Las imágenes que llegan desde Venezuela son difíciles de mirar. Edificios convertidos en montañas de concreto, calles cubiertas de polvo, familias enteras esperando noticias de quienes permanecen bajo los escombros y rescatistas que, desafiando el cansancio, continúan buscando señales de vida. Basta observar unos cuántos minutos para comprender que ninguna fotografía alcanza a transmitir la dimensión del sufrimiento de, no solo venezolanos, sino de latinos y el mundo entero.
Las tragedias naturales tienen una particularidad que las distingue de cualquier otra crisis. Llegan sin previo aviso y, en cuestión de segundos alteran la vida de miles de personas. Lo que durante años representó un hogar puede desaparecer en un instante; lo que parecía permanente revela de pronto una fragilidad que casi siempre olvidamos.
Durante mucho tiempo Venezuela ha ocupado los titulares de medios de comunicación en el mundo, dados los motivos políticos. Las diferencias ideológicas, la migración, las sanciones económicas, las elecciones o las tensiones diplomáticas han dominado la conversación internacional. Sin embargo, un terremoto tiene la capacidad de cambiar la perspectiva de todos.
La tragedia no comenzó con el terremoto. Millones de venezolanos ya enfrentaban enormes dificultades para acceder a servicios de salud, medicamentos, alimentos y oportunidades antes de que la tierra se moviera. Años de deterioro económico, institucional y social habían debilitado la capacidad de respuesta del país. El desastre natural encontró a una sociedad que ya cargaba con profundas heridas, haciendo todavía más difícil la tarea de rescatar sobrevivientes, atender a los heridos y ofrecer un techo a quienes lo perdieron todo.
Frente a los escombros dejan de existir simpatizantes y adversarios. Las etiquetas políticas, clases sociales y credos religiosos, pierden sentido cuando una madre busca a su hijo, un padre intenta rescatar a su familia o un vecino ofrece ayuda sin preguntar el nombre, edad, religión o las ideas políticas de quien tiene enfrente.
Esa es una de las lecciones más profundas que dejan las grandes tragedias. Nos recuerdan que la condición humana está por encima de cualquier diferencia. Compartimos la misma vulnerabilidad y, tarde o temprano, todos descubrimos que la vida puede cambiar en un abrir y cerrar de ojos.
Con frecuencia vivimos convencidos de que controlamos el tiempo. Hacemos planes para los próximos meses, posponemos conversaciones importantes, dejamos para después una visita, una llamada o un abrazo. Imaginamos que siempre habrá otra oportunidad para decir aquello que hoy callamos. La realidad, de vez en cuando, nos recuerda con dureza que el futuro nunca está completamente asegurado.
No se trata de vivir con miedo. Se trata de valorar con mayor profundidad aquello que tenemos mientras todavía está con nosotros. Una casa no es solamente una construcción; es el lugar donde una familia ha reunido sus recuerdos. Una calle no es únicamente un espacio urbano; es el escenario de la infancia de miles de personas. Cuando un desastre destruye esos lugares, también hiere una parte de la memoria colectiva de un pueblo.
Al mismo tiempo, en medio del dolor, suele aparecer lo mejor del ser humano. Los primeros en correr hacia los edificios derrumbados casi nunca preguntan quién necesita ayuda, simplemente ayudan: ahí surgen los vecinos voluntarios, médicos, rescatistas y personas comunes entienden que, en momentos así, la solidaridad vale más que cualquier diferencia.
Quizá esa capacidad para tender la mano sea una de las mayores fortalezas de nuestra especie. Allí donde la naturaleza muestra toda su fuerza, el ser humano responde con compasión. Allí donde parece imponerse la desesperanza, siempre aparece alguien dispuesto a compartir agua, alimento, refugio o simplemente compañía.
Hoy Venezuela enfrenta una emergencia que rebasa cualquier discusión política. Miles de familias necesitan atención médica, medicamentos, alimentos, agua potable, cobijas y un lugar seguro donde comenzar de nuevo. La reconstrucción llevará años, pero la ayuda es urgente desde este momento.
Tal vez desde Chihuahua no podamos remover los escombros con nuestras propias manos, pero sí podemos hacer algo para que quienes hoy atraviesan esta tragedia sepan que no están solos, existen organizaciones humanitarias, iglesias, centros de acopio e iniciativas ciudadanas que trabajan para llevar ayuda a las zonas afectadas. Cada donativo, por pequeño que parezca, representa un alivio para alguien que lo ha perdido casi todo.
Las tragedias nos obligan a recordar que ningún país está tan lejos cuando el sufrimiento toca a una familia. Al final, la solidaridad siempre encuentra caminos para cruzar fronteras que la política muchas veces levanta.
Esperemos que las crudas imágenes de la tragedia venezolana, no se conviertan únicamente en un recuerdo pasajero, que despierten en nosotros la convicción de que el dolor ajeno también nos interpela y que la generosidad sigue siendo una de las expresiones más nobles de la condición humana.
Los pueblos vuelven a levantarse con el trabajo de su gente, basta recordar los sismos en diferentes estados de México, ahí están casos como los sucedidos en Haití, Japón, Filipinas… todos mostraron la esperanza de sus familias; tuvieron la ayuda de quienes decidieron no mirar hacia otro lado. Esa quizá sea la enseñanza más importante que deja una tragedia: cuando la tierra nos iguala, la solidaridad nos vuelve a poner de pie.