En el ruido de la cocina, en la sala del hogar, en el silencio de la recamara de los adolescentes, o aprovechando la estancia en el baño; en los pasillos y aulas de las universidades, bachilleres y secundarias, incluso dentro del salón; en la empresa privada, entre otras, se libra una guerra aparentemente perdida, anticipada siglos antes, ¡sí!, el problema de la adicción, hoy a las redes sociales.
El problema de la adicción a las redes sociales comienza, paradójicamente, en una búsqueda de algo bueno, nuestra voluntad está hecha para buscar el bien y la felicidad. Sin embargo, en el camino nos encontramos con “bienes” aparentes, pasajeros o superficiales como un “like”, un comentario agradable o de aprobación hacia nuestra persona, o un video que nos hace reír; esto proporciona satisfacción, placer o reconocimiento, sin embargo, lo anterior es insuficiente para saciar la profundidad del espíritu humano.
Entonces, ¿en qué momento surge la adicción?, esta deviene cuando intentamos llenar un vacío en nosotros con un interminable cúmulo de estímulos que resultan de bienes pasajeros o superficiales. Esto es lo que se llama "hábito desordenado" propiamente conocido como “vicio”: buscar un bien o la felicidad en el contenido de las redes sociales, que en realidad solo podemos encontrar en la plenitud de la vida real y la trascendencia.
Desde la psicología tomista este fenómeno se explica a través de las "pasiones". El apetito concupiscible, identificado en la psicología moderna como un “sistema de recompensa del cerebro”[1] (como mecánico o biológico, en tanto, que Tomás de Aquino le otorga una dignidad humana), que busca el placer sensible, el cual se ve constantemente bombardeado por el diseño de las plataformas digitales. Cada vez que una persona desliza el dedo en la pantalla, acción conocida como “scroll”, genera placer inmediato que la voluntad, si no está educada, no puede dejar de perseguir; por tanto, se mantiene en un ciclo infinito de búsqueda hasta el hastío.
El verdadero problema de la adicción no reside en la tecnología, sino en la renuncia a la libertad por la persona. Ser libre no es "hacer lo que uno quiera", sino lo que el orden justo manda, es decir, tener el control de uno mismo mediante la razón y elegir lo correcto, lo honesto, lo ordenado. Cuando el deseo se desborda por ver contenido en redes sociales , la razón se nubla y la voluntad se debilita, se pierde la brújula, convirtiendo el uso de las redes sociales en un vicio: un hábito que nos esclaviza.
Cuando la persona se encuentra esclavizada, esta ya no es quien elige usar la red social; sino que son las redes sociales, programadas por sus diseñadores las que, a través del estímulo pasional, usan a las personas. No olvides que el ser humano está dotado de un motor interno que nunca se detiene: el deseo de felicidad. No lo cambies por los bienes pasajeros o superficiales que te regalan las redes sociales.
Bien, ahora que sabes con claridad porqué nos cuesta tanto soltar el teléfono y, sobre todo dejar de ver las redes sociales, reflexiona: si eres esclavo de estas, es recomendable empezar a adquirir la virtud de la templanza. No se trata de desechar la tecnología, sino de ordenar nuestros deseos para evitar quedar atrapados en comportamientos adictivos.
Hace siglos Tomás de Aquino enseñó que somos dueños de nuestras acciones solo cuando la razón guía nuestros impulsos. En un mundo digitalizado integrado por redes sociales que compiten de forma voraz por nuestra atención, el acto sensato que podemos realizar es bajarle un poco o un mucho a las redes sociales, mirar a los otros a los ojos y recordar que nuestra felicidad no se mide en “likes”, comentarios agradables a nuestro favor o de aprobación hacia nuestra persona o un video, sino en el ejercicio de la libertad en orden al verdadero bien o felicidad, así como nuestros vínculos y relaciones reales.
[1] Lembke, A. (2021). Dopamine Nation: Finding Balance in the Age of Indulgence. Dutton. (Edición en español: Generación Dopamina, 2023).