El miedo a quedarse fuera pasó de ser una neurosis individual a la peor consejera en los cuartos de guerra de políticos en funciones y de quienes buscan alguna candidatura. Cuando el algoritmo sustituye a la estrategia, el resultado es la vacuidad.
El miedo a la exclusión no es un invento del siglo XXI, pero la hiperconexión lo convirtió en una epidemia silenciosa. En la psicología social, el fenómeno se bautizó como FOMO (Fear of Missing Out o el pánico a perderse de algo): esa punzada de ansiedad que carcome al usuario cuando intuye que otros están viviendo algo más interesante, exitoso o divertido que él.
Lo que nació como un trastorno de la cultura digital entre jóvenes cruzó la frontera de la vida privada e infectó la arena más sensible de la sociedad: la comunicación política.
Para dimensionar el desastre en la comunicación política, hay que entender primero el terreno social. América Latina es terreno fértil para el FOMO por dos razones incontestables: tiempos de pantalla récord y una cultura hiperrelacional.
En países como México, Colombia, Argentina o Perú, los menores de 40 años pasan casi nueve horas al día conectados a la red; la mitad de ese tiempo, en redes sociales. Para esta generación, el smartphone dejó de ser un teléfono: es la plaza pública, la oficina y el termómetro de valía personal.
El diagnóstico psicológico de esta hipervigilancia digital es contundente:
Ansiedad de pertenencia: Siete de cada diez jóvenes latinoamericanos padecen niveles moderados o altos de FOMO, atados al impulso compulsivo de revisar notificaciones.
Sesgo de comparación: La exposición permanente al highlight reel (los mejores momentos filtrados) de los demás genera una sensación constante de insuficiencia.
Saturación mental: Más del 50% reporta agotamiento psicológico o alteraciones del sueño por la incapacidad de desconectarse.
Esta dinámica reconfiguró el consumo de información: lo queremos todo de inmediato, en formato vertical y cargado de emoción. Y es justo en esa trampa donde la política tropezó de frente.
Los candidatos y sus consultores no viven en un frasco de vidrio; consumen las mismas redes y padecen los mismos sesgos. Sin embargo, en el ámbito público, el FOMO individual se potencia por el ego y el pánico a la irrelevancia.
Basta con que el equipo del adversario logre un video viral con un baile en TikTok, un filtro de inteligencia artificial o el meme de la semana, para que el pánico se apodere del diputado o alcaldesa: “¿Por qué no estamos haciendo eso? Nos estamos quedando fuera”.
Este FOMO político liquida la reflexión estratégica para darle paso a la reacción visceral. La agenda pública deja de responder a los grandes problemas nacionales o a las propuestas de gobierno; ahora la dictan las tendencias que caducan cada diez minutos.
Comunicar desde la histeria del FOMO produce un fenómeno devastador para la democracia: la clonación masiva del mensaje político. Al intentar estar en todas partes y abrazar cada moda digital, los políticos terminan convertidos en fotocopias.
Grandes referentes de la comunicación política en Iberoamérica llevan tiempo advirtiendo sobre el peligro de este extravío:
Xavier Peytibi y la tiranía del formato
Como advierte el consultor Xavier Peytibi, la desesperación por figurar en cada plataforma lleva a los equipos a confundir visibilidad con relevancia. Se prioriza el envoltorio sobre la idea. Si el algoritmo exige salir en camiseta haciendo un reto ridículo, el candidato se disfraza de lo que no es. El electorado no percibe cercanía; percibe un espectáculo artificial y desatento.
Antoni Gutiérrez-Rubí y la "política pop" degradada
El estratega Antoni Gutiérrez-Rubí ha conceptualizado con brillantez la necesidad de la política pop para conectar emocionalmente en entornos hiperfragmentados. Sin embargo, cuando el FOMO devora esta premisa, la empatía legítima se degrada en simple farándula hueca. En lugar de edificar una cultura de proximidad auténtica, se genera un ruido cosmético que se evapora en 24 horas.
Mario Riorda y la pérdida de la narrativa
El politólogo Mario Riorda lo ha repetido con insistencia: comunicar no es emitir ruidos ni acumular impactos visuales. Cuando el FOMO gobierna la conversación pública, la estrategia se desmorona. Riorda alerta sobre el riesgo de reducir la comunicación electoral o gubernamental a un mero entretenimiento algorítmico: se ganan un par de likes efímeros, pero se destruye el consenso, la legitimidad y la capacidad de articular una verdadera narrativa de gobierno a largo plazo.
La comunicación política vaciada de sustancia y guiada únicamente por el algoritmo no genera comunidad; solo genera ruido pasajero.
El FOMO ha transformado el ecosistema digital latinoamericano en un mar de candidatos intercambiables: el mismo tono forzadamente juvenil, la misma música de fondo, el mismo encuadre acelerado y la misma ausencia de sustancia.
El verdadero reto de la comunicación política contemporánea no consiste en aprender a subirse a la última ola de TikTok antes que el rival. El verdadero mérito radica en la disciplina estratégica: tener la entereza de no estar en todos lados para poder ser memorable donde realmente importa.
ESPRESSO COMPOL
Frente a la histeria del FOMO, la única medicina eficaz sigue siendo la autenticidad. En un mercado saturado de copias ansiosas por atención, el político que se atreve a diferenciarse y sostener una identidad propia es el único que logra trascender la pantalla para quedarse en la mente —y en el voto— de la ciudadanía.