Cada cierto tiempo, el océano Pacífico tropical susurra un secreto que termina gritándose en los vientos de todo el planeta. Ese secreto se llama “El Niño”, un fenómeno climático caracterizado por el calentamiento anómalo de las aguas superficiales del Pacífico ecuatorial. Para el norte de México, una región acostumbrada a la aridez y a la incertidumbre hídrica, la llegada de este fenómeno en 2026 no es una simple nota al pie del pronóstico del tiempo, sino un verdadero parteaguas que puede traer tanto alivios como pesadillas.
Comencemos por el lado más esperanzador, el que muchos agricultores y ganaderos de Chihuahua, Sonora y Coahuila reciben con cautela, pero con fe. El Niño, en su fase madura, tiende a redirigir las tormentas invernales y los canales de humedad hacia el sur de Estados Unidos y el norte de México. Esto significa que, después de años de sequías severas que dejaron presas a niveles críticos y tierras agrietadas, las lluvias por encima del promedio pueden hacer acto de presencia. Para la presa La Boquilla, para los mantos acuíferos de la Laguna y para los cultivos de nogal y algodón, un año con El Niño fuerte puede ser sinónimo de recuperación. No es una cura milagrosa, pero sí una bocanada de oxígeno para ecosistemas y economías regionales que viven al filo del desierto.
Sin embargo, ese mismo alivio viene con intermitencias peligrosas. El Niño no es sinónimo de una lluvia bien temperada y repartida con sabiduría. Es, más bien, un energizante climático que desordena los patrones tradicionales. En el norte de México, esto se traduce en tormentas torrenciales y atípicas que, en lugar de empapar la tierra lentamente, la golpean con violencia. Los suelos desnudos por la sequía previa no pueden absorber el agua de una sola vez, lo que genera inundaciones repentinas, deslaves y escorrentías que arrastran sedimentos y contaminantes. Ciudades como Hermosillo, Monterrey o Mexicali, con sistemas de drenaje colapsables ante lluvias extremas, pueden vivir el absurdo de pasar de la sequía al desastre hidrológico en cuestión de horas.
El tercer filo de esta navaja climática es el más silencioso, pero quizás el más revelador sobre nuestra vulnerabilidad. El Niño modifica la temperatura del mar, y eso afecta la formación de ciclones tropicales en el Pacífico. Para la península de Baja California y Sinaloa, esto implica una temporada de huracanes más activa de lo normal, con sistemas que pueden desviarse hacia el noroeste y tocar tierra con fuerza inusitada en regiones no acostumbradas a su poder destructivo. Los efectos no son solo viento y olas; son la interrupción de cadenas de suministro, la salinización de acuíferos costeros por el oleaje y la destrucción de infraestructura pesquera y turística.
En el plano social, los contrastes se vuelven aún más dramáticos. Mientras un agricultor de temporal celebra las primeras lluvias, un habitante de una colonia precaria en las afueras de Ciudad Juárez teme que su vivienda de cartón y lámina no resista el diluvio. El gobierno local y federal, atrapado entre atender emergencias por sequía y por inundaciones, evidencia la falta de una estrategia adaptativa integral. El Niño nos recuerda que el clima no es un enemigo lineal, sino un sistema complejo donde los extremos son la nueva normalidad.
Así que, ¿es El Niño positivo o negativo para el norte de México? La respuesta es un espejo de nuestra propia falta de preparación. Puede ser positivo si sus lluvias logran recargar las presas de manera controlada y sostenida. Será negativo, y muy nocivo, si seguimos urbanizando sin drenaje pluvial, deforestando cuencas y planificando el territorio como si el clima de ayer fuese el de mañana. El Niño, en el fondo, es un examinador implacable. No trae consigo ni castigos ni recompensas divinas; trae una prueba de fuego para nuestra capacidad de anticiparnos. Y en el norte árido de México, esa prueba, este año, será más exigente que nunca.
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El autor es Doctor en Ciencias Ambientales