En una finca de Villa de Zeto, en la Campania —al sur del Imperio Romano—, Plotino, uno de los más fieles a la filosofía de Platón, padecía una enfermedad terminal. Había perdido la vista y sus pies y manos llagados le impedían continuar sus escritos. Resignado a su condición, en su modesto aposento, entre paredes de piedra caliza blanca y piso de terracota rojizo, recibió a su médico y devoto discípulo Eustoquio:

“Oh, mi querido Eustoquio, ¡huyamos a nuestra patria querida!… Es preciso huir del mundo para regresar, como Odiseo, a la verdadera patria”.

Plotino no se refiere a un lugar, sino a la fuente divina de donde procede el alma. Se levantó, se ajustó el cinturón de cuero que sostenía su túnica de lana blanca y le explicó a su discípulo la doctrina platónica del ascenso y descenso del alma:

—Nuestra patria, Eustoquio, es de donde procedemos; está allá, y allí también está nuestro Padre.

En la patria plotiniana habita el Padre.

La palabra patria proviene del adjetivo patrius, relativo al padre. Así, el término se usa para designar el país de origen o el lugar donde están las raíces y la procedencia de una persona.

Hace casi tres mil años, Homero relató cómo Odiseo lloraba a la orilla del mar la ausencia de su patria y de su esposa. Durante la travesía de diez años, el héroe siempre se esforzó incansablemente por llegar a su patria. En este viaje también libró una férrea batalla interna: abandonó a Circe, que encarna la seducción y la degradación del ser humano, y rechazó a Calipso, que representa la muerte del sentido de la vida y el abandono de su familia.

Ante la tentación de Calipso, Odiseo respondió:

—“Mas con todo, yo quiero, y es ansia de todos mis días, el llegar a mi casa y gozar de la luz del regreso”.

Plotino, como otros filósofos clásicos, vio en el regreso de Odiseo una alegoría del retorno del alma a la casa del Padre, a la patria. La patria no es solo el origen —de donde procede el alma—, sino también su destino: aquello hacia lo cual se dirige.

Agustín de Hipona retoma estos temas platónicos, elimina de estas ideas lo pagano y las incorpora al cristianismo. Para el santo, el Padre es el creador del alma y afirma que el destino contemplativo del alma está en Él.

El alma debe volver a su creador, el Padre, en su patria verdadera. San Agustín reconoce igualmente este retorno trascendente del ser humano. El Padre es principio y fin. Así lo expresa, con sabiduría y genialidad literaria:

“Porque nos hiciste para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.

Pues en la patria reside el Padre, dador generoso y cuidador providente.

La patria, el patriarcado, el acto del Padre. Conviene aclarar que el sentido de la palabra patriarcado no es peyorativo como suele usarse actualmente; al contrario, tiene un sentido magnificente: amor inmenso, puro y providencial. San Agustín lo expresa de manera inteligente y amorosa en su famoso verso de las Confesiones:

“¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!… Me tocaste, y deseo con ansia la paz que procede de ti”.

Antonio Caso, uno de los más grandes filósofos mexicanos, distinguió claramente entre patria y Estado. Para él, el Estado cambia de forma de gobierno; en cambio, la patria permanece, pues “es algo más hondo, más íntimo, más espiritual”.

Criticó los sistemas totalitarios, como el comunismo y el nazismo, porque en su interés de poder pretendieron igualar al Estado con la nobleza de la patria, una confusión astuta que no ha desaparecido en los gobiernos actuales.

El maestro Caso rechazó esta visión estrecha. La patria es el padre común que “encarna los ideales puros a través de la tradición, la historia y el espíritu”. Ella vive en los valores y la cultura de nuestros antepasados.

Por ello, el amor a la patria nace del amor al padre. De este brota el amor generoso y caritativo hacia los demás y hacia la nación. Los héroes que dieron su vida encarnaban el valor patriótico y cultivaron la valentía generosa. “La patria es primero, y por la patria todo” es la máxima de los hombres valientes.

Es el espíritu lo que mantiene viva a la patria. Y la patria es, en esencia, la identidad y la unidad de la nación. En tiempos de división y confusión, valoramos su significado y evocamos su ser.

Antonio Caso dice, sin medias tintas: “La patria no muere: es inmortal como el alma”.

La patria es la raza, la sangre, el idioma, la religión, la historia, la nobleza y la generosidad. Habita en la inocencia de un bebé y en la sabiduría del anciano. Permanece por generaciones; es la herencia espiritual que trasciende el tiempo y une pasado, presente y futuro.

La patria es el Padre.

En memoria de mi papá, a un año de su partida.
Que se consuele en el Padre, que disfrute la patria.