Lo advertimos esta misma semana: Morena tendría que enfrentar tarde o temprano a las chiquilladas del PT y del impresentable PVEM. La política de alianzas suele ser cómoda cuando hay reparto, pero se vuelve áspera cuando el tema toca la caja. Y eso es exactamente lo que ocurrió con la reforma electoral.
El diálogo entre el Gobierno federal y sus aliados de la 4T se rompió luego de que la Presidenta Claudia Sheinbaum expusiera los ejes de su propuesta: abaratar comicios, eliminar listas plurinominales cupulares, facilitar el voto en el extranjero y fortalecer la democracia participativa. En cuanto la conversación giró hacia la reducción del financiamiento a los partidos y los ajustes a la representación proporcional, el PT y el PVEM se levantaron de la mesa.
No es un misterio el porqué. Si la reforma pretende disminuir recursos públicos a los partidos, el negocio de las fuerzas pequeñas se reduce de inmediato. Para institutos políticos que han hecho de la negociación su principal herramienta de supervivencia, cada punto porcentual de financiamiento cuenta. Sin bolsas amplias y sin plurinominales aseguradas, su margen de maniobra se achica.
Ricardo Monreal reconoció que los acuerdos ya no estaban firmes y convocó a cerrar filas en Morena. Mientras tanto, el Verde alega que sus propuestas no fueron consideradas y el PT rechaza cualquier recorte sin presentar alternativas claras.
La discusión de fondo, sin embargo, va más allá de los berrinches coyunturales. México arrastra un sistema costoso, fragmentado y sobrerrepresentado. Un esquema más cercano al bipartidismo reduciría gastos, simplificaría la competencia y obligaría a las fuerzas políticas a definirse con mayor claridad ante el electorado. Menos partidos subsidiados, menos intermediarios y menos chantajes legislativos.
Morena enfrenta ahora el dilema de gobernar con aliados incómodos o empujar una reforma que inevitablemente tocará intereses. Lo previsible se cumplió: cuando el dinero escasea, las lealtades también.