Existen fuera del Estado de Chihuahua infinidad de estudios acerca de la ansiedad, estrés y dependencia que produce en las personas el uso excesivo del celular y la privación de este. En algunos se afirma que el incremento de la ansiedad es proporcional al uso del teléfono y las horas que en el se invierten.
A manera de conclusión, varios de esos análisis proponen soluciones como desactivar notificaciones innecesarias, establecer horarios sin celular, evitar su uso durante las comidas y no revisar redes al despertar; afirman, han demostrado ayudar a recuperar la atención y disminuir la fatiga mental.
Otros estudios proponen crear momentos libres de pantalla en el ámbito familiar y académico, promoviendo actividades físicas, creativas y de conversación que fortalezcan vínculos reales. Sin embargo, son pocos los estudios que nos dan cuenta de qué modo ese fenómeno se presenta en nuestro interior como un desorden de las pasiones, es decir, de nuestras emociones.
Expliquemos lo anterior paso a pasito, desde una óptica psicológica fundada en buena filosofía, el ser humano está compuesto de alma y cuerpo unidos sustancialmente, nuestra vida consciente se organiza por una serie de facultades, una parte racional, es nuestro intelecto o entendimiento, y una parte sensitiva: los sentimientos, las emociones que tienen base en el cuerpo, conocidos en buena filosofía como pasiones.
Algo importante en esto del uso del teléfono, es que podemos pensar y decidir libremente su uso y cómo. Pero cuando usamos el celular demasiado, se desordenan nuestras emociones y nos sentimos ansiosos y estresados. El celular nos atrapa con estímulos constantes, cuando lo estamos viendo nos manda muchas señales: notificaciones, mensajes, “likes”, videos nuevos.
Cada vez que llega una notificación o un mensaje, nuestros sentidos externos, la vista, el oído, los captan y a través del sistema nervioso los envían al cerebro, ahí es donde entran en acción nuestra memoria e imaginación, la primera los guarda y la segunda nos los muestra cada vez que los evocamos. Esto crea una cadena de deseos rápidos que presionan nuestra voluntad: “quiero ver eso”, “quiero responder”, “quiero saber qué pasó”. En lugar de pensar en cosas importante y reales como estudiar, trabajar.
La exposición continua a notificaciones y a la necesidad de “estar conectado” genera una excitación permanente de las emociones, pasiones, sensitivas, principalmente el temor, o la esperanza, que se manifiestan fisiológicamente como activación sostenida del sistema nervioso simpático: liberación de adrenalina y cortisol, aumento de la frecuencia cardíaca, de la presión arterial y de la respiración, y detención temporal de funciones digestivas, en la clásica respuesta de lucha o huida.
El ser humano de manera natural siempre busca el bien, pero no siempre eligen bien; busca el bien autentico: la verdad, la amistad, el trabajo bien hecho, el descanso, la familia. Pero el uso desmedido del celular desplaza nuestra atención, propiamente la inteligencia y voluntad, del bien auténtico, hacia bienes inestables y nos “ofrece” “bienes falsos”: cosas que parecen buenas pero que no nos satisfacen de verdad. Por ejemplo, ver 20 notificaciones nuevas no nos hace más felices, pero nos hace sentir que “deberíamos” estar ahí. Esto nos hace perder la libertad: nos sentimos obligados a revisar el celular, aunque no queremos.
Lo anterior genera en las personas una especie de sumisión, de esclavitud frente al teléfono celular, pues pierde o renuncia a su autonomía y se ve dominada por la estimulación externa, incluso cediendo en contra de lo que su razón le indica, en el sentido de alejarse lo suficiente para no caer en la sumisión frente al celular, pues está consciente de que este atenta la dignidad humana.
De este modo, celular nos pone ansiosos porque nos mantiene en alerta constante, desordena nuestras emociones, nos irrita y nos distrae de lo que realmente nos hace bien. La solución es usarlo con límites y conciencia, para recuperar la tranquilidad y la libertad.
Opinión
Sábado 13 Jun 2026, 06:30
Celular y ansiedad: un problema que debe comprenderse y atenderse
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Jesús Guerrero
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