La sociedad, en cada época produce sus propias explicaciones simples para problemas complejos. La nuestra ha convertido al delito en uno de sus fenómenos favoritos.
Unos afirman que la causa de la delincuencia es la pobreza. Otros la atribuyen a la pérdida de valores. Hay quienes responsabilizan a la familia, a la escuela, a las drogas, a la desigualdad o a la impunidad. Todos buscan lo mismo: una causa única capaz de explicar un fenómeno extraordinariamente complejo. La realidad rara vez concede semejante simplicidad causal. La primera dificultad surge de una pregunta elemental: ¿de qué delito estamos hablando? No obedecen a los mismos mecanismos un homicidio, una extorsión, una estafa financiera, una violación, un fraude corporativo, un secuestro o la participación en una organización criminal transnacional. Todos son delitos, pero detrás de cada uno operan trayectorias personales, incentivos y contextos distintos.
Pretender encontrar una explicación única para todos ellos equivale a intentar explicar todas las enfermedades mediante un solo virus. El error comienza cuando imaginamos al individuo como una entidad aislada. La literatura nos dejó una de las imágenes más famosas de esa ilusión: Robinson Crusoe (Daniel Defoe, 1719). Durante siglos se lo ha utilizado como símbolo del individuo enfrentado en soledad al mundo. Sin embargo, ni siquiera Crusoe estaba solo en sentido estricto. Hablaba una lengua aprendida de otros. Aplicaba conocimientos heredados. Utilizaba técnicas y hábitos adquiridos en la sociedad que había dejado atrás. Incluso en una isla desierta seguía siendo portador de una cultura. Los individuos aislados no existen.
Todos pertenecemos simultáneamente a varios sistemas sociales. Formamos parte de una familia, de redes de amistad, de comunidades, de organizaciones laborales, religiosas, recreativas, económicas y políticas. Nuestra vida transcurre dentro de una trama de relaciones que influye constantemente sobre nuestras decisiones.
Por eso la vieja disputa entre quienes explican el delito únicamente por decisiones individuales y quienes lo explican exclusivamente por condiciones sociales está mal planteada.
El individuo y la sociedad no son realidades opuestas. Son dos caras de una misma moneda. Toda conducta humana es simultáneamente individual y social. También el delito.
La pregunta correcta no es qué causa el delito, sino cómo interactúan los sistemas sociales dentro de los cuales actúan los individuos: La pobreza puede influir; la familia puede influir; la escuela puede influir; la comunidad puede influir; la impunidad puede influir. Pero ninguna de estas variables actúa por sí sola. Lo que encontramos son configuraciones complejas donde factores diversos se potencian, se neutralizan o se refuerzan mutuamente. Por eso es falso afirmar que la pobreza produce delincuentes. La inmensa mayoría de las personas pobres jamás delinque. Pero también es falso sostener que todo depende exclusivamente de decisiones individuales, como si las personas tomaran decisiones en el vacío.
El infractor de la ley es responsable de sus actos. Pero también es producto de una trayectoria desarrollada dentro de sistemas sociales concretos. Es victimario. Y también objeto (víctima) de circunstancias que influyen sobre él. Quien sólo observa una de esas dimensiones deja de comprender ambas.
La necesidad de una perspectiva sistémica se vuelve aún más evidente cuando se examina el crimen organizado contemporáneo.
Con frecuencia seguimos pensando en los viejos cárteles dedicados al narcotráfico. Esa imagen pertenece, en buena medida, a la prehistoria del fenómeno actual. Las grandes organizaciones criminales contemporáneas son sistemas complejos que operan simultáneamente en espacios legales e ilegales. Necesitan sicarios y traficantes. Pero también necesitan abogados. Contadores. Especialistas financieros. Operadores logísticos. Ingenieros en comunicaciones. Empresarios. Funcionarios corruptos. Intermediarios políticos. Transportistas. Prestadores de servicios. Personas capaces de conectar el mundo legal con el ilegal.
Por ello, el integrante de una organización criminal rara vez abandona la sociedad. Lo habitual es exactamente lo contrario. Permanece inserto en múltiples sistemas sociales al mismo tiempo: Puede ser padre de familia y operador financiero. Puede ser empresario y lavador de dinero. Puede ser funcionario público y facilitador de actividades ilícitas. Puede ser vecino respetable y colaborador de una estructura criminal. El crimen organizado no vive fuera de la sociedad. Vive dentro de ella. Más precisamente, vive en las uniones de múltiples sistemas sociales. Su fortaleza no radica únicamente en las armas o el dinero. Radica en la capacidad de incrustar funciones criminales dentro de estructuras legales.
Por eso el delito no puede entenderse como una simple desviación individual ni como una consecuencia automática de determinadas condiciones económicas.
Se trata de un fenómeno sistémico. El delito no tiene una causa. Tiene una ecología social.
Y mientras sigamos buscando explicaciones simples para fenómenos complejos, continuaremos confundiendo una parte del problema con el problema entero.