Todos los días, cuando apenas sale el sol sobre el desierto y las primeras luces aparecen en las ciudades, Chihuahua comienza a moverse. No necesita campanas ni relojes para anunciar que empieza un nuevo día.
Basta mirar las calles, abrir una puerta, encender un vehículo, caminar hacia la escuela o levantar la cortina de un negocio para entender que esta tierra tiene una característica que la distingue: nunca deja de avanzar.
Me gusta observar cómo se mueve Chihuahua. Se mueve su gente. Se mueven sus maestros rumbo a las aulas, cargando no solamente libros y conocimientos, sino también la responsabilidad de formar a quienes algún día tomarán nuestro lugar. Se mueven los estudiantes, con mochilas llenas de sueños, de preguntas y de posibilidades.
Se mueven los profesionistas, los trabajadores, los comerciantes, los agricultores, los ganaderos, los obreros, los emprendedores. Se mueven las amas de casa, muchas veces silenciosamente, organizando la vida de una familia mientras el resto del mundo apenas comienza a despertar.
Se mueven quienes salen de madrugada y quienes regresan cuando ya cayó la noche. Se mueve el campo, se mueve la industria, se mueven las universidades, los hospitales, las oficinas, los talleres y cada pequeño negocio que representa el esfuerzo de alguien.
Y en ese movimiento cotidiano está quizá la verdadera grandeza de Chihuahua. Porque un estado no se construye solamente con grandes obras, presupuestos o discursos. Se construye con millones de decisiones pequeñas tomadas todos los días por personas que decidieron levantarse y seguir adelante.
Chihuahua tiene más de cuatro millones de habitantes. Más de un millón 200 mil estudiantes se preparan en sus distintos niveles educativos. Cerca de 2 millones y medio de personas forman parte de su población económicamente activa. Detrás de cada cifra hay un rostro, una historia, una familia, una esperanza. Las estadísticas dicen cuántos somos.
Pero no dicen cuánto esfuerzo representa levantarse cada mañana. No dicen lo que significa atravesar kilómetros para llegar a una escuela rural. No cuentan las manos que trabajan la tierra esperando que la lluvia llegue a tiempo. No registran las horas de un trabajador frente a una máquina, las noches de un médico, la paciencia de un maestro, las preocupaciones de una madre.
Eso también es Chihuahua. Aquí la geografía parece habernos enseñado una lección que vale la pena recordar: para salir adelante hay que aprender a caminar sobre cualquier terreno. Los chihuahuenses somos todoterreno.
Chihuahua conoce el desierto y la llanura. Conoce el bosque y la montaña. Conoce el frío que muerde, el calor que obliga a buscar sombra y las distancias que parecen interminables. Pero también conoce la voluntad de sus habitantes. Quizá por eso aquí la palabra esfuerzo tiene un significado distinto.
No se trata solamente de trabajar mucho. Se trata de no rendirse fácilmente. Hay algo profundamente humano en mirar cada mañana hacia adelante cuando las circunstancias no son perfectas. Y Chihuahua está hecho precisamente de eso: de personas que aprendieron a convertir las dificultades en razones para continuar.
Aquí también hay problemas. Los hay, y sería irresponsable negarlos. Existen necesidades, desigualdades, inseguridad, sequías, dificultades económicas y muchas cosas que todavía deben resolverse. Pero un problema nunca debe ser confundido con el destino.
Chihuahua no está definido por aquello que le falta, sino también por aquello que sus habitantes son capaces de construir. Por eso resulta necesario mirar más allá de las malas noticias. Levantar los ojos de vez en cuando y observar lo que ocurre todos los días sin que necesariamente aparezca en los titulares.
Porque mientras algunos discuten, Chihuahua trabaja. Mientras otros se quejan, alguien abre un negocio. Mientras alguien pierde la esperanza, un estudiante presenta un examen. Mientras una familia enfrenta dificultades, alguien sale a buscar el sustento. Mientras cae la noche, hay personas que todavía están haciendo posible que mañana vuelva a comenzar.
Ese es el Chihuahua que quizá no siempre vemos. El Chihuahua que camina, que trabaja, que estudia, que enseña, que produce y sueña; es ese Chihuahua que, aún cansado, vuelve a levantarse.
Y quizá ahí esté una de las mayores fortalezas de esta tierra: su capacidad para mantenerse de pie. Porque estar de pie no significa que nunca hayamos caído. Significa que aprendimos a levantarnos. Chihuahua se mueve porque su gente tiene esperanza.
Chihuahua se mueve con la pasión de su gente. Ya viene el proceso electoral. Por eso y por muchas cosas más, que nadie, de fuera, pretenda venir a decirnos cómo se debe vivir en una tierra que se forjó con el alma y el corazón. Alguien, de fuera, debería entender esto: Chihuahua se mueve… sin hilos ajenos. Al tiempo.