La Inteligencia Artificial Generativa IAG dejó de ser un tema de “ciencia ficción” para convertirse en el centro de un debate que oscila entre la fascinación tecnológica y la tecnofobia. El capítulo "Sindéresis. El “bonum operantis de la inteligencia artificial generativa", integrante de la obra Conexiones Humanas, nos ofrece una luz analítica indispensable para desmitificar estas herramientas y devolver al ser humano el lugar que le corresponde: el de único ser moral capaz de dotar de sentido y propósito a la técnica.
Me refiero concretamente a motores de búsqueda conversacional como ChatGPT, Perplexity, Géminis, y otros, impulsados por lo que hoy se denomina inteligencia artificial. El primer paso para una relación sana con la tecnología es la precisión conceptual. Los autores Díaz, Guerrero y Olivas[1] son tajantes: la inteligencia o el entendimiento “es la facultad de comprender las esencias de las cosas y sus causas últimas, una capacidad exclusiva del ser humano”. Por el contrario, la IAG carece de conciencia, voluntad y noción de los universales; no es más que un modelo matemático sofisticado que opera bajo reglas de probabilidad.
Confundir la capacidad de procesamiento de datos con el acto de "conocer" es un error categórico. El intelecto no se reduce a una función pragmática de resolución de problemas como autores modernos lo pretenden. La máquina no "sabe" ni puede comprender la verdad, pues el conocimiento requiere una dimensión espiritual y consciente que sólo el hombre posee y que el algoritmo carece por completo.
La sindéresis es el hábito natural que inclina al hombre a “hacer el bien y evitar el mal", por tanto, buscar el bien y la verdad investigando y juzgando lo averiguado; la sindéresis actúa como el sentido moral que debe informar cada interacción con la IA. Aquí es donde reside la distinción fundamental entre el bonum operis, la obra bien hecha técnicamente, y el bonum operantis, es decir, la rectitud moral de quien realiza la acción.
El bien moral derivado del uso de la IAG no pertenece a la herramienta, sino a la persona que la utiliza. Es la intención humana recta, honesta y responsable la que determina si el uso de un modelo de lenguaje contribuye al crecimiento intelectual o si, por el contrario, se convierte en un instrumento de desinformación o pereza mental y otra serie de vicios que del uso derivan.
Por la razón y la sindéresis juzgamos de modo natural, esto nos permite evaluar la conveniencia ética de estas tecnologías, reconociéndolas no como un fin, sino como un medio para el bien integral de la persona. La llegada de la IAG ha generado dudas razonables sobre si los estudiantes la utilizan como un apoyo para desarrollar sus propias habilidades y vía para la búsqueda incesante del conocimiento verdadero.
El peligro es el abandono de la reflexión, del análisis, del raciocinio. Una actitud equilibrada, inspirada en el justo medio aristotélico, sugiere que rechazar la tecnología es un defecto, pero enajenarse con ella sin razonar es un exceso. La IAG tiene ventajas genuinas: puede potenciar competencias lingüísticas y facilitar la búsqueda de información, entre otras. La clave reside en la formación intelectiva y moral para que quien la use dirija y no sea el dirigido.
En el uso de la inteligencia artificial, la sindéresis debe ser nuestra guía: mientras las máquinas procesan información, nosotros debemos seguir cultivando la sabiduría que nace de las primeras causas[2] y principios a decir de Aristóteles[3].
Al final, la mejor respuesta ante la IA no es una mejor programación, sino un ser humano más consciente, ética y profundamente comprometido con la búsqueda de la verdad y el compromiso moral con las consecuencias de nuestros actos.
[1] Díaz, D., Guerrero, J., & Ávila, G. (2025). Sindéresis. El bonum operantis de la inteligencia artificial generativa. Conexiones humanas. Saberes, diálogo y transformación en las humanidades (pp. 9-27). Egregius Editorial.
[2] Ética a Nicómaco, VI 7, 1141ª14
[3] Metafísica, I, 2, 981b25