Hay una figura cada vez más familiar para quienes recorremos con frecuencia la carretera de Chihuahua a Juárez: el retén. Conos naranjas, patrullas estacionadas en diagonal, agentes con chaleco reflejante y la inevitable señal de alto que obliga a reducir la velocidad cuando el paisaje parecía prometer un trayecto sin sobresaltos.
A simple vista, se trata de un operativo de seguridad. En teoría, están ahí para salvar vidas. De ahí que bien podríamos llamarles -con cierto sarcasmo- los perdona vidas.
El concepto es curioso. Los retenes aparecen con precisión quirúrgica en los tramos más transitados, amplios y visibles de la carretera. Donde el pavimento está en buen estado, donde pasan familias, tráileres y viajeros que van de una ciudad a otra. Pero no es uno… ¡está llena la carretera de retenes!
Allí se revisan documentos, se hacen preguntas rutinarias y se observa el interior de los vehículos con una mezcla de formalidad y rutina. Pero hay una pregunta incómoda que se asoma cada vez que uno atraviesa uno de estos puntos de revisión: ¿por qué aquí?
Y luego, cuando detienes la marcha de tu vehículo, debes bajar el vidrio de la ventanilla para escuchar las mismas preguntas de uno y otro retén: “¿De dónde viene? ¿A dónde va? ¿A qué se dedica?” Luego, el agente federal observa con meticulosa mirada el auto, como si trajera en sus ojos un rayo láser capaz de detectar todo lo que está dentro.
Se te queda mirando con suspicacia, con sospechosismo y te dice: “Adelante”. O sea… “te perdono, vete”. Pero si hubiese cualquier detalle que al policía federal no le agrade, hace que estaciones tu vehículo fuera de la carretera y ahí inicia una “inspección” que, además de ilegal, ocasiona una pérdida de tiempo por demás molesta.
Porque, si de verdad se tratara de salvar vidas, los retenes no estarían necesariamente en los tramos más seguros y visibles del estado. Estarían en los lugares donde el peligro es real y cotidiano. Nadie cuestiona la seguridad en las carreteras, me incluyo; lo que molesta, es que más de cinco retenes en ese tramo carretero, no es algo normal, cuando deberían estar donde se necesitan.
Estarían en las brechas de la sierra, en los caminos donde los pobladores viajan con la incertidumbre de encontrarse un retén, sí, pero de delincuentes. Estarían en esos territorios donde el silencio de las montañas suele ocultar historias que rara vez llegan a los espacios noticiosos.
En la sierra de Chihuahua hay comunidades que saben perfectamente lo que significa la vulnerabilidad. Carreteras estrechas, caminos solitarios y poblados que quedan a horas de distancia de cualquier presencia oficial.
Allí, donde los riesgos no son hipotéticos sino parte de la vida diaria, la presencia de seguridad suele ser más bien esporádica, casi simbólica. Por eso resulta inevitable la ironía. Los retenes se multiplican donde el flujo de vehículos es constante, donde la visibilidad pública es mayor y donde el operativo puede lucir ordenado y efectivo ante cualquier cámara o reporte.
En cambio, en los puntos donde la seguridad podría marcar una diferencia real, la vigilancia parece desvanecerse entre curvas de terracería y distancias imposibles.
No se trata de cuestionar la labor de los agentes que cumplen órdenes ni de negar que la carretera también necesita vigilancia. El problema es más profundo: la lógica de seguridad parece invertida.
Vigilar lo que ya es relativamente seguro mientras se desprotege lo que verdaderamente necesita atención es una paradoja que revela algo más que una mala distribución de recursos. Revela una visión de la seguridad que prioriza la visibilidad sobre la efectividad.
Porque un retén en una autopista concurrida puede detener a cientos de vehículos en pocas horas. Puede mostrar movimiento, actividad, estadísticas. Pero un retén en un camino serrano, donde el narcotráfico se apropia de vidas y haciendas, quizá apenas vea pasar unos cuantos autos en todo el día. No generará grandes números ni fotografías espectaculares, pero podría significar tranquilidad para comunidades enteras.
Ahí está el verdadero sentido de los perdona vidas. No como guardianes heroicos del camino, sino como símbolo involuntario de una estrategia que a veces parece más preocupada por aparentar presencia que por estar donde realmente hace falta.
La seguridad no debería medirse por la cantidad de conos naranjas en la carretera ni por el número de revisiones realizadas en un tramo tranquilo. Debería medirse por la capacidad para llegar, de verdad, a los lugares donde su ausencia pesa más.
Mientras eso no ocurra, los viajeros seguirán encontrándose con retenes federales en las rutas más seguras, preguntándose lo mismo cada vez que bajan la ventanilla: si estos son los perdona vidas… ¿quién está cuidando a quienes viven donde la vida sí necesita ser perdonada todos los días? Al tiempo.