Philip Nolan, filibustero y expedicionario estadounidense, capturaba caballos salvajes (mustangs) en Texas -todavía territorio español-, y los vendía en la Luisiana. En 1801, el virreinato acusó de contrabando y espionaje: trazaba mapas secretos para los estadunidenses, quienes ya codiciaban territorios texanos.
Ignacio Allende, entonces teniente de los Dragones de la Reina en San Miguel el Grande, era un jinete nato de ese cuerpo de caballería virreinal de elite. Cuando el virrey movilizó el ejercito a las inmensas llanuras del norte, Allende fue llamado a combatir a Nolan para contener la incursión del contrabandista.
El 21 de marzo de 1801, el campamento de Nolan fue emboscado por la tropa virreinal. El filibustero, de apenas 30 años, repelió el ataque con escopeta y murió en el enfrentamiento. Allende escoltó a los prisioneros a Chihuahua. Ironía del destino, diez años después, en 1811, Allende volvería a esta tierra, pero él sería el prisionero acusado de alta traición para ser juzgado y fusilado.
Allende no era ningún improvisado: tenía 15 años de experiencia cuando inicio la guerra de independencia. En los Dragones de la Reina cultivó virtudes y habilidades militares. Participó activamente en las reuniones de Valladolid (Morelia) en 1809 y convocaba y organizaba las reuniones secretas tanto en San Miguel el Grande como Querétaro. Por eso doña Josefa Ortiz lo buscó inmediatamente cuando fue descubierta la conspiración.
La noche del 13 de septiembre de 1810, don Francisco Bueras, acobardado, reveló al padre Rafael Gil de León la conjura y le señaló tres casas donde se resguardaban las armas. Para su sorpresa, una de ellas, era del mismo corregidor de Queretaro, Miguel Dominguez. Este eslabón roto encendió la guerra.
El sacerdote, amigo del corregidor Domínguez, lo puso, inmediatamente, al tanto. El corregidor, puesto entre la espada y la pared, avisó al notario y deciden catear los otras dos casas involucradas. El corregidor Dominguez, ejerciendo doble juego, intenta dar tiempo a uno de los conjurados pero el notario hace valer el cateo y encuentran cartuchos y municiones.
Josefa Ortiz de Domínguez, encerrada en su casa por su esposo el corregidor, maniobra y logra mandar al alcaide de la cárcel, Ignacio Pérez, a San Miguel para avisar a Ignacio Allende sobre la persecución.
En la madrugada del 15 de septiembre llegó Pérez a galope a San Miguel. Al no encontrar a Allende partió de inmediato a Dolores.
A medianoche, Allende, ya informado, se reunió con el párroco, Miguel Hidalgo y Costilla. Ambos, no teniendo más remedio, acordaron adelantar la fecha de inicio y tomar las armas de inmediato.
Mientras tanto, en Queretaro, el alcalde Ochoa arrestó al corregidor Domínguez, su esposa Josefa Ortiz y los demás conjurados.
En Dolores, en la madrugada del 16 de septiembre; Hidalgo, Allende y Aldama, con un grupo de hombres armados, toman el cuartel y aprehenden a las autoridades.
En la calle, aprovechando que era domingo y los pobladores de acercaban a misa, Hidalgo toma la voz e inicia la lucha insurgente. Grita y arenga:
-“Viva la religión! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!, ¡Viva Fernando VII y muera el mal gobierno!”,
Ese mismo día, los insurgentes marchan con 500 hombres a San Miguel El Grande, a 42 kilómetros, pues allí se encontraba la fortaleza insurgente. En el camino llegaron a Atotonilco, y allí Hidalgo tomó la imagen de la Virgen de Guadalupe del santuario para portarla como estandarte de la insurgencia.
En San Miguel, el coronel Narciso Loreto traspasó el mando de los Dragones a Allende. Con esto, se incorporó una columna de fortaleza a la causa insurgente.
Luego avanzaron a Celaya, allí Hidalgo, por su liderazgo entre los pobladores -en parte por ser sacerdote-, fue nombrado General de la Insurgencia y Allende, Teniente General. Allende aceptó de buena gana la autoridad de Hidalgo; pero esto no duraría.
Ambos eran un excelente complemento; dos héroes con distinta personalidad. Pero la condición humana no es lógica ni razón. Crecía una amenaza: muchos seguidores sin disciplina, algunos en busca de botín. En San Miguel y Celaya hubo saqueos; en este último Hidalgo los toleró para mantener seguidores. Allende no lo veía con buenos ojos. Iniciaba el preludio de la derrota.
En octubre, en la toma Alhóndiga de Granaditas, el saqueo y muerte de inocentes fue descomunal. Aquí Allende reaccionó con disparos y espada pero le fue imposible contenerlos. Crecía la frustración en el capitán de los Dragones.
Un mes después se dividieron las tropas de Hidalgo y Allende, e inició la debacle insurgente. En enero de 1811, Hidalgo fue despojado de su mando por los jefes insurgentes liderados por Allende. Para marzo, tras una serie de derrotas, Hidalgo, Allende y los demás jefes insurgentes fueron capturados en Coahuila; juzgados y fusilados en Chihuahua.
El plan insurgente estaba estratégicamente diseñado: varios levantamientos coordinados para el 29 de septiembre, día de San Miguel Arcángel, en varias poblaciones del Bajío; proclamar la independencia simultáneamente en Dolores, Valladolid, Guanajuato y Querétaro; luego, tomar la Ciudad de México. Pero no ejecutaría así.
Ignacio Allende y Unzaga, de joven se hizo diestro en la charrería y en el manejo de las armas. La vida militar fue su vocación, en su corazón alegre y palpitante se revelaba en su entusiasmo.
Visionario, se dio a la tarea de confeccionar una bandera que daría identidad a la lucha insurgente: en su cara la Virgen de Guadalupe; al reverso, el águila real con serpiente en un nopal, arriba San Miguel Arcángel -patrón de la población de Ignacio Allende-, y alrededor lanzas y cañones.
Ambos, Hidalgo y Allende, eran hombres de posición y prestigio que arriesgaron todo por ideales nobles. En un tiempo donde los héroes se diluyen por intereses de poder o mediáticos, su figura nos recuerda que el verdadero heroísmo consiste en entrega a los ideales, sin importar las carencias personales. Para cubrirlas, ellos portaron estandartes, amaneceres de pureza y protección para despertar un anhelo: la grandeza de la patria.