Como suele suceder en la vida cotidiana, hay ocasiones en las cuales tenemos una buena noticia acompañada de una mala. En este caso, la buena noticia para México es que Juan Ramón de la Fuente ya no es el canciller de México; la mala es que quien llega no parece tener la preparación ni la estatura para el cargo.

Durante el gobierno de López Obrador, siempre dije que, a mi parecer, había tres funcionarias cuyo rendimiento era bajo, casi nulo: Olga Sánchez Cordero en Gobernación, Irma Eréndira Sandoval en la Función Pública y Rocío Nahle en Energía. Ahora, durante el gobierno de Sheinbaum, sin el menor resquicio de duda, concluyo que el funcionario más inepto era Juan Ramón de la Fuente.

Si bien De la Fuente fue secretario de Salud y rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, lo cierto es que no tenía el perfil para conducir la política exterior de México. De manera concreta, el área diplomática requiere una persona con capacidad, estatura y tablas, especialmente porque, desde que llegó López Obrador (y ahora con Sheinbaum), el gobierno ha asumido un desdén sistemático hacia la política exterior. Nombramientos como el de Pedro Salmerón como embajador en Panamá —mismo que no se concretó porque el país anfitrión no concedió el beneplácito respectivo—, el de Quirino Ordaz como embajador en España, entre muchos otros, han demostrado el profundo desprecio que los gobiernos de la 4T tienen hacia la política exterior de México.

En varias ocasiones escribí en este mismo espacio la forma en que México se fue alejando del mundo, pues la premisa de la 4T es y ha sido que “no hay mejor política exterior que una buena política interior”. Lo peor del caso es que tampoco tenemos una buena política interior. ¿Qué les dirán nuestros diplomáticos a los gobiernos del mundo? Pueden decirles que en Teuchitlán había un campo de exterminio, o que en las carreteras del país no se puede circular con tranquilidad, o que en los hospitales hay carencia de medicinas e insumos, o que el secretario de Seguridad Pública de Tabasco está en prisión por ser un líder criminal, o que Morena es un partido político estrechamente vinculado con el narcotráfico, o que elegimos a los jueces a partir de tómbolas y acordeones. ¿Esa es la ‘buena’ política interior de la que hablaba López?

López Obrador salió en no más de cinco ocasiones del país. No asistía a los foros mundiales, ni a las cumbres diplomáticas, ni a ningún evento de esta naturaleza. La razón es obvia: quería evitar las comparaciones con otros jefes de Estado, quienes sí entienden el mundo. Prefería la comodidad de la Mañanera, donde siempre se han hablado puros chismes e intrigas, con un grupo de periodistas cómodos al poder, como Lord Molécula. Somos una caricatura.

Un principio básico de la conducción de la política exterior es que las relaciones se establecen entre Estados, no entre gobiernos. Los gobiernos de López Obrador y de Sheinbaum no han entendido esto. El gobierno se ha mostrado aislado y carente de una estrategia eficaz para incidir y promover los intereses nacionales. Después de haber roto relaciones con países de América Latina (Perú y Ecuador) y la constante tensión con nuestro principal socio comercial, los gobiernos de la 4T han mostrado un desdén sistemático hacia la política exterior.

Durante décadas, los gobiernos del pasado ejercieron una diplomacia de mucha altura y tradición. Ejemplo de ello fue la postura de México en el seno de la Sociedad de Naciones al oponerse a la invasión de la Italia fascista a Etiopía. Otro ejemplo fue la suscripción del Tratado de Tlatelolco de 1967, que convirtió a América Latina en la primera región del mundo libre de armas nucleares. Fue esta la principal razón por la cual el excanciller mexicano Alfonso García Robles obtuvo el Premio Nobel de la Paz en 1982.

Le guste al gobierno o no, la práctica de la política exterior mexicana se construyó durante los gobiernos del PRI. Lo que el Estado mexicano considera como sus obligaciones ante el mundo (autodeterminación de los pueblos, no intervención, solución pacífica de las controversias), mismas que están contenidas en el artículo 89, fracción X, de la Constitución, así como en la Carta de San Francisco y en la Carta de la OEA, fueron producto de las negociaciones encabezadas por los gobiernos del PRI.

Esa postura histórica le permitió a México ser un actor representativo en el concierto de las naciones. México tenía entonces la convicción de ser un buen miembro de la comunidad internacional. Fue la época en que México se abrió al mundo. Podíamos jugar de mayor forma y con mayor peso en el tablero internacional. Ahora, y a partir del desdén del que les hablo, México no está en las discusiones. Perdimos un liderazgo hemisférico y somos una nación que pocos escuchan.

De haber tenido cancilleres de la talla de Jaime Torres Bodet, Alfonso García Robles, Jorge Castañeda y Álvarez de la Rosa, Bernardo Sepúlveda Amor, Fernando Solana, Emilio Rabasa, Genaro Estrada, Patricia Espinosa Cantellano y José Ángel Gurría, pasamos a tener a Juan Ramón de la Fuente, quien nunca entendió de qué se trataba el puesto que ejercía.

El nombramiento de De la Fuente al frente de la Cancillería nunca tuvo pies ni cabeza. Si bien no es el perfil idóneo para ello, pudiera argumentarse que en el pasado se nombró a economistas como José Antonio Meade o Luis Videgaray, que tampoco eran los perfiles diplomáticos tradicionales. Sin embargo, esos nombramientos obedecían al interés de México de enviar una señal de estabilidad a los mercados globales. Podía ser que no fueran perfiles diplomáticos, pero se enviaba un mensaje al mundo. En el caso de Juan Ramón de la Fuente, no era diplomático, y el único mensaje que se mandaba al mundo era que en México hay un profundo desprecio por la política exterior.

Durante su gestión como canciller, no logró concretar ninguna reunión entre el presidente de Estados Unidos y la presidenta Sheinbaum. La presión que sigue ejerciendo el gobierno norteamericano sobre México, y la reducción de nuestra relación bilateral con Estados Unidos a temas de migración y seguridad, son la confirmación de la ineptitud del canciller De la Fuente, quien, por cierto, ni siquiera cuenta con redes sociales para comunicar. La llegada de Roberto Velasco como canciller tampoco genera muchas esperanzas, por su falta de experiencia real. No es lo mismo estar bajo el cobijo de Ebrard o De la Fuente que asumir una responsabilidad de ese tamaño en un mundo tan agitado como el actual. Espero estar equivocado.

México atraviesa un momento complicado en la conducción de sus relaciones diplomáticas. La constante tensión con Estados Unidos, en el contexto global de guerra en Medio Oriente y la incertidumbre respecto al futuro del TMEC (mismo que se renegocia este año), nos confirman que hoy, menos que nunca, se debe improvisar en esa materia.

Y, mientras esto pasa, las embajadas y consulados se siguen ofreciendo como premios o castigos (Marx Arriaga, entre otros), dándole así una bofetada a los integrantes del Servicio Exterior Mexicano.