Chihuahua, Chih.- Hay quienes caminan para pedir un milagro y quienes regresan para dar las gracias por haberlo recibido. Algunos llevan a sus hijos en brazos, otros empujan una carriola y muchos avanzan con los pies cansados, pero con el corazón lleno de esperanza. Para todos ellos, llegar al templo de San Judas Tadeo este 28 de octubre significa mucho más que recorrer casi 15 kilómetros: es cumplir una promesa hecha desde lo más profundo del alma.

Desde la Puerta de Chihuahua, miles de peregrinos emprenden el camino hacia el santuario del llamado santo de las causas difíciles. No importa si el sol cansa, si las piernas duelen o si todavía falta mucho para llegar. Cada paso tiene un motivo: pedir por un familiar enfermo, agradecer que un ser querido salió adelante, encontrar una solución a los problemas o simplemente demostrarle al santo cuánto significa en sus vidas.

En el rostro de muchos se refleja el cansancio, pero también una fe que parece darles fuerzas para continuar. Hay familias que caminan juntas, personas que llevan imágenes del santo, devotos que avanzan en silencio y otros que, mientras recorren la carretera, elevan una oración para agradecer o pedir que no les falte la salud, el trabajo y la protección para los suyos.

Para ellos, San Judas Tadeo no es solamente una imagen colocada en un altar. Es a quien acuden cuando sienten que las dificultades los rebasan, cuando una enfermedad golpea a la familia o cuando la vida parece cerrarles las puertas. Por eso, cada año vuelven a caminar, convencidos de que el esfuerzo vale la pena.

Foto por: Francisco López | El Diario
Foto por: Francisco López | El Diario

A lo largo del trayecto, los peregrinos avanzan a un costado de la carretera, expuestos al paso de tráileres y automóviles. Entre ellos caminan niños pequeños, mujeres con bebés en brazos, adultos mayores y padres que empujan carriolas, mientras algunos conductores pasan sin disminuir suficientemente la velocidad, pese a que los ven a pocos metros de sus vehículos.

La escena provoca temor. Basta un descuido, una maniobra inesperada o un conductor que no alcance a frenar para que una jornada de fe se convierta en tragedia.

Sin embargo, los peregrinos siguen adelante. No porque desconozcan el riesgo, sino porque muchos sienten que tienen una promesa que cumplir. El miedo está presente, pero también lo está el recuerdo de aquello por lo que pidieron, la gratitud por lo que recibieron y la esperanza de que San Judas Tadeo siga acompañándolos.

Quienes realizan la peregrinación consideran necesario contar con un camino exclusivo para los caminantes, separado de la circulación vehicular, donde puedan avanzar sin tener que estar pendientes de cada tráiler o automóvil que pasa a su lado, ninguna autoridad se ha echo cargo y cada año es lo mismo, comento la señora Teresa Carrejo.

La petición no busca detener una tradición que año con año congrega a miles de creyentes, sino permitir que la vivan con mayor seguridad. Porque detrás de cada peregrino hay una historia, una familia y una razón para llegar al templo.

Muchos llevan consigo una manda que hicieron en un momento difícil. Quizá prometieron caminar si su hijo recuperaba la salud, si un familiar salía de una operación o si lograban superar una situación que parecía no tener salida. Otros no van a pedir nada: su propósito es agradecer, porque consideran que también hay que volver cuando las cosas salen bien.

Y así, entre oraciones, imágenes y pasos cansados, la carretera se llena de personas que llevan su fe por delante. Algunos necesitan detenerse unos minutos para recuperar el aliento; otros ayudan a sus familiares a continuar. Nadie puede ver lo que cada uno guarda en el corazón, pero todos comparten el mismo destino.

Al llegar al templo, el cansancio se mezcla con la emoción. Para muchos, estar frente a San Judas Tadeo es el momento que esperaron durante todo el recorrido: persignarse, rezar, agradecer y quizá llorar al recordar por qué comenzaron a caminar.

Son casi 15 kilómetros que para algunos pueden parecer una distancia agotadora, pero que para estos devotos tienen un valor imposible de medir. No caminan solamente con los pies; caminan con sus promesas, sus preocupaciones, sus agradecimientos y la esperanza de que sus oraciones sean escuchadas.

Este 28 de octubre, miles vuelven a demostrar que la devoción a San Judas Tadeo se lleva mucho más allá de una imagen o una celebración. Se lleva en el esfuerzo, en la gratitud y en la confianza de quienes, aun con miedo por los peligros de la carretera, no renuncian a llegar hasta él.

Su fe los hace caminar, pero su vida también merece ser protegida. Que puedan cumplir sus mandas sin exponerse al peligro es el llamado de quienes recorren esta ruta: que la devoción que los lleva hasta San Judas Tadeo encuentre también un camino seguro por el que puedan llegar y regresar a casa.