Durante décadas hemos aceptado, casi sin discusión, que la nutrición terapéutica es un recurso excepcional reservado para un tipo muy específico de cuerpo: el cuerpo pequeño, el cuerpo infantil en emergencia. La arquitectura humanitaria global —protocolos, presupuestos, cadenas de suministro, narrativa pública— se ha construido alrededor de esa premisa. Pero la evidencia clínica, tecnológica y ética que hoy tenemos frente a nosotros obliga a replantear esa frontera artificial.
Si podemos diseñar alimentos de alta densidad nutricional, estables, transportables y clínicamente eficaces, ¿por qué seguimos restringiendo su uso a un tramo tan acotado de la vida humana? La pregunta no es retórica. Es estructural.
El sesgo pediátrico del sistema humanitario
El modelo actual nació para maximizar la supervivencia infantil en contextos extremos. Esa lógica salvó millones de vidas y nadie sensato la cuestiona. Lo que sí debemos cuestionar es la consecuencia no intencionada: la creación de un vacío terapéutico por edad y condición.
La desnutrición de una mujer gestante, de un adolescente en crecimiento, de un adulto campesino exhausto o de un anciano frágil no es menos clínica que la de un niño pequeño. Produce anemia, inmunosupresión, pérdida de masa muscular, deterioro cognitivo y aumento de mortalidad. Sin embargo, cuando estos cuerpos llegan a la infraestructura humanitaria o a los sistemas de salud, lo que reciben no es terapia, sino “ayuda alimentaria”. En el contexto de la desnutrición se entiende por un “adulto campesino exhausto”: La desnutrición en este caso, produce anemia, inmunosupresión, pérdida de masa muscular, deterioro cognitivo y aumento de mortalidad.
La diferencia no es semántica: es política
A un niño se le rehabilita; a un adulto se le administra el daño. De Four in One a la nutrición diferenciada por sujeto afectado
En 1985, la galleta Four in One anticipó algo que el mundo tardó cuarenta años en comprender: que un alimento puede ser, simultáneamente, una herramienta de emergencia, una formulación precisa y una pieza de ingeniería nutricional.
Hoy, con tecnologías más avanzadas, podemos dar un paso que entonces era impensable: diseñar alimentos terapéuticos diferenciados según el sujeto afectado. No existe un solo tipo de desnutrición. Existen trayectorias fisiológicas distintas que requieren intervenciones distintas:
• La mujer embarazada necesita hierro biodisponible, proteína y lípidos.
• El adolescente requiere densidad proteica y soporte óseo.
• El adulto trabajador necesita recuperación muscular y energía sostenida.
• El adulto mayor requiere proteína de alta digestibilidad y soporte inmunológico.
La nutrición terapéutica no es un producto: es una arquitectura.
Soleína: la proteína desanclada de la tierra
Aquí entra en escena una innovación que cambia las reglas del juego. Soleína no es solo una proteína alternativa: es una infraestructura alimentaria post‑agrícola.
Por primera vez en la historia humana, podemos producir proteína sin depender de clima, suelo, agua, estaciones ni fertilizantes. Una proteína generada a partir de microorganismos alimentados con electricidad, aire y nutrientes básicos.
Esto abre tres posibilidades inéditas:
1. Desacoplar la nutrición terapéutica de la agricultura, eliminando la vulnerabilidad climática.
2. Escalar producción en cualquier país, incluso sin tierra cultivable.
3. Modular formulaciones para distintos perfiles clínicos con una precisión imposible en sistemas agrícolas tradicionales.
Si Four in One fue el ensayo general, Soleína es la ruptura tecnológica.
La pregunta que define nuestra época
Si ya podemos producir alimentos terapéuticos para cualquier cuerpo humano, ¿vamos a seguir restringiéndolos a los cuerpos pequeños?
¿O vamos a construir, de una vez, un Sistema Universal de Nutrición Terapéutica que acompañe a la persona a lo largo de toda su vida?
La respuesta no depende de la ciencia. Depende de la política pública, de la industria alimentaria y de nuestra ética colectiva.
Hacia un Sistema Universal de Nutrición Terapéutica (SUNT)
Un SUNT tendría tres pilares:
1. Política pública
Integrar la nutrición terapéutica en salud materna, adolescencia, vejez y trabajo agrícola. Financiar alimentos terapéuticos como se financian vacunas. Reconocer la desnutrición adulta como patología, no como pobreza.
2. Plataforma industrial
Empresas mexicanas pueden producir galletas, barras, pastas o bebidas terapéuticas diferenciadas, integrando Soleína como base proteica estable. México podría convertirse en exportador de alimentos terapéuticos de nueva generación.
3. Ética de interdependencia
No se salva a un niño si se abandona a su madre.
No se combate la pobreza sin reparar cuerpos dañados.
No se construye futuro sin nutrir a quienes lo sostienen.
La verdadera innovación
La verdadera innovación no está en la proteína ni en la galleta. Está en la decisión ética de reconocer que todos los cuerpos —pequeños o grandes, jóvenes o viejos— merecen terapia cuando están en crisis.
Four in One lo intuyó hace cuarenta años. Soleína lo hace inevitable hoy. Lo que falta no es tecnología: es voluntad de construir una nutrición terapéutica de alcance universal.