Durante décadas, la Sierra Tarahumara contó con una estructura que, sin ser perfecta, sostenía la vida del bosque: PROFORTARAH. Aquella empresa federal articulaba ejidos, técnicos, brigadas y comunidades en torno a una idea simple y poderosa: el bosque no se administra desde un escritorio, sino desde el territorio. Cuando esa arquitectura desapareció, los ejidos quedaron solos, sin acompañamiento técnico, sin vigilancia y sin una cultura de protección que sustituyera la presencia institucional. Los incendios que hoy vemos no son un accidente estacional: son la consecuencia directa de ese vacío.

Reconstruir la gobernanza forestal en la Sierra no significa revivir una institución extinta, sino crear un marco conceptual nuevo, adecuado a la realidad territorial, cultural y ecológica del norte del país. Un marco que no parta de la añoranza funcional, sino de la evidencia.

1. La autoridad legítima como punto de partida

La Sierra Tarahumara no se gobierna con decretos ni con asambleas formales. Se gobierna con autoridad legítima, aquella que la comunidad reconoce y respeta. En muchos ejidos, esa autoridad no es la mesa directiva, sino la estructura tradicional rarámuri, ódami o guarijío; en otros, es la figura del técnico forestal que conoce el bosque y sus ciclos; en otros más, es quien ha trabajado el territorio por generaciones.

La gobernanza forestal solo puede reconstruirse si estas autoridades reales, no solo formales, se articulan. Sin ellas, cualquier política pública se vuelve un trámite sin impacto.

2. Información territorial viva: el bosque cambia constantemente

La Sierra es un territorio sujeto a cambios intensos. Cambian la humedad, el viento, la densidad de pastos, las rutas de acceso, los veneros y los riesgos. Sin información actualizada, la prevención es una ilusión.

La gobernanza forestal requiere cartografía viva, no mapas estáticos; microclima local, no promedios regionales; monitoreo continuo, no inspecciones esporádicas. En este punto, la tecnología —drones, sensores, estaciones meteorológicas forestales— no es un lujo: es la única forma de recuperar la capacidad de anticipar el riesgo.

3. Cultura del fuego: ordenar la práctica, no prohibirla

En la Sierra, el fuego no es agrícola: es territorial. Se usa para limpiar terrenos, potreros, predios y espacios domésticos. Pretender eliminar esa práctica es desconocer la vida serrana. La gobernanza forestal debe ordenar el fuego, no combatirlo.

Eso implica reglas comunitarias claras: cuándo quemar, cómo preparar el terreno, quién supervisa, qué señales indican riesgo. Implica educación intercultural, adaptada a la lengua, la cosmovisión y las prácticas locales. Implica reconocer que el fuego puede ser herramienta de manejo, siempre que exista autoridad y vigilancia.

4. Capacidades técnicas permanentes: sin técnica no hay bosque

La Sierra no puede depender de brigadas temporales ni de técnicos itinerantes. La gobernanza forestal exige presencia técnica permanente: profesionales que vivan en el territorio, que conozcan sus ritmos, que mantengan brechas, que vigilen material combustible, que acompañen decisiones comunitarias.

La técnica no sustituye a la comunidad, pero la comunidad no puede sostener sola la complejidad del bosque. La autogestión ejidal, salvo en casos con fuerte base indígena, es una quimera. La técnica es el puente entre la voluntad y la capacidad.

5. Economía forestal sostenible: sin ingresos no hay prevención

El bosque solo se protege cuando genera valor. Sin aprovechamientos ordenados, sin ingresos comunitarios, sin fondos de prevención, la vigilancia se vuelve voluntaria y la prevención se vuelve retórica. La gobernanza forestal requiere una economía que permita sostener brigadas, mantener infraestructura y financiar decisiones territoriales.

6. Coordinación multinivel: el territorio como eje, no la burocracia

La Sierra necesita un sistema que articule comunidades, ejidos, municipios, estado y federación. Pero esa coordinación debe ser territorial, no burocrática. Mesas de decisión basadas en información local, protocolos de respuesta adaptados al microclima, integración de datos en tiempo real. La gobernanza forestal no es una cadena de mando: es una red de decisiones informadas.

En conclusión

La Sierra Tarahumara no necesita más campañas de “no hagas fogatas”. Necesita gobernanza forestal, una arquitectura que combine autoridad legítima, información viva, cultura del fuego, técnica permanente, economía sostenible y coordinación territorial. Eso es lo que PROFORTARAH sostenía —con todas sus limitaciones— y eso es lo que hoy está ausente.

Los incendios no son el problema: son el síntoma.

El problema es la falta de gobernanza.

Y sin gobernanza, el bosque seguirá ardiendo.