¿Por qué el agua siempre moja? ¿Por qué, aunque hoy exista lo que llaman “inteligencia artificial” que pareciera pensar por sí misma, pero no crece, ni se cura a sí misma y menos es capaz de afirmar lo verdadero como sí lo hace el ser humano. Detrás de estas preguntas se esconde un tema que la filosofía llama, desde hace más de dos mil años, "el concepto de naturaleza".
Mariano Artigas propone algo sencillo de entender, aunque profundo: todo lo natural tiene dos rasgos inseparables. El primero es un dinamismo propio: cada cosa natural, una planta, un río, una célula, un ser humano, trae "de fábrica" su propia capacidad de actuar, que no depende por completo de fuerzas externas. El segundo rasgo es la estructuración: ese dinamismo no ocurre al azar, sino siguiendo pautas que se repiten, patrones reconocibles “las estaciones del año, el latido del corazón, el ciclo del agua”.
Esto explica algo que intuimos sin ponerle nombre: la diferencia entre lo natural y lo artificial. Un reloj no tiene dinamismo propio, su mecanismo responde al diseño de quien lo fabricó, no a una tendencia interna suya. En cambio, un manzano crece hacia su plenitud siguiendo un impulso que le pertenece: nadie tiene que programarlo para que dé manzanas, porque esa tendencia forma parte de lo que es.
Aristóteles lo dijo hace veinticuatro siglos, y con validez actual: la naturaleza es "el principio y la causa del movimiento y del reposo" de una cosa, cuando esa causa reside en la cosa misma, por sí y no por accidente. En términos simples: lo natural obra desde dentro, hacia un fin propio; lo artificial recibe su orden desde fuera, de quien lo fabrica.
Aquí es donde esta reflexión, aparentemente abstracta, toca de lleno nuestra vida diaria. Si aceptamos que cada ser natural tiene tendencias internas orientadas a su propio bien, por ejemplo, el ojo tiende a ver, la semilla tiende a germinar, podemos preguntarnos: ¿tiene el ser humano también una tendencia semejante, aunque vivida de forma distinta a como la vive una planta o un animal?
La tradición filosófica responde que sí, y a esa respuesta la llama "ley natural". El filósofo Régis Jolivet la define como el conjunto de leyes que se derivan de la naturaleza humana, y que conocemos "por la luz natural de la razón". Barbedette lo explica en la misma línea: la ley natural se nos manifiesta por la razón porque brota de la esencia de las cosas, y nos conduce hacia nuestro fin propio.
La diferencia clave está aquí: una planta tiende hacia su plenitud sin saberlo, por mero instinto biológico. El ser humano, en cambio, no solo tiende hacia su fin, sino que puede conocer esa tendencia como tal, gracias a la razón. En todos los seres hay principios que los llevan a adaptar sus operaciones a su fin propio, pero los seres irracionales lo hacen sin saberlo; el ser humano, mediante la razón, participa conscientemente de ese orden al que llamamos ley natural: una luz interior que orienta libremente nuestro obrar hacia lo que en verdad nos conviene.
Esto no es un tecnicismo reservado a los filósofos. Es la base de intuiciones morales que todos compartimos: sabemos, sin que nadie lo tenga que demostrar con fórmulas, que hay acciones que dañan nuestra propia naturaleza, física, psicológica, relacional, y otras que la llevan a su plenitud.
La ley natural es, en el fondo, el eco racional de esa misma orientación que ya observamos en toda la naturaleza: cada ser, incluido el humano, trae consigo un principio interno que lo orienta hacia su bien propio. La diferencia de ser humanos es que podemos conocer ese bien, y elegir libremente alcanzarlo.
Artigas, Mariano. Filosofía de la Naturaleza. 5.ª ed. Pamplona: Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA), 2003, capítulo "Introducción: la naturaleza y su estudio filosófico".
Jolivet, Régis. Vocabulario de Filosofía. Buenos Aires: Ediciones Desclée de Brouwer.
Barbedette. Ética o Filosofía Moral conforme al Pensamiento de Santo Tomás de Aquino. México: Editorial Tradición, 1984.