La envidia es una trampa mental destructiva: Schopenhauer
Son como dos primas que tienen una gran cercanía por venir de una misma rama genealógica, pero golpean con crueldad y obsesión.
Una “se cree mucho” y la otra sufre y no soporta lo que se cree la “inflada”. Por general, andan juntas, se acompañan pero hablan a espaldas de la otra. Ahora, con las redes sociales están desatadas porque tienen donde presumir sus argucias y protagonismos.
Se dicen primas pero actúan con truculencia. Una se cree “bordada” a mano y a la otra le corroen las entrañas por no ser igual que su prima.
Esas primas crueles son la soberbia y la envidia que se han empoderado electrónicamente como nunca en la historia humana, porque tienen su caja de resonancia, pantalla y escenario para ser vistas, seguidas y ensalzadas con “likes” y ser famosas con el nuevo estrellato digital que ni Hollywood llegó a visualizar. Se han creído rockstar, sin ningún mérito, salvo el de dar rienda suelta a su soberbia y envidia. Es una nueva razón de existir en este ecosistema que no terminamos de entender ni de aceptar, pero que nos ha sometido a una adicción deshumanizadora.
Precisando, hay dos defectos de carácter que en religión equivale a los pecados capitales y destacan sobre otros porque son muy intensos y difíciles de dominar. El primero, la soberbia, nos impide estar consciente de sentirnos superiores a los demás y por lo tanto no la aceptamos y la segunda, la envidia, es uno de los principales obstáculos para lograr la felicidad y las redes sociales son el principal foco de esa envidia.
Por las redes sociales vemos y husmeamos el progreso o logros de otros que inexplicablemente suben eventos, fotos y videos todos los días de manera compulsiva aunque carezcan de interés o trascendencia para los demás. Es una forma de gritar aquí estoy les guste o no. Mi vida y mis acciones deben ser el centro de los demás, por encima de otros hechos y personas. Se presume lo que se tiene y lo que no se tiene; se inventa una irrealidad y se eleva incienso como culto a la personalidad, para “enterar” a los que nos siguen en las redes en dónde comimos, qué comimos, con quiénes comimos y hasta tomamos fotos de los platillos y postres como evidencia que realmente estuvimos en determinado lugar.
Lo hace la soberbia y la envidia se burla de su prima.
El filósofo Arthur Schopenhauer, que se identifica mucho con el pesimismo, calificó a la envidia como una trampa mental destructiva y un signo de profunda infelicidad que desplaza el foco de la vida propia hacia la ajena. La definió como un sentimiento implacable y cruel, producto de la comparación constante, que impide la plenitud. Recomendaba evitarla reconociendo que nadie es realmente digno de ser envidiado.
Schopenhauer ubicaba a la envidia como un signo de infelicidad. El envidioso no es feliz, no puede ser feliz porque envidia lo que otros tienen y él no tiene y eso los hace desdichados, que pasan el tiempo rumiando (como las vacas) los logros o acciones de otros. Es como ingerir veneno para que el otro se muera.
También refiere que la comparación que hacen les provoca sufrimiento y frustración. Cada uno tiene lo que logra en base a su talento, esfuerzo o disciplina. El poco o mucho éxito, no es un parámetro de vivencia, porque cada uno logra lo que puede y quiere, aunque ahora las redes sociales nos han desdibujado el reconocimiento honesto y a cambio se crean verdaderos monstruos o Frankenstein imponiéndose como modelos de vida. Schopenhauer señalaba la contradicción de que, siendo la envidia un vicio tan terrible, los seres humanos se esfuerzan constantemente por suscitarla en los demás.
Y el remedio propuesto por este filósofo alemán era dejar de medir la propia vida con la vara ajena y no tomarse la vida tan en serio, pues la superioridad intelectual a menudo genera envidia en los demás.
En su obra El arte de ser feliz[1], la envidia se trata como un obstáculo para la serenidad, recomendando la “emulación” (admirar logros ajenos para mejorar uno mismo) en lugar de la envidia destructiva. Para Arthur Schopenhauer, la envidia es una de las pasiones más bajas y peligrosas de la naturaleza humana, pues no solo busca el bienestar propio, sino la destrucción del bienestar ajeno.
Entre los puntos de su visión, Schopenhauer definió la envidia como el sentimiento de odio que surge al comparar nuestra situación con la de otros. Mientras que el egoísmo busca el propio beneficio, la envidia busca el daño del otro, lo que la acerca a la maldad pura. También sitúa a la envidia en el extremo opuesto de la compasión. La compasión es la base de la moral, mientras que la envidia es el motor de la infelicidad y el conflicto social.
Schopenhauer sostenía que el mérito y el talento son los principales blancos de la envidia. Afirmaba que el mundo está lleno de gente mediocre que se siente herida por la superioridad ajena, intentando ignorar o socavar los logros de los demás y para combatir la envidia y sugiere la introspección y el desapego. Al entender que toda existencia está marcada por el sufrimiento, el éxito ajeno se percibe como algo efímero y no digno de odio.
Según la psicología moderna, hay varias caras o tipos de envidia: la benigna que impulsa a mejorar, aprender y crecer; la maligna, que genera resentimiento, enojo y deseo que al otro le vaya mal; la comparativa que aparece cuando la persona siente que merece lo que otro tiene, y la inspiracional que surge cuando el éxito ajeno se vive como una posibilidad propia. Principio del formulario.
En la filosofía clásica, la envidia se denominaba phthonos como un vicio destructivo y una pasión incómoda que genera pesar por el bienestar ajeno, afectando principalmente a quienes están próximos.
Por supuesto, Aristóteles la situaba como un vicio negativo, opuesto a la virtud, que busca destruir la buena fortuna del otro. Para el filósofo griego, la envidia es una emoción negativa que causa dolor por el éxito o los bienes de otra persona, sin que el envidioso pretenda obtener ese bien para sí, sino simplemente destruirlo.
Como vicio era una pasión “inconfesable” y una forma de odio profundo, a menudo dirigida hacia personas cercanas (iguales), lo que indica una carencia personal y un “vértigo de la carencia”. La filosofía clásica describía al envidioso como alguien que se compara constantemente, se siente inferior a los demás y, a veces, dirige ese odio hacia sí mismo, dañando su propia vida.
Entre los antídotos, tanto la filosofía estoica como la cristiana proponían la virtud, moderación, sabiduría y autoaceptación para liberar al ser humano de esta esclavitud que es la envidia.
Y la recomendación de Schopenhauer era dejar de medir la vida con la vara ajena para librarse de esa trampa mental que desplaza el foco de la propia vida hacia la ajena. Final del formulario.
El envidioso pretende boicotear el éxito de los otros, pero también se boicotea a sí mismo. Gabriel Rolón[2] se centra, en cómo, a veces, intentamos huir de nuestro presente quedándonos en el pasado. Toda una ruleta de infelicidad de la que debemos lograr salir para encontrar sosiego en el día a día.
“Nos agarramos de fantasmas del pasado para boicotear nuestro presente”, dice el psicoanalista. “Hay gente que no se siente con el derecho de ser exitoso. 'Los que fracasan cuando triunfan', diría Freud”.
“Cuando algo les va bien, lo tienen que arruinar”, cuenta. Y es que hay un porqué para todo esto: tal y como cuenta el especialista, quedarse en el pasado es mucho más fácil de afrontar dolores del presente e, incluso, alegrías de lo que vivimos en presencia.
No permitamos que la envidia nos atrape en tiempos de redes sociales y narcisismo ahora que la cultura digital la hemos convertido en un gigantesco “lago de Narciso” donde un par de primas crueles navegan para atraparnos.
1,SCHOPENHAUER, Arturo (2019) El arte de ser feliz, editorial Herder, España
2, ROLON, Gabriel, https://www.clarin.com/internacional/peligros-idealizar-ayer-psicoanalista-gabriel-rolon-anclamos-fantasmas-pasado_0_ivc8GmTYEU.html