Un joven le confiesa su ansiedad a un chatbot; una estudiante deja que la IA haga la tarea y elija. Sí, claro, es más rápido y eficiente. Pero… algo se apaga: la chispa de pensar por sí mismo.
De acuerdo con estudios de la Asociación Americana de Psicología (APA), el 49% de las personas con problemas de salud mental consulta a modelos de inteligencia artificial (IA) -como chatGPT- en busca de apoyo psicológico. De este total, el 22% son jóvenes entre 18 y 21 años.
Este estudio revela riesgos graves: los modelos de IA analizados ignoran los antecedentes personales; refuerzan creencias perjudiciales; simulan una conexión emocional sin comprensión; reproducen prejuicios de cultura o religión y gestionan mal las crisis, incluidos los pensamientos suicidas.1
¿Cuáles son, entonces, los peligros en el mal uso de la IA, y sus beneficios?
Desde la antropología realista, la inteligencia humana es una potencia activa, es decir, mueve a otro: crea, tiene iniciativa e innova; en cambio la IA posee solo potencialidad pasiva: es movida por otro, como cualquier máquina.
La IA es incapaz de realizar valoraciones éticas, pues su “inteligencia” es pasiva. Como señala Bossmann, la IA no puede distinguir lo que es moralmente bueno o malo. Por esto, es ilógico pedirle responsabilidad y deber: solo ejecuta lo programado por el humano para actuar de una manera determinada. En última instancia, la responsabilidad recae en quienes diseñan y despliegan esos algoritmos, pues ellos definen sus objetivos y límites éticos.
La inteligencia realiza dos operaciones: abstraer la esencia de las cosas concretas para elaborar ideas o conceptos; y elabora juicios, esto es, relaciona ideas para afirmar o negar. La conciencia es un juicio, en ella valoramos la bondad o la maldad de los actos, y nos autopercibimos pensamientos, deseos y emociones; recordamos y proyectamos.
La IA no tiene conciencia. No puede por sí misma abstraer, ni elaborar juicios ni razonamientos; solo reproduce aquellos que material y pasivamente le han sido programados por algoritmos. No tiene "psique", como decían los griegos; ni "ánima", como lo afirmaban los latinos.
Nunca llegaremos al escenario que la IA tome conciencia, como sugieren tramas ficticias de películas como Misión Imposible (2024), Yo Robot (2004), Matrix (1999) o Avengers: Era de Ultrón (2014). Aquí no para, el planteamiento futurista ha llegado más lejos. Algunos escritores, como Yuval Noah Harari otorgan, sin bases científicas, a la IA la potencialidad activa: “La IA representa una amenaza sin precedentes para la humanidad, ya que es la primera tecnología de la historia capaz de tomar decisiones y generar nuevas ideas por sí misma”.
Ciertamente, los algoritmos complejos y avanzados pueden programarse para que la IA genere ensayos filosóficos, diseños artísticos y soluciones de alta ingeniería. Pero no podremos darle una conciencia, capacidad para conocer y reconocerse a sí misma y a los demás, conceptualizar lo ilimitado -como el ser o las ideas eternas de Platón y San Agustín-, reír o llorar.
Entre los peligros del uso de la IA están: publicación de contenidos falsos; manipulación del comportamiento; persecución y control; la amenaza a la seguridad; falsificación de contenidos; manipulación ideológica; ciberataques; monopolio tecnológico; manejo asuntos íntimos de las personas; y la manipulación para producir impactos éticos, legales, sociales y económicos.
Ante esto, los especialistas proponen vigilar a las empresas de IA para que garanticen criterios objetivos éticos y jurídicos en su uso.
Su uso puede representar un avance mayúsculo civilizatorio y cultural. La efectividad ampliada y la reducción en los procesos dan más tiempo al ser humano para, si se aprovecha bien, cultivarse y mejorar su calidad de vida.
Sin embargo, hay evidencia de que su uso intensivo y poco reflexivo se asocia con menor actividad cerebral en tareas de escritura y razonamiento; menores puntuaciones de pensamiento crítico; y, mayor riesgo de dependencia cognitiva.
Un estudio entre jóvenes de 13 y 17 años muestra que el 70% recurre a la IA en sus tareas escolares: realizan sus tareas más rápido pero sus calificaciones caen 20% y presentan hasta un 55% menos de actividad neuronal; “el riesgo de perder capacidades esenciales -pensamiento autónomo, generación de ideas propias, retención del conocimiento- es real”.
El objetivo no es impedir el uso de la IA sino promover su uso más eficiente que represente una mejora. No todo es negativo, cuando se usa como apoyo con objetivos claros, verificación y discusión; puede favorecer habilidades de orden superior y la autorregulación del aprendizaje, más eficiencia en procesos y resultados más confiables.

Fuentes:

ScienceDaily. (2026, marzo 2). ChatGPT as a therapist? New study reveals serious ethical risks. sciencedaily.com .
Bossman, J. (2016, 21 de octubre). Top 9 ethical issues in artifical intelligence.
Word Economic Forum. weforum.org
Sanguineti, Juan. ¿Son lo mismo la conciencia, el autoconocimiento y la identidad personal?
Publicación en ¿Quiénes somos? M. Pérez de Laborda, Eunsa, Pamplona 2018.
Harari, Y. N. (2024, 24 agosto). Al is eating the wold - and we are lying dow for it: an extract from Nexus. The Guardian. theguardian.com
Ocampo Ponce, M. (2024). Algunos fundamentos de la filosofía realista de Santo Tomás de Aquino para una valoración de la inteligencia artificial (IA). Perseitas, 12, 72-92.
Meilán, Yoel. (2026, agosto 23). El atajo de la IA en las aulas revela su coste. eleconomista.es