Chihuahua.- Entre caminos oscuros, montañas que chocan, ríos y criaturas de la mitología mexica, el Gobierno del Estado invita a las familias chihuahuenses a vivir una experiencia que despierta los sentidos y acerca a los visitantes a una de las creencias más profundas de nuestros antepasados.

Hay recorridos que pueden hacerse con los pies, pero otros sólo se viven con el corazón e imaginación. Así es la experiencia que aguarda en la Plaza del Ángel, donde recrearon, mediante un espectáculo de luces, escenarios y efectos visuales, el misterioso camino hacia el Mictlán, el lugar al que, según la cosmovisión mexica, llegaban las almas después de la muerte.

Al caer la noche, el espacio es transformado en un escenario que transporta a los visitantes a otro tiempo.

Las luces, las sombras y cada uno de los elementos que conforman la instalación permiten imaginar aquel viaje que, de acuerdo con las antiguas creencias, las almas debían emprender para encontrar el descanso eterno.

No es solamente observar un espectáculo, sino adentrarse en una historia llena de simbolismo, pruebas y enseñanzas. Es una oportunidad para caminar en familia, detenerse ante cada escenario, dejar volar la imaginación y descubrir cómo nuestros antepasados concebían la vida y la muerte.

De acuerdo con la tradición, el Mictlán era el inframundo al que llegaban quienes fallecían por causas naturales. Para alcanzar la tranquilidad, las almas debían recorrer nueve niveles durante cuatro años, enfrentando obstáculos que ponían a prueba su resistencia antes de encontrarse con Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, señores de la muerte.

El recorrido comienza con Apanohuacalhuia, el río de las nueve aguas, que solamente podía cruzarse con la ayuda de un xoloitzcuintle, un perro que, según la creencia, reconocía a quienes habían tratado bien a los animales durante su vida.

Después esperaba Tepeyollotl, donde enormes montañas chocaban entre sí y las almas debían encontrar el momento preciso para cruzar. La siguiente prueba era Itztepetl, una montaña cubierta de cuchillos y piedras de obsidiana que hacían del ascenso un camino peligroso.

La travesía continuaba por Cehueloyan, un territorio cubierto de hielo y azotado por vientos congelantes; luego por Pancuetlacaloyan, donde las corrientes de aire eran tan violentas que parecían arrancar todo a su paso.

En Timiminaloyan, las almas debían esquivar una lluvia interminable de flechas lanzadas por manos invisibles. Más adelante, en Teyollualoyan, los jaguares representaban uno de los encuentros más aterradores, pues devoraban los corazones de quienes llegaban hasta ese lugar.

El penúltimo obstáculo era Apanhualoyan, un lago de aguas negras donde habitaba Cipactli, una criatura mitológica que representaba otra prueba para los viajeros. Finalmente, después de superar todos los peligros, llegaban a Chicunamictlan, un sitio cubierto de niebla y oscuridad, donde encontraban el descanso al ser recibidos por Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl.

Cada uno de estos niveles forma parte de la experiencia que hoy puede descubrirse en la Plaza del Ángel, donde la iluminación y la ambientación permiten acercarse a una historia que durante siglos ha sobrevivido en la memoria de México.

La invitación es a que las familias acudan, recorran cada uno de los espacios y permitan vivir una noche diferente. Que los niños descubran las leyendas de sus antepasados, que los adultos recuerden las raíces y que todos encuentren en este espectáculo una oportunidad para compartir algo más que una fotografía.

Porque detrás de cada luz, cada sombra y cada escenario existe una historia, de la manera en que los antiguos mexicanos entendían la muerte y, sobre todo, de su profunda creencia en que incluso después del último suspiro había un camino por recorrer.

Una experiencia para mirar, sentir y recordar; un viaje imaginario al más allá que, sin salir de Chihuahua, promete convertirse en un recuerdo inolvidable para quienes se animen a recorrerlo.