, su propietaria, cuenta que todo comenzó en 1970, cuando el local era una carnicería del señor Ochoa y en la otra esquina, su abuela vendía taquitos de papa.
Ahí nació un amor que cambió el destino de la familia. Se enamoraron, se casaron y, tras algunas dificultades, el local quedó en manos de su abuela.
“No fue fácil. Primero intentó seguir con los taquitos dentro del establecimiento, pero no funcionó. Después probó con barbacoa, tampoco tuvo éxito. Sin rendirse, comenzó a preparar los caldos que hoy son el alma del negocio. Y esta vez, sí pegó. Gracias a Dios”, dice Virginia, quien está convenida que detrás del éxito hubo lágrimas, esfuerzo y fe.
En 1986, su abuela traspasó el negocio a su hija, doña Bertha, quien dio nombre a la cafetería. Ella trabajó sin descanso durante décadas. A finales de los noventa logró ampliar el local tras gestionar permisos municipales, creciendo junto con su clientela.
En 2012, ya cansada, dejó el negocio en manos de su hijo. Él lo impulsó aún más, manteniendo vivo el legado. Pero en 2021 la familia enfrentó una pérdida dolorosa: primero falleció él y después su madre. “Que Dios los tenga en su gloria”, expresa Virginia con serenidad. Desde entonces, ella tomó las riendas.
Hoy, la cafetería es el sustento de su familia, integrada por sus tres hijos, pero también de quienes trabajan ahí. Entre semana son cinco personas laborando; los fines de semana, seis. Pero aquí no hay jerarquías marcadas. “Ninguna es más que otra, todas trabajamos al parejo”, afirma la propietaria.
La cocinera, que lleva 25 años en el negocio, es parte fundamental de esta historia. “Si quisiera, ya sería dueña”, dice entre risas, reconociendo la lealtad y el cariño que la unen al lugar.
El sazón viene de su abuela, pasó a su madre y ahora vive en ella y en su hija mayor.
El menudo conserva la receta original; los caldos de res y de pollo, el chicharrón en salsa verde, los chilaquiles rojos y los frijoles siguen preparándose con el mismo abrazo al paladar que hace décadas.
Pero lo más conmovedor no está sólo en el menú. Está en la gente, tanto en su personal como en los clientes que llegaron de niños y ahora traen a sus hijos y nietos.
“Nos tocó ver venir al abuelo, luego al hijo y ahora al nieto”, cuenta Virginia. Incluso han acompañado a algunos clientes en su última despedida. La cafetería no es sólo un negocio, es punto de encuentro, testigo de vidas enteras.
Virginia cree firmemente que el secreto no está únicamente en la receta.
“Si tratas bien a las personas que trabajan contigo, ellas dan la cara por ti. Y si ellas están bien, el cliente también lo siente”, afirmó.
Vicky, como es llamada de cariño, dice que más que jefa, prefiere ser compañera.
El legado continúa, ya que su hija mayor ya se involucra en el negocio y entre horarios cruzados y madrugadas, la tradición sigue viva.
“Ya somos cuatro generaciones”, dice con una sonrisa que mezcla orgullo y responsabilidad.
Cada mañana, cuando abren las puertas a las 5:30 de la madrugada, y el aroma del caldo empieza a llenar el aire, no sólo comienza un día de trabajo hasta las 3:00 de la tarde, también cuenta, una vez más, una historia que sostienen con amor, esfuerzo y la firme convicción de que la cocina también es una forma de abrazar a la comunidad.