El cansancio mental, en algunos, ha dejado de ser algo pasajero para convertirse en algo cotidiano. Personas exhaustas concluyen el día de trabajo con la sensación persistente de no haber avanzado lo suficiente. Vivimos más ocupados que nunca y, sin embargo, cada vez resulta más difícil concentrarse, comprender con profundidad o sostener la atención durante periodos prolongados. En este contexto, conviene recuperar una idea tan sencilla como olvidada: el trabajo intelectual no debería agotarnos hasta el desgaste, sino ayudarnos a realizarnos como personas.
En su obra Eficiencia sin fatiga, Narciso Irala formula una tesis que hoy resulta sorprendentemente actual: la fatiga mental no se debe principalmente a la cantidad de trabajo, sino a la forma desordenada en que utilizamos nuestras facultades. Pensar sin método, estudiar con ansiedad, trabajar bajo tensión constante o sin interés real, provoca un gasto de energía muy superior al que exige un pensamiento bien dirigido. Pensar mal cansa más que pensar bien.
El punto central de esta reflexión es la atención, entendida no como simple presencia física, sino como la capacidad de concentrar nuestra mente en un objeto, excluyendo estímulos secundarios. Cuando la atención se dispersa, el trabajo intelectual se vuelve pesado y poco eficaz: leer exige releer varias veces, escuchar se vuelve agotador y escribir se prolonga sin claridad. Por el contrario, cuando la atención se unifica, es decir, cuando fijamos esta en un objeto o actividad, el pensamiento fluye con mayor facilidad y el esfuerzo disminuye notablemente.
Irala advierte que la atención eficiente no debe confundirse con rigidez. Existe la creencia de que concentrarse implica tensión física, ceños fruncidos y esfuerzo violento. Esa actitud, lejos de mejorar el rendimiento, acelera la fatiga. La atención verdaderamente fecunda es serena, flexible y sostenida, fruto del hábito más que de la presión constante. Pensar bien no significa forzarse, sino ordenar la actividad mental y permitir que la inteligencia actúe con naturalidad.
Un elemento decisivo para lograrlo es el interés. Con nuestra mente atendemos espontáneamente aquello que consideramos valioso. Cuando una tarea carece de sentido, la voluntad debe compensar generando rápidamente desgaste. En cambio, cuando se comprende el propósito de lo que se estudia o se hace, la atención surge con mayor facilidad y la fatiga disminuye. No todo resulta interesante de inicio, pero casi todo puede adquirir sentido cuando se entiende su finalidad y su valor.
El cuerpo desempeña también un papel central en el trabajo intelectual, aunque con frecuencia se le ignore. La postura, la respiración y el tono muscular influyen directamente en la claridad mental. Un cuerpo excesivamente relajado conduce a la somnolencia; uno demasiado tenso provoca nerviosismo y bloqueo. El equilibrio corporal sostiene la atención y previene el agotamiento. La respiración profunda y regular, por ejemplo, favorece la oxigenación cerebral y mejora la concentración, mientras que una postura rígida la entorpece.
Asimismo, Irala subraya la importancia de respetar los ritmos naturales de la atención. La mente no puede concentrarse indefinidamente sin pausas. Insistir más allá del límite no aumenta la productividad, sino que deteriora la calidad del pensamiento. Interrumpir el trabajo antes de que aparezca la fatiga no es falta de disciplina, sino inteligencia práctica. Las pausas breves y conscientes permiten renovar la energía mental y conservar la lucidez.
En una cultura que glorifica el rendimiento excesivo, el exceso de trabajo y el sacrificio constante sin sentido, la propuesta de eficiencia sin fatiga resulta casi un sabotaje. Sin embargo, aprender a pensar mejor, con orden y equilibrio, no solo mejora el rendimiento individual, sino que favorece decisiones más reflexivas, relaciones más sanas y una vida intelectual más plena. En tiempos de cansancio generalizado, pensar bien no es un lujo: es una forma eficiente de cuidado personal y también de responsabilidad social sin fatiga.