Para esta publicación he decidido compartirles un cuento corto que he escrito. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. El personaje principal no tiene nombre, pero podría ser cualquiera.
Había una vez un hombre, de edad avanzada, cabello cano escaso, al que poco le importaba lo que ocurriera en su comunidad. Vivía solo. Su esposa murió una década atrás y sus tres hijos hicieron sus vidas lejos de él. Contaba con una pensión que le permitía vivir con modestia quizá, pero con lo suficiente para cubrir sus gastos fundamentales. Veía noticias en la televisión o leía periódicos impresos para informarse de lo acontecido y generarse una opinión, que no compartía con nadie, dada su poca o escasa vida social. Así dejaba pasar los días…
Se supo por las noticias, que había sobres amarillos con cantidades impensables de dinero, para patrocinar la campaña política de quien luego sería jefe del ejecutivo federal; a este personaje solo le pasó por la cabeza la idea de que “todos son iguales, unos corruptos”.
Cuando el gobierno en turno, dispuso modificar y luego desaparecer un sistema de salud, que venía funcionando de sexenios anteriores, que llegaría a dar cobertura universal, que permitiría tener clínicas u hospitales, con médicos y medicamentos, incluso en lugares recónditos del territorio nacional; simplemente nuestro hombre pensó, “no me importa, no estoy enfermo de nada”.
Al tiempo en que modificaron los contenidos de los libros de texto gratuitos para educación básica y que inventaron un supuesto nuevo modelo educativo, que pretende adoctrinar a niños y jóvenes, el cual implica un retroceso de décadas en los métodos de enseñanza-aprendizaje; que elimina materias básicas como las matemáticas, dando prioridad a imponer ideologías de izquierda; mi protagonista se regodeó por no tener hijos en edad escolar.
Durante los últimos años, el gobierno de la República, desapareció instituciones, programas, fideicomisos, apoyos al campo o a pequeñas empresas; nuestro flamante personaje, platicaba con algunos vecinos, argumentando: “Lo bueno que yo no soy campesino”. “Qué bueno que no vivimos en una zona de desastres, aquí ni se inunda y ni hay temblores”. “Qué bueno que no necesito ninguna información del gobierno, eso de la transparencia que más da”. “Qué bueno que no tengo un pequeño negocio, yo ni sé que son las Mipymes”. “Qué bueno que no necesito ninguna ayuda”.
La vez en que murieron calcinados 40 migrantes y 27 más sufrieron heridas de gravedad, en las celdas del Instituto Nacional de Migración en Ciudad Juárez; o la vez en que murieron 26 personas por el colapso de la línea 12 del Metro en Ciudad de México; o la vez en que murieron 14 turistas y hubo más de 100 lesionados por el descarrilamiento del tren interoceánico en Oaxaca; o la vez en que los padres de niños con cáncer se manifestaron por no contar con tratamientos que salven la vida de sus hijos; o la vez en que se afrontó una pandemia mundial por COVID-19, que dejó un saldo terrible de alrededor de 800,000 mexicanos; el personaje estrella, al percatarse de éstas y muchas otras tragedias ocurridas en estos ocho años en nuestro país, solo atinaba a comentar: “Ay! Que gacho!”. “Quien les manda a esos migrantes quemar colchones, además nadie los trae por acá, que se queden en su país”. O bien, “Ni han de ser tantos, luego las noticias son amarillistas”. “Fue por culpa del chofer, de seguro iba ebrio”. “Yo no tuve ningún pariente cercano que muriera por COVID”.
Los noticieros y la prensa informando sobre secuestros, extorsiones, desapariciones forzadas, feminicidios, homicidios dolosos, mujeres víctimas de violación, o sobre pobladores de comunidades enteras, teniendo que abandonar sus casas, por culpa del narco; nuestra figura central de este cuento, se concretaba a pensar: “pobre gente, han de estar sufriendo; mientras tanto yo aquí vivo tranquilo y en paz”.
Luego, cuando empezó a salir a la luz pública, que había políticos coludidos con grupos criminales, que por órdenes de los cárteles se ponía candidatos cómodos en los cargos de elección, el sujeto en comento se concretó a decir: “a mí eso no me afecta; al rato se pelean y se matan entre ellos”.
Nuestro protagonista murió. Un día simplemente no despertó. Solo, en su cama. Durante la noche tuvo un infarto. Los vecinos se darán cuenta, avisarán a la familia y tendrá cristiana sepultura. De esta manera acaba la triste historia de este hombre.
Así, ya no se dará cuenta de que nuestro país está en la peor crisis económica y social de todos los tiempos; que está incendiado por la violencia que los propios actores políticos de Morena y la transformación de cuarta dejaron crecer y han avivado. Que la presidenta (con A), no puede y no sabe gobernar. Que Estados Unidos nos está presionando para entregar capos de la droga entre los cuales se encuentran gobernadores, senadores, fiscales, jefes de policía y muy seguramente miembros del ejército. Ya no le tocará a este personaje ver como extraditan a funcionarios involucrados con el narco. Nuestro protagonista no leerá en el periódico la nota de 8 columnas, que la inmensa mayoría de las y los mexicanos estamos esperando: “extraditan a Andrés Manuel a USA”, para que sea juzgado por delitos de lesa humanidad. FIN
Ya es momento de abrir los ojos. Momento de ocuparnos, preocuparnos y actuar en consecuencia, ante las atrocidades que ocurren en México.
Ya es momento…
Opinión
Viernes 08 May 2026, 06:30
Un cuento cruento
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Kenya Durán Valdez