Históricamente, la economía de Chihuahua ha sido sinónimo de resiliencia estructural. Los chihuahuenses hemos logrado transformar los obstáculos geográficos y climáticos en ventajas competitivas, consolidando al estado como uno de los motores industriales más dinámicos de México.
Gracias a nuestra posición geográfica estratégica y a una robusta vocación exportadora, Chihuahua se ha erigido como el centinela macroeconómico del país: somos los primeros en detectar las señales de alerta y los desequilibrios comerciales que se gestan desde el norte. Esta capacidad de respuesta no es casualidad, sino el resultado de un ecosistema que ha sabido sostener la actividad económica incluso en los momentos más adversos.
La economía chihuahuense opera hoy bajo un mecanismo de transmisión directa que hemos denominado el "efecto espejo"; cualquier ajuste en la política comercial de los Estados Unidos se traduce en un impacto directo e inmediato para nuestra industria maquiladora.
En la coyuntura actual, hablar de las directrices económicas de nuestro principal socio comercial ha dejado de ser un tema predecible para pasar a ser el origen de escenarios de incertidumbre sistémica. El grado de exposición de nuestro estado es particularmente alto respecto al resto del país.
Hoy, el reflejo de Chihuahua en este espejo resulta, cuando menos, inquietante y digno de un análisis profundo. Mientras el PIB nacional exhibe una desaceleración prolongada —según los datos más recientes del INEGI—, nuestro estado enfrenta una encrucijada de mayor complejidad técnica. Nuestra elevada exposición al riesgo cambiario y arancelario, sumada a una alta dependencia de la demanda externa, nos sitúa en la primera línea de vulnerabilidad.
La narrativa proteccionista en Estados Unidos ha dejado de ser un discurso de campaña para convertirse en la filosofía rectora de su política comercial. Existe una preocupación genuina sobre la viabilidad de la próxima negociación del T-MEC, un escenario que, de no ser favorable, pondría en jaque la estabilidad de toda la industria exportadora local.
Una renegociación hostil del Tratado no solo implicaría un retroceso diplomático; para las empresas chihuahuenses significaría un choque directo a su rentabilidad. La industria no podría tolerar la imposición de aranceles inesperados o bajas considerables en la demanda de bienes, pues estos factores actuarían como pulverizadores del punto de equilibrio de empresas que suelen operar con márgenes de un solo dígito.
Ante la erosión de los márgenes, estaríamos frente a un efecto dominó: paros técnicos, reducción de plantillas laborales y, colateralmente, la contracción del consumo en los sectores de servicios y comercio que dependen de la derrama salarial de la industria.
Ante este peligro real, la respuesta inmediata exige que las empresas fortalezcan su cobertura financiera y optimicen sus estructuras operativas para absorber la volatilidad de los costos e impactos inflacionarios. Sin embargo, si buscamos soluciones de fondo, debemos transitar hacia un modelo de soberanía económica basado en la creación de valor.
Esto implica una diversificación industrial estratégica, incentivar el desarrollo de ingeniería y propiedad intelectual local, y promover la integración real de las PyMEs en las cadenas de valor globales. De lo contrario, Chihuahua seguirá siendo un jugador de alto valor en el tablero internacional, pero con una peligrosa baja autonomía de movimiento. La resiliencia que nos caracteriza debe dejar de ser una reacción ante la crisis para convertirse en nuestra mejor estrategia de desarrollo.
Maestro en Finanzas / Catedrático de la Facultad de Contaduría y Administración de la UACH