Ciudad de México.- Este mozalbete se llama Cigoto, y es desobligado y perezoso. Reprobó todas las materias del bachillerato. "Ay, hijo -lo reprendió su mamá-. Saliste igual de irresponsable y flojo que tu padre". "¡Oye! -protestó con enojo el esposo-. ¡Yo no soy flojo ni irresponsable!". Contestó la señora: "Nadie está hablando de ti". Aquella noche la linda Susiflor le dijo a su novio Libidiano: "Te invito a mi casa, Libi. Estoy segura de que mis papás van a simpatizarte mucho. No estarán ahí". Me gusta ir a la vida porque es un retrato fiel del cine. Tanto nos esforzamos en imitar lo que vemos en la pantalla que considero un milagro que la gente hablara cuando el cine era mudo. En los mediados del pasado siglo las madres mexicanas sufrían y lloraban sin motivo porque Sara García lloraba y sufría en las películas. Nosotros, los de mi tiempo, nos esforzábamos en parecernos a James Dean, que a nadie se parecía. Todos los hombres deseaban ser Clark Gable, y todas las mujeres se sentían Greta Garbo. Hasta los perros procuraban ladrar igual que Rin Tin Tin. Y no digo que las perras ladraban como Lassie porque todos los canes que representaron a la fiel y valerosa perra eran machos. Los camarógrafos sudaban para buscar ángulos que volvieran invisibles los muy visibles atributos de los perros. Digo todo eso a manera de prólogo o introito para reconfirmar mi calidad de cinéfilo irredento. Lo he sido desde que a los 4 años de edad vi "Blancanieves", de Disney, en el Cine "Marycel" de mi ciudad, hasta la noche de antier, cuando por enésima vez gocé en mi casa -cine en pantuflas- "Some like it hot" mientras los equipos de futbol de México y Corea se aburrían con el balón en el estadio -creo- de Guadalajara. Ahora diré que en estos días recibí una condecoración, de las más preciadas de mi vida. Me llegó en la forma de un mensaje que transcribo ahora: "Estimado Catón: Soy un serio admirador suyo. Me ha hecho pasar muchos momentos deleitosos (y más). Siga, don Armando, por su bien y el mío. Con respeto." Y firma Arturo Ripstein. Recibir un mensaje de alguien así es una presea para cualquier escribidor. Arturo Ripstein es uno de los más grandes cineastas de nuestro tiempo. Cada una de sus películas es obra maestra. Las tengo en mi cineteca, y con frecuencia vuelvo a ver "El lugar sin límites" y "El castillo de la pureza". Di esta respuesta a la misiva de ese gran mexicano: "Admirado maestro: Su mensaje es uno de los más altos honores que he recibido. Se lo agradezco de corazón, pues aprecio grandemente su extraordinaria labor de cineasta que ha dado a México algunas de sus mejores películas. Le pido respetuosamente su autorización para mencionar en mi columna su mensaje, y le envío el testimonio de mi admiración y mi reconocimiento". El maestro me respondió a su vez: "Muy querido Catón: Me emocionó su respuesta. He leído tantas obras suyas de toda laya que siempre han sido motivo de reflexión y luz. Considéreme un continuado seguidor, porque mirar un horizonte como lo hace usted estimula sin duda. Por supuesto mencióneme. Es un honor, y no dicho al vacío. En usted el vacío no ha lugar. Reciba un abrazo cordial de Arturo Ripstein". Los años finales de mi vida, que vivo con el mismo asombro de los iniciales, se iluminan con las bondades de mi prójimo. Las generosas palabras de ese eminente artista, sensible y talentoso, que es Arturo Ripstein me dan aliento para segur en el camino. Por eso le doy las gracias cordialmente. Eso quiere decir de todo corazón. Pompalina le dijo a su galán: "Dos cosas me gustan de ti: tu inteligencia y tu sentido del humor. ¿Qué dos cosas te gustan de mí?". Sin dudar respondió el salaz sujeto: "Estás sentada sobre ellas". FIN.

MIRADOR

Por Armando FUENTES AGUIRRE.
Parecen muchachas altas y garbosas ataviadas con vestidos de tela verde cuajada de rubíes.
Son los árboles de ciruelo de la huerta llamada "Los coyotes", en el Potrero de Ábrego. Los plantamos con nuestras propias manos la amada eterna y yo. Fuimos por ellos a Santa Rosa, un lugar de Nuevo León. Así se nombran también los frutos de estos árboles: ciruelas Santa Rosa.
Puse un canastillo de ellas en le mesa del comedor. Si Cézanne las hubiera visto las habría pintado. Aromaron toda la casa, y trajeron a ella el agua, el viento, la tierra y el sol de que están hecha.
Acabo de comerme una. La mordí y su jugo escapó de mi boca, me mojó la mano y me escurrió por el brazo.
Doy gracias al buen Dios por el prodigio de estas ciruelas con nombre de santa.
Le doy gracias, pero no quiero que las mire.
Podría caer en pecado de gula.


MANGANITAS.
Por AFA.
". México 1- Corea 0.".
Según dice la afición,
que tiene tan buen sentido,
en este soso partido
se aburrió hasta el balón.