Chihuahua.- En medio del bullicio de un puesto improvisado en la calle Justiniani, entre aromas de madera recién trabajada, está Sergio González Pantoja, un artesano chihuahuense que ha hecho de la madera no sólo su oficio, sino una extensión de su alma.
Originario del desierto, nacido en Ojinaga, Pantoja relata su historia con la serenidad de quien ha aprendido a escuchar los tiempos del material y de la vida. “Soy artesano, esto comenzó como un sueño”, dijo, mientras acariciaba una de sus tablas de cortar, pieza que, más que utensilio, parece una obra de galería.
Su trabajo gira en torno a la creación de tablas de madera para distintos usos: desde las más sencillas para el uso diario, hasta piezas de colección que terminan en cocinas, asadores o muros decorativos dentro y fuera del país.
Utiliza desde pino de Guachochi ideal para la línea económica hasta maderas finas como nogal canadiense, parota, teca e incluso materiales de origen africano o de la región maya, como el zapote.
Pero no todas las tablas son iguales. Pantoja lo explica con precisión: hay tablas diseñadas para resistir el corte constante de carne, cebolla o tomate; otras, pensadas para la presentación de alimentos, como las de charcutería, que hoy están en auge, además de las paneras, con canales especiales para el pan recién horneado, o las robustas piezas para asador, hechas para pasar del fuego a la mesa familiar.
“El tamaño y el diseño definen el precio, pero tratamos de mantenerlos accesibles, porque sabemos cómo está la situación aquí en Chihuahua”, comentó. Sin embargo, lo que no cambia es el estándar de calidad, ninguna pieza lleva químicos tóxicos, todas son tratadas con una cera elaborada por el propio artesano, con base en cera natural de abeja y aceite mineral grado alimenticio.
Cada tabla pasa por un proceso meticuloso de al menos diez pasos: desde la selección de la madera evitando piezas torcidas o con defectos, hasta el cepillado, diseño, corte, detallado, y un lijado que puede incluir hasta tres fases, culminando en un acabado manual para las piezas más finas. “Hay tablas que da lástima meterles cuchillo”, reconoce entre risas, “pero están hechas para resistir”.
Más allá de la técnica, el artesano insiste en que su trabajo tiene un componente espiritual. “Esto no es sólo de las manos, tiene que ser hecho con el alma. Yo mismo me sorprendo de lo que sale, siento que hay algo más”. Trabaja solo, sin delegar procesos, porque considera que cada pieza debe conservar la esencia de su autor y de su marca: Pantoja.
Su taller, ubicado en el tradicional sector del Acueducto, cerca del sanatorio Palmore, es también una galería. En una casa antigua, acorde al entorno histórico, los visitantes pueden encontrar piezas únicas ya terminadas. Y es que, a diferencia de la producción por encargo, Pantoja prefiere crear sin presión. “Ni yo sé qué va a salir, el arte se disfruta dándole su tiempo”. La historia de su marca también tiene raíces familiares. En Ojinaga, contó, su padre era conocido entre beisbolistas y pescadores. Tras su fallecimiento, decidió honrar su apellido creando “Tablas de Pantoja”, un sello que hoy ha cruzado fronteras. Sus piezas han llegado a países como Rusia, Francia, Canadá, Chile e incluso China, muchas veces como regalos que destacan por su belleza y durabilidad.
“De la vista nace el amor”, dice el artesano, convencido de que sus obras deben experimentarse en persona. Y es que cada veta, cada tono natural de la madera sin pinturas ni alteraciones cuenta una historia irrepetible.
A pesar del alcance internacional, Pantoja prefiere el contacto directo con la gente. Se describe como alguien que disfruta más del trato cara a cara que de las redes sociales. “Aquí encuentro personajes muy especiales”, comentó desde su puesto en la calle, accesible para quienes deseen conocer su trabajo. En un mundo dominado por la producción en serie, Sergio González Pantoja apuesta por lo único, lo duradero y lo auténtico. Su filosofía es clara: crear piezas bellas, funcionales y capaces de trascender generaciones. “Son tablas que heredan fácilmente tres generaciones”, aseguró.
Y mientras el sol cae sobre la ciudad, entre tablas que parecen esculturas y clientes que se detienen curiosos, queda claro que, para este artesano del desierto, la madera no sólo es trabajada, es transformada en legado.
Para las personas que gustan de realizar cortes finos en las carnes asadas, ya sea en familia o con amigos, o quieran hacer un regalo que dure para toda la vida, pueden llamar al 614-531-05-26.