“No somos un algoritmo,

somos un deseo…”

Son como unos pequeños duendes que ya son dueños de nuestra voluntad. Las decisiones que antes eran libres y soberanas dependen de estos fantasmas que inciden, controlan y manejan las vidas constituyendo los modernos tiranos tecnológicos que hacen ver a la voluntad humana como un títere, un muñeco vacío y sujeto a los hilos que “alguien” mueve a su antojo conforme convenga a los intereses económicos, políticos y de adicciones.

La palabra, aunque la hemos incorporado a nuestro lenguaje cotidiano, tiene mucha historia atrás. Se les conoce como algoritmos y se han convertido en parte integral de nuestras vidas. No los vemos pero los sentimos y sufrimos o gozamos en aplicaciones desde las redes sociales hasta Netflix, porque son programas que aprenden nuestras preferencias y priorizan el contenido que se nos muestra. Están los casos simples de Google Maps y la inteligencia artificial que sin los algoritmos no serían nada sin ellos.

La palabra algoritmo viene de unos mil años antes de internet y las aplicaciones para teléfonos inteligentes, cuando el científico y político persa Muhammad ibn Musa al-Khwarizmi inventó ese concepto. De hecho, la propia palabra proviene de la versión latinizada de su nombre al-Khwarizmi que se convirtió en algorítmo. Y, como se puede sospechar, también está relacionado con el álgebra[i].

Al-Khwarizmi, origen de algoritmo, vivió entre los años 780 y 850, durante la edad de oro del Islam y se le considera como el padre del álgebra y ahora hasta el “abuelo de la informática”, porque también hizo cálculos para seguir el movimiento del sol, la luna y los planetas. Con la tecnología actual serian como los abuelos informáticos que predicen nuestra mente y nos hacen usar lo menos posible la memoria.

Son los que atinan nuestras consultas, nuestras palabras cuando estamos escribiendo un mensaje en el celular y de pronto sugieren otra palabra diferente o en automático ponen lo que ya tenían registrado. Es como si una mano extraña o mágica guiara nuestra escritura. Son los aprendizajes archivados de palabras que hemos usado.

Cuando hablamos necesitamos que el rostro y la voz se expresen, como el espejo emocional para ser partícipe de la verdadera comunicación o comunicación en verdad y de la verdad. Pero, enfrentamos un reto duro que cada día nos gana y absorbe más, que nos hace más dependientes e inservibles.

Ese desafío ya no es propiamente tecnológico como a principios del presente siglo se insistía en el sentido de que la tecnología había llegado para quedarse estallando de júbilo en empresas y áreas de educación, de servicios y elaboración de productos.

Pero ese desafío traspasó las barreras imaginadas o supuestamente calculadas, para llegar a una mutación antropológica, que pretende definir desde aspectos sociológicos y filosóficos, cambios radicales y profundos en la naturaleza humana, variando o transformando valores, identidades y estilos de vida, sin llegar a un cambio biológico, pero si alterando la relación entre humano, con la sociedad y el entorno.

Lamentablemente esa mutación antropológica, está dirigida por los llamados algoritmos, que son “decisiones” ajenas y desconocidas a nuestro voluntad. En otras palabras, estamos dejando de pensar y decidir por nosotros, recibiendo órdenes disfrazadas de sugerencias y “aplicaciones” prácticas. Esos algoritmos.

Un algoritmo es una secuencia de instrucciones o reglas ordenadas, precisas y finitas que usan en muchas plataformas “orientarnos” inocentemente a lo que queremos y debemos comprar, adquirir o pensar.

Antes, poníamos el grito en el cielo por la manipulación en diferentes técnicas de propaganda, nos alarmamos por la llamada “publicidad subliminal” que decíamos que en los anuncios había mensajes ocultos que nuestra vista no veía, pero si el cerebro. Se llegó a considerar que esa publicidad era perniciosa e ilegal porque -su nombre lo decía- iba por debajo del umbral de la percepción consciente con imágenes breves, sonidos ocultos o textos rápidos que eran procesados por el subconsciente con el fin de influir en las conductas o deseos de compra del consumidor. Hoy también eso se ha superado con la deep web o internet profunda onde se pueden encontrar lo más desagradable o los pasillos del crimen y la ilegalidad.

Los algoritmos funcionan por la propia información que nosotros mismos les proporcionamos y luego nos asustamos cuando recibimos notificaciones promocionando lo que deseábamos.

“Los sistemas de inteligencia artificial están asumiendo cada vez más el control de la producción de textos, música y videos. Gran parte de la industria creativa humana corre el riesgo de ser desmantelada y sustituida por etiqueta de “Powered by IA” algo asi como "potenciado por IA", "impulsado por IA" o "con tecnología de IA", convirtiendo a las personas en meros consumidores pasivos de pensamientos no pensados, de productos anónimos, sin autoría y sin amor. Mientras las obras maestras del genio humano se reducen a un mero campo de entrenamiento para las maquinas…” según León XVI en un documento dado a conocer con motivo de la LX Jornada de las Comunicaciones Sociales.

Hay dos características esenciales en el humano para establecer una comunicación entre nosotros, que son la voz y el rostro. Indudablemente representan los pilares fundamentales para la conexión humana e identidad por ser la forma en que se transiten emociones, simpatía y empatía y por supuesto dan validez y certeza de con quién hablamos.

La voz, el ruido que generamos con nuestras cuerdas bucales son producto de una articulación racional. Para hablar, pensamos qué decir, cómo decirlo y a quién decírselo. Y los sonidos dulces, graves, amables o gritos reflejan actitud y emociones.

El riesgo es que voz y rostro lo estamos sustituyendo por chat y figuras creadas por IA. El rostro y voz humana que antes nos servía para comunicarnos con otro humano, ahora son máquinas, que funcionan al ritmo de los algoritmos, que son los abuelos de la informática.

1 https://theconversation.com/por-que-los-algoritmos-se-llaman-algoritmos-229639