CDMX.- En Cien años de soledad, Gabriel García Márquez escribió que "el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre, y para nombrarlas había que señalarlas con el dedo" después, José Buendía en su periplo escapando de la violencia, tuvo que señalar con el dedo muchas veces las cosas que le perseguían. Colombia ha vivido escapando de esos cien años de soledad hasta hoy en día.
En mi trabajo en la Comisión de la Verdad, o en la actual Comisión asesora para las políticas de búsqueda de los desaparecidos en Colombia, hemos sido testigos de evidencias que los familiares siempre reclamaron y las autoridades tantas veces no quisieron ver, como el reciente descubrimiento de cuerpos en la escombrera de Medellín.
Cuando las calles de la ciudad se llenaron de pintadas que señalaban que las mamás tenían razón, porque ellas denunciaron eso por mucho tiempo, el alcalde de la ciudad mandó borrar el mural porque no quería ver la verdad que decía esa forma de arte urbano.
El descubrimiento del rancho de Teuchitlán en México en estos días, es una historia que llevó inmediatamente a los relatos de tantas víctimas que, antes incluso que el caso Ayotzinapa, tratábamos de acompañar con Roberto Garretón, abogado de la vicaría de la solidaridad en Chile, siempre persistente en su voluntad de hablar con las pruebas en la mano para poder ponerle nombre a lo vivido.
La ropa, los objetos, humanizan la pérdida. Son el rastro de una presencia.
Probablemente nadie hizo más recursos de habeas corpus para la búsqueda de los desaparecidos de la dictadura de Pinochet, y aunque en ese tiempo ninguno de esos recursos sirvió para traerlos de vuelta, años después fueron las pruebas contra el dictador, que llevaron a su detención en Londres. La fe en la verdad no es un credo religioso.
En su análisis de los Papeles del Pentágono, que hablaban sobre la guerra del Vietnam, Hanna Arendt decía que el gobierno de EU tenía "una confianza profundamente irracional en que todo lo real es calculable". Las reflexiones sobre la verdad y sobre las pruebas, sobre las versiones y los conceptos con los que llamamos a las cosas, atraviesan en estos días lo que el rancho de Teuchitlán ha puesto delante de nuestros ojos.
En las historias que escuchamos desde el inicio de esta llamada guerra contra las drogas iniciada por el Presidente Calderón en 2006, en Chihuahua o las montañas rocosas de la sierra Tarahumara, llegaron relatos de reclutamiento de jóvenes y familiares que nos hablaron de que sus hijos probablemente habían sido llevados para que ayudaran a este o tal otro grupo del narco a trabajar de forma forzada, y que urgían una investigación para devolverlos a esta vida, para traer de vuelta a esos desaparecidos.
Buscábamos entonces un nombre para esas desapariciones forzadas de esta nueva guerra en México, que no eran como las de la llamada guerra sucia de los años 70. Lo que unía esas historias distintas no era sólo el dolor de los familiares y la urgencia por la verdad, también era la colusión de agentes del Estado y la impunidad. En estos años, el dolor lacerante de los familiares de desaparecidos, la urgencia por saber y salvar, o investigar y traer justicia, ha pasado no por imponer un relato sino por la construcción de la confianza. Una asignatura pendiente que vuelve de nuevo a suspenderse.
Hace años, en el desierto del Sahara, descubrimos dos fosas comunes con los restos de ocho saharauis desaparecidos, que habían sido asesinados por el ejército marroquí en febrero de 1976. Después de 38 años de los hechos, en medio de un campo de minas donde solo sabían moverse los pastores de camellos, los restos óseos aparecieron sobre la arena y llamaron la atención de los beduinos. Cuando investigábamos ese caso, Salka, una de las hijas de las personas a quienes buscábamos, nos dijo: si es mi padre, tendría que tener un rosario al cuello. No recuerdo casi nada de él, porque tenía 5 años cuando lo desaparecieron. Cuando hacíamos la exhumación, aparecieron entre las vértebras de un cuerpo esas bolas de pasta con un hilo que aún resistía el olvido del tiempo. Cuando se las enseñamos a su hija, Salka tomó esas pequeñas piedras entre sus manos, estaba tocando la presencia de su papá con un silencio que sobrecogió a quienes estábamos con ella.
La ropa, los objetos, humanizan la pérdida. Son el rastro de una presencia. En el caso de los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa, en 2015 cuando trabajaba como parte del GIEI, descubrimos varios meses después de estar en el país que se había recogido ropa y objetos de los chavos en los dos autobuses de donde fueron desaparecidos, y esa ropa nunca se había analizado. La sorpresa nos llevó a preguntar a la PGR qué se había hecho con esas evidencias, pero la respuesta fue un "no sé". Hubo que buscar a la carrera una respuesta, y la ropa apareció llena de moho en un rollo forrado de plástico en una de las estanterías de la PGR, mientras otra parte apareció en otro almacén de la PJG de Guerrero. El EAAF junto con los técnicos de la PGR examinaron los objetos, tomaron muestras de ADN e hicieron las primeras pruebas. Había que informar a los familiares.
A la Escuela de Ayotzinapa, llegamos el GIEI con una antropóloga del EAAF a presentar a los familiares esos hallazgos. Era importante que ellos los vieran, y tal vez poder identificar alguno, y queríamos que esa diligencia se hiciera con cuidado y con respeto. Cuando los padres y madres veían cada una de esas fotografías que mostramos, no solo tenían los ojos abiertos de par en par, también el pecho.
Las huellas de los desaparecidos son pruebas forenses, pero también son parte del duelo. Si bien esas evidencias son duras, para los familiares son un hilo del que tirar, son como las piedritas del rosario que Salka quería quedarse como recuerdo de su papá, y que mientras las reconocía, las ponía cerca de su corazón, en un gesto que no necesita nombre porque todos lo conocemos. Pienso en estos días en Salka y tantos familiares de distintos lugares de esa geografía del sufrimiento y de la lucha por la verdad de los familiares de personas desaparecidas. En el cuidado, el compromiso, el examen crítico de la responsabilidad y las muestras de credibilidad que tienen que acompañar este proceso.
Cuando estábamos en esa aula de Ayotzinapa con los padres y madres, había una pregunta todo el tiempo en el aire, que es la misma que se escucha en estos días: ¿cómo es posible que solo tantos meses después se haya descubierto esto?
El trabajo interdisciplinar supone tener una mirada complementaria sobre la investigación, los hechos y responsabilidades, pero también tener en cuenta estos procesos. Las evidencias necesitan resguardarse siguiendo los protocolos técnicos en la investigación de estos crímenes. La protección de los lugares para evitar la contaminación de las pruebas es parte fundamental de cualquier investigación.
Cuando se violan el procesamiento de las evidencias, su cuidado y preservación, se ponen los cimientos a la impunidad. La indolencia no es solo una inercia de la insensibilidad, es una falta de empatía que he escuchado en el reclamo de los familiares de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa y en otros muchos casos y países tantas veces: pónganse en nuestro lugar, piensen que el desaparecido es uno de sus hijos.
Cuando he trabajado con mis amigos forenses, siempre les he dicho que son especialistas en escuchar a los muertos, mientras yo me he dedicado a escuchar a los vivos. La lucha contra la desaparición forzada lleva a que se crucen esas dos formas de escucha. Las ceremonias de la confusión, la negligencia y la utilización política, son las peores recetas para enfrentar un hecho brutal como Teuchitlán, donde aún tenemos que señalar con el dedo algo que no puede dejar de mirarse. Las heridas de México que muestran estos familiares agolpados en las puertas y estas ropas en silencio sólo se curarán con el bálsamo del respeto. La respuesta a la pregunta de los familiares ¿cómo es posible?, necesita evidencia, investigación de la responsabilidad y respeto por su dolor y su dignidad. Y de la honestidad de la respuesta, y de las medidas que tiene que traer, depende el futuro.
Carlos Martín Beristain es médico y doctor en Psicología, investigador de violaciones de derechos humanos en América Latina y otras regiones del mundo