“El único tirano que admitimos
es la voz de nuestra conciencia”:
leyenda en Universidad de Coimbra, Portugal

Este mundo en el que nos ha tocado vivir es muy exigente y receloso de la forma de pensar y sobre todo en lo que creemos. A pesar de los grandes avances de la tecnología, del nuevo sistema de redes sociales que nos ha creado una nueva dependencia y de una batalla cultural donde han ido cambiando radicalmente las posturas y convicciones, hace falta de un respiro para tomar aire antes de seguir.
Y no se trata de quejarnos y reprochar a la vida o a la era que nos tocó vivir y a nuestra familia o entorno familiar donde adquirimos e inculcaron costumbres y hábitos culturales valores, principios religiosos y hasta tradiciones.
Si bien, no podemos renegar de que los abuelos enseñaron a nuestros padres, luego ellos a nosotros y eso lo repetimos con nuestros hijos como herencia cultural, pactos familiares o valores, esta apresurada sociedad, exigente, inmediata, fugaz y superficial pretende llevar a nuevos enfoques, estilos de vida y sobre todo, a considerar que lo pasado ha dejado de tener valor y efectividad en el presente.
Hacemos sentir anquilosados, conservadores o viejos a quienes no se adaptan al mundo actual. Han tratado de hacer creer que lo nuevo, por el solo hecho de ser nuevo es de progresistas o “progres” como se autonombran. Han generado la percepción que sólo el que tiene una visión “liberal” no está atado a viejos conceptos ni a rancias doctrinas.
Si no se tiene determinada forma de pensar, es condenado al ostracismo político y social. Las mismas redes sociales han sido utilizadas para hacer una discriminación ideológica. Muchas personas han dejado a un lado sus convicciones sociales, políticas y religiosas, por el temor a ser linchadas en las redes, pensando que toda su vida la habían pasado en un mundo equivocado.
Y la presión ha sido que dudando de la propia formación que recibieron amorosamente en el seno familiar, de pronto unas personas ajenas, extrañas, la han orillado a sentir vergüenza y renegar de su cosmovisión.
Cuando el Papa León XIV, dio su discurso inicial como tal, dijo que la fe ha ido disminuyendo por la tecnología, lujos y placeres, entre otras causas, dando el contexto de que varios ambientes la fe cristiana se considera como un absurdo, algo para personas débiles y poco inteligentes con el contraste de que hay otros elementos nuevos del siglo XXI, como la propia tecnología, dinero, éxito, reconocimiento social en las redes, narcisismo y vanidad.
Hablaba de ambientes en los que no es fácil testimoniar y anunciar el cristianismo y donde se ridiculiza a quien cree, se le obstaculiza y desprecia, o, a lo sumo, se le soporta y compadece. Y, sin embargo, precisamente por esto, son lugares en los que la misión es más urgente, porque la falta de fe lleva a menudo consigo dramas como la pérdida del sentido de la vida, el olvido de la misericordia, la violación de la dignidad de la persona en sus formas más dramáticas, la crisis de la familia y tantas heridas más que acarrean no poco sufrimiento a nuestra sociedad.
Y luego, la figura de Jesucristo, aunque apreciado como hombre, es reducido solamente a una especie de líder carismático o a un superhombre, y esto no sólo entre los no creyentes, sino incluso entre muchos bautizados, que de ese modo terminan viviendo, en este ámbito, un ateísmo de hecho.
Por eso, he decidido hacerme ateo…
Empezaré por rechazar, negar y avergonzarme de mi formación familiar, aunque mis padres pensaban que era la mejor forma de darme herramientas para la vida.
Además, ya no tendré ni expresaré pensamientos que puedan ser considerados ideológicamente incorrectos. Será más fácil ser aceptado en círculos liberados de tanta superchería y dogmas.
Dejaré de denunciar y escribir sobre la cultura de la muerte y dejar que la narcocultura siga promoviendo el culto a la Santa Muerte y falsos ídolos a los que les levantan altares. Parece ser que ando en el lado equivocado y me incorporaré a los grupos de fans de cantantes de narcocorridos, porque son más divertidos y menos aburridos que las baladas románticas.
He decidido dejar de preocuparme por el ambiente de incredulidad y agnosticismo. Ya no me preocuparé por el nihilismo y pasaré a creer en la nada para estar a modo, moderno y en la moda.
Me sumaré al ejército del relativismo para eliminar la certeza en la verdad e incorporarme a que cada uno crea su propia verdad como le acomode y le convenga. Que cada uno invente su propia alternancia de la verdad, o sea, su posverdad. Viva la posverdad, muera la verdad.
Lógicamente dejaré de estar de acuerdo con la cultura de la vida. Dejaré de lado mis convicciones y valores, dejaré de seguir creyendo que la familia es la base de la sociedad, generador del auténtico amor, así como que la vida empieza desde la concepción.
Dejaré de creer y defender la libertad de conciencia y de pensamiento. No seguiré con las reglas del pluralismo, tolerancia y respeto para quienes no piensan como yo y me convertiré en un detractor de la libertad de cátedra y seré un inquisidor de la libertad de expresión.
Abandonaré la actitud de humildad para reconocer la existencia de un Ser superior y creador. Enalteceré la soberbia humana de negar lo que no puedo comprender y todo lo que sea más allá de lo físico calificarlo de fanatismo y supersticioso.
Me haré ateo, pero…
Pero pensándolo bien, a conciencia y siendo honesto conmigo mismo, mejor no me haré ateo por la simple razón de que la fe es racional. Después de haber estado meditando en convertirme en ateo, en el ejercicio de mi libre albedrío he decidido que mejor no. Del interior me brota un impulso que me grita que sigo creyendo y que tengo fe.
Mejor no me convertiré en ateo, aunque respetaré a los que no piensan como yo porque también deben ser libres de expresarse.