Yo no quería ver Digger. Los avances, en los que Tom Cruise, bajo un denso maquillaje de anciano, interpreta a un magnate petrolero caricaturesco llamado Digger Rockwell, parecían vacíos, irritantes y sin gracia. Además, ya conocía el gran giro de la película, que ha sido ampliamente revelado, y que yo también te voy a espoilear más abajo.
Mi premonición resultó estar bien fundada. La película ha sido rotundamente destrozada como una catástrofe crítica y financiera, un fracaso que pronto será legendario y que pasará a la historia junto a los mayores tropiezos públicos de Cruise, como el salto en el sofá, la entrevista con Matt Lauer y Encuentro explosivo.
De manera obstinada, decidí ver Digger de todos modos, esperando curiosear por morbo, y los primeros 30 minutos se desarrollaron tal como lo sospechaba. La película comienza como una endeble sátira al estilo de Dr. Insólito, cubierta del sudor frío del fracaso y fallando todos los chistes. Sandra Hüller, que interpreta a la hermana menor de Digger, chilla sus líneas y se viste como una Annie Hall al estilo Noche de sustos, mientras que John Goodman, en el papel del presidente Compson, ruge como un George C. Scott de teatro comunitario. Todo es insoportablemente ruidoso; nada es gracioso.
Sin embargo, para cuando aparecieron los créditos dos horas después, yo estaba conmovido y atrapado, y ya no me escondía el rostro entre las manos. El director, Alejandro González Iñárritu, ha ocultado una película silenciosa y reflexiva sobre nuestro fracaso colectivo para actuar frente al cambio climático dentro del caparazón de una película ensordecedora y vacía. Como resultado, Digger podría ser la mejor película sobre la crisis climática jamás hecha, hábilmente disfrazada como la peor.
Las películas sobre la crisis climática siempre han sido notoriamente difíciles de hacer, por la misma razón por la que la crisis climática es difícil de combatir: es demasiado grande. Todos se ven afectados, pero no de la misma manera, en los mismos plazos, ni a la misma escala. Podemos ver y comprender elementos del problema, pero nadie ve el panorama completo, ni cómo sus causas y efectos dispares se conectan entre sí.
La película de 2017 de Paul Schrader, El reverendo, abordó el cambio climático centrándose en la psique de un hombre torturado, siguiendo a un sacerdote, interpretado por Ethan Hawke, que se cruza con el esposo ambientalista radical de una feligresa y cae en la desesperación espiritual. No miren arriba, de Adam McKay en 2021, parodió nuestra indiferencia social a través de una parábola sobre científicos alarmados que advierten a todos sobre un meteorito que viene a destruir la Tierra. El cambio climático ha sido explotado para el espectáculo apocalíptico de las películas de acción, como en El día después de mañana y El expreso del miedo, o transformado en alegoría, como en Parásitos de Bong Joon Ho y la película de Valentyn Vasyanovych sobre las secuelas de la guerra, Atlantis. Pero siempre es el telón de fondo.
Digger triunfa donde películas anteriores de advertencia climática se han quedado cortas porque captura verdaderamente lo que el crítico cultural Amitav Ghosh llamó “el gran delirio”, nuestro fracaso imaginativo total ante la escala de lo que le está ocurriendo al planeta. Para hacerlo, la película toma un rumbo diferente e inusual, y aquí es donde llegamos a ese giro tantas veces revelado.
Cerca de la media hora, tras haber soportado ese extravagante inicio, nos enteramos de que lo que estamos viendo es en realidad un ensayo general de una obra de teatro llamada Fossil Fools, y el verdadero personaje de Cruise es un actor descontento llamado Curtis Markson, que interpreta el papel de Digger. El apocalipsis climático que se representa en la obra ya ocurrió, y el mundo sobrevivió a él, en cierto modo; y esta obra se ha convertido en un éxito inesperado, al ofrecer a su audiencia una sensación de catarsis y la oportunidad de abuchear a sus caricaturescos villanos.
Al ver a Markson deambular tras bambalinas, murmurando sobre su ridículo papel, lentamente comencé a comprender que ninguno de los actores involucrados en la obra parece pensar que sea particularmente graciosa ni, en realidad, nada buena. Los actores son en su mayoría lo opuesto a sus personajes en el escenario: son mesurados, respetuosos, amables entre sí, y quizás un poco tristes. Esta dinámica invierte hábilmente la estructura habitual de la obra dentro de una obra en la que la histeria tiende a ocurrir tras bambalinas mientras el espectáculo continúa.
También imita a la perfección la sensación de desesperación climática: la mayor parte del tiempo, simplemente sigues con tu vida. Pero de vez en cuando, necesitas entrar en pánico, y cuando lo haces, tú también podrías parecerte a uno de los personajes bidimensionales representados en Fossil Fools.
En una de las muchas memorables reseñas negativas de la película, Bilge Ebiri de la revista New York escribió que ver la película se sentía como “estar atrapado dentro de una tuba durante dos horas”. No se equivoca: la película es ruidosa, abrumadora y, en muchos sentidos, repulsiva. Pero para mí, así es como triunfa Digger. Reconoce las formas en que el arte sobre la crisis climática casi siempre se asemeja a estar atrapado dentro de una tuba: el tono de nuestra indignación, de nuestro terror y del pánico ante lo que se está perdiendo invariablemente nos vuelven seres abrumados e incoherentes.
Al atreverse a hacer la película de esta manera, González Iñárritu no solo atrae la furia de la audiencia (al momento de escribir esto, la película se encuentra con una letal C+ en CinemaScore, que mide la reacción de los espectadores), sino que también se arriesga a lucir incompetente, a pesar de haber ganado dos veces el Premio Oscar a mejor director. Para una película sobre la actuación de método, la interpretación de roles y el fracaso artístico, es un gesto apropiado, aunque un poco descabellado.
En los momentos finales de la película, el personaje de Markson de Cruise descarrila el ensayo general de la obra. ¿Cómo interpretas a alguien como Digger Rockwell?, exige saber; ¿a alguien que a sabiendas condujo al planeta más allá del punto de colapso? La obra nos ofrece una caricatura, argumenta, pero este fue un hombre real.
Jesse Plemons, quien interpreta a un misterioso productor, revela que es sobrino del Digger Rockwell de la vida real, y les recuerda a todos: sí, su tío fue real, al igual que todos los demás personajes macabros en el escenario. La devastación planetaria también es real, al igual que la necesidad colectiva de catarsis. Durante las funciones de la obra, aprendemos, el público vitorea y llora, satisfaciendo su impulso atávico de castigo y retribución. Celebran a gritos la muerte de Digger Rockwell, y luego hacen fila para verla una y otra vez. La obra podría no ser perfecta, ni siquiera buena. Pero a medida que pasan los créditos, y mientras seguimos a su audiencia al salir por las puertas hacia la devastación circundante, González Iñárritu nos pide que consideremos cómo podría ser una mejor versión de esa historia. ¿Cómo podríamos contarles a las futuras generaciones sobre nuestro fracaso?
Digger es un retrato tan preciso de la necesidad del mal arte que es muy fácil confundirla con mal arte. Ciertamente ha provocado esa respuesta en muchos espectadores: durante su segundo fin de semana en los cines, su audiencia se desplomó aún más, impulsada en parte por comentarios tóxicos de boca en boca.
Sin embargo, debajo de los gritos, del atroz gato animatrónico y las capas de prótesis de Cruise, Digger es una película sorprendentemente empática y llena de matices sobre la dificultad de enfrentar, y ya no digamos evitar, el cambio climático. Se esfuerza por comprender qué ha sucedido ya, qué nos sucederá después, e incluso por qué. Sabemos que todo esto es demasiado grande, dice la película, y nos va a convertir a todos en caricaturas chillonas.