A finales de febrero y hasta la mitad del mes de marzo han transcurrido prácticamente tres semanas de intensos bombardeos a territorio iraní y a regiones del Líbano por parte de Estados Unidos e Israel, los cuales han generado destrucción y caos mundial en los hidrocarburos, como el petróleo y el gas.
La guerra contra Irán por parte de Estados Unidos no parece tener fin; más bien, parece alargarse por alarde de poder y decisiones equivocadas del presidente Donald Trump.
La política impopular que ha desplegado en Oriente Medio, en un conflicto bélico contra Irán, con el pretexto de detener cualquier intento de producción de armamento nuclear y eliminar de tajo el radicalismo del islam como forma de gobierno, ha llevado a alterar los precios de los hidrocarburos hasta en un 50%, situación que repercute en mayores costos en los combustibles, en las manufacturas, en el transporte y en las cadenas de suministro de alimentos.
A pesar de que Estados Unidos es el principal productor de petróleo en el mundo, con aproximadamente 13.5 millones de barriles diarios, los efectos de esta guerra, que inició Donald Trump, le están pegando a la economía doméstica de los estadounidenses, ya de por sí afectada por los aranceles a bienes importados y ahora por alzas en los precios del petróleo, que ronda los 110 dólares por barril, así como por gasolinas cada vez más caras.
Al respecto, Paul Krugman ha señalado que “si bien Estados Unidos es un exportador neto de petróleo, además del que le compra a México y a Canadá, desde el punto de vista de la contabilidad nacional, en este momento se está volviendo un poco más rico gracias a que los precios del petróleo están subiendo”; sin embargo, ni el gobierno ni el pueblo estadounidense se benefician de ello porque el petróleo no es de “nosotros”. El petróleo y las refinerías en Estados Unidos pertenecen a compañías petroleras privadas (ExxonMobil, Chevron, Texaco, Esso, entre otras), y el alza de precios del petróleo afecta igual que en el resto del mundo.
Mantener esta guerra le representa a Estados Unidos e Israel costos de millones de dólares y, ahora, el conflicto se ha trasladado a garantizar el libre tránsito de buques petroleros por el estrecho de Ormuz, fuertemente custodiado por Irán y motivo de preocupación para Donald Trump, quien, como estrategia de intimidación, ordenó bombardear áreas no petroleras de la isla de Kharg, donde se encuentra un enorme puerto desde el cual se embarca la gran mayoría de las exportaciones de petróleo de Irán.
Esta isla de Kharg, territorio de Irán, está ubicada al noroeste del Golfo Pérsico, muy cerca del estrecho de Ormuz, lugar por donde transitan los buques petroleros y que constituye un centro neurálgico de la exportación petrolera iraní, con un volumen diario de 3.5 millones de barriles de petróleo crudo. Irán posee la tercera reserva probada de petróleo más grande del mundo, estimada en aproximadamente 208,600 millones de barriles en 2025, colocándose por debajo de Venezuela y Arabia Saudita, que poseen 303 y 267 mil millones, respectivamente.
De este centro petrolero de Irán se abastecen barcos de China, Corea, India y Japón, entre otros, por lo que el estrecho de Ormuz se ha convertido en la manzana de la discordia. Este punto neurálgico de abastecimiento petrolero simplemente no puede ser bombardeado por Estados Unidos, porque afectaría intereses de países demandantes de petróleo y generaría un conflicto de orden mundial. La imprudencia del presidente Trump al bombardear la isla de Kharg ha agravado el conflicto y cerrado la esperanza de los países árabes de comercializar su petróleo, que, en lugar de ingresos, ahora les representa pérdidas millonarias.
Por este estrecho de Ormuz también transita el gas de Catar, potencia exportadora que, al ubicarse en esta región, se encuentra sin posibilidad de comerciar ni de entregar el gas y el petróleo a sus compradores; incluso, ha detenido el enfriamiento de gas natural para su envío desde los primeros días de la guerra.
Como resultado de este conflicto bélico, el petróleo, el gas natural y otras materias primas están prácticamente detenidos. Los países productores como Irán, Irak, Arabia Saudita, Baréin, Catar, Emiratos Árabes Unidos y Kuwait no pueden comercializar su petróleo, situación que puede paralizar la economía global, pues la producción, el suministro y las entregas han caído de manera alarmante. De esta región proviene el 20% de los energéticos del mundo y, si no se puede vender el petróleo, tampoco se puede extraer, por lo que el bombeo de cientos de pozos se ha paralizado, generando altos costos y pérdidas cuantiosas.
Los países que pueden almacenar combustibles se están quedando sin reservas y aquellos que compran al día comienzan a resentir los estragos de los aumentos en los hidrocarburos.
En México se resiente el aumento en los precios del petróleo, sí, pero no totalmente, porque México es productor de petróleo, no importador. De hecho, México ya no exporta el cien por ciento de su petróleo crudo: de un volumen de producción de 1 millón 650 mil barriles diarios, solo se vende al exterior alrededor de 300 mil barriles al día, lo que representa el 20%, mientras que el 80% restante se destina a las refinerías de Pemex para producir gasolinas.
La parte faltante del consumo de gasolinas se compra en el exterior y, como en este momento son más caras, el gobierno subsidiará el precio sacrificando la recaudación del Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (IEPS).
Esperemos que esta guerra no se prolongue, porque entonces podría derivar en una crisis financiera global.