El próximo jueves comenzará en México y Estados Unidos la Copa del Mundo de fútbol. Como ocurre cada cuatro años, millones de personas tendrán entre sus temas diarios aspectos como alineaciones, pronósticos, favoritos y posibilidades de los equipos concursantes. Las conversaciones cambiarán de tono. En los centros de trabajo aparecerán las primeras apuestas amistosas, las familias comenzarán a organizar la carnita asada y las reuniones para ver los partidos; los grupos de amigos volverán a discutir sobre futbol como si el destino del país dependiera de ello.
El hecho es, hay quienes aseguran que durante este mes que durará el Mundial, los temas de la política local y nacional pasarán desapercibidos. Podría parecer un acontecimiento más dentro de la enorme cantidad de eventos que marcan la agenda pública. Sin embargo, esta vez llega en un momento muy particular para México.
Durante los últimos años, los mexicanos hemos vivido inmersos en una conversación pública dominada siempre por la confrontación. Todos los días existe una nueva polémica, una nueva disputa política o una nueva razón para dividir opiniones. Las redes sociales han amplificado esa dinámica hasta convertir muchos debates en trincheras en las que parece imposible encontrar puntos de coincidencia.
A esa polarización hay que sumarle las preocupaciones que afectan directamente la vida cotidiana de millones de personas. Esta la inseguridad, las dificultades económicas, la incertidumbre sobre el futuro y la sensación permanente de que los problemas nunca terminan de resolverse ya forman parte de una realidad que acompaña a muchas familias todos los días.
Quizá por eso el Mundial de fútbol despierta algo más profundo que una simple afición deportiva.
Por unas semanas, millones de mexicanos estarán pendientes de lo mismo. Personas que normalmente no coinciden en cuestiones políticas, ideológicas o incluso personales encontrarán un tema común de conversación. Las diferencias no desaparecerán, pero dejarán de ocupar el centro de la atención.
Y eso tiene un valor que muchas veces pasamos por alto.
Las sociedades no viven únicamente de diagnósticos, conflictos y problemas. También necesitan momentos para reencontrarse consigo mismas. Necesitan espacios donde la emoción colectiva no nazca del enojo, del miedo o de la confrontación, sino de la esperanza y los eventos deportivos, y más, los mundiales suelen cumplir precisamente esa función.
Cada generación guarda recuerdos muy específicos asociados a ellos. No recordamos solamente los partidos, recordamos dónde estábamos, con quién los vimos, qué sentimos cuando cayó un gol inesperado o cuando una eliminación dolorosa nos dejó en silencio. Recordamos los abrazos, las celebraciones espontáneas y esa extraña sensación de compartir una misma emoción con millones de personas al mismo tiempo.
Tal vez por eso, estos acontecimientos terminan ocupando un lugar tan especial en la memoria colectiva.
México ha vivido momentos mucho más difíciles que una etapa de polarización política. Ahí tenemos el movimiento estudiantil de 1968 y la tragedia de Tlatelolco que no impidieron que millones de mexicanos vivieran con intensidad el Mundial de 1970. El devastador terremoto de 1985 tampoco evitó que el país encontrara en la Copa del Mundo de 1986, una oportunidad para reunirse, recuperar el ánimo y mostrar que seguía de pie después de una de las mayores tragedias de su historia reciente.
Aquellos momentos dejaron una enseñanza importante.
Los grandes acontecimientos colectivos no borran los problemas de una sociedad. No eliminan las heridas ni resuelven las crisis, pero sí ofrecen espacios para reencontrarse, compartir emociones y recordar que existe algo más fuerte que las diferencias cotidianas.
Los mexicanos hemos demostrado, muchas veces, que sabemos unirnos frente a la adversidad. Lo hicimos cuando la tierra tembló en 1985. Se hizo nuevamente en el año 2017. Lo hemos hecho después de huracanes, inundaciones y emergencias de toda índole. Cuando las circunstancias son difíciles, suele aparecer una solidaridad que trasciende cualquier diferencia política o ideológica.
Quizá la gran diferencia ahora sea que la sociedad tiene la oportunidad de reunirse por una razón distinta.
No por una tragedia, no por una emergencia, no por el dolor, sino por una ilusión compartida.
Las estadísticas dicen que México no figura entre los grandes favoritos para conquistar la Copa del Mundo. Las potencias tradicionales siguen concentrando las mayores probabilidades de levantar el trofeo. Lo más sensato es mantener los pies en la tierra y entender que el futbol, como la vida, rara vez sigue el camino de los deseos.
Pero quizá esa no sea la pregunta más importante. Tal vez el verdadero valor de este Mundial no dependa de cuántos partidos gane la Selección Mexicana, ni de si logra una actuación histórica, tal vez su importancia radique en algo mucho más humano.
Después de 8 años de tensiones políticas, de malas noticias y discusiones permanentes, millones de personas ahora tendrán una razón para mirar hacia otro lado, al menos por un momento. Habrá la oportunidad de compartir una emoción positiva, de conversar sobre algo distinto y de recordar que todavía existen experiencias capaces de reunirlas.
México está acostumbrado a encontrarse en los momentos difíciles por eso quizá el Mundial les permita a los mexicanos encontrarse, por una vez, en un momento de esperanza.
Al final, los países no solamente necesitan soluciones para sus problemas, también necesitan motivos para creer, para sonreír, para competir sanamente y para imaginar que los días que vienen pueden ser mejores que los que han quedado atrás.
Y en los tiempos que vivimos, esa pausa emocional puede convertirse, por sí misma, en una buena noticia de esas que tanta falta hacen hoy en día.
Así qué ánimo…. Vamos por todo. Los mexicanos tenemos carácter.