La larga batalla del presidente Xi Jinping para poner al ejército chino bajo su absoluto control personal ha llegado a un punto de inflexión.

El 24 de enero, el Ministerio de Defensa Nacional de China confirmó que el general de más alto rango de la nación, Zhang Youxia, había sido puesto bajo investigación por una letanía de presuntas fechorías políticas. Se trató de la medida más audaz de Xi en su purga del ejército, la más amplia de la historia del Partido Comunista Chino.

La opacidad del sistema político chino ha alimentado las especulaciones sobre la guerra entre facciones y los informes según los cuales se acusa a Zhang de recibir sobornos para ascensos ministeriales y de filtrar secretos nucleares a Estados Unidos.

Los verdaderos motivos son probablemente menos sensacionalistas que eso, y potencialmente más importantes para la paz y la estabilidad en Asia.

La reorganización, que ha durado años, puede sugerir que el Ejército Popular de Liberación (EPL) está sumido en la confusión, lo que retrasaría el objetivo de Xi de “reunificar” Taiwán con China continental.

Pero forma parte de un plan a largo plazo del líder chino para dar cabida a una nueva generación de generales más disciplinados, capaces de dominar tecnologías avanzadas como la inteligencia artificial y los drones, así como la guerra espacial, submarina y cibernética. El objetivo último es crear una fuerza militar capaz de conquistar Taiwán y prevalecer en una posible confrontación con Estados Unidos.

No hay pruebas de que los comandantes purgados hayan desafiado directamente estas ambiciones. Pero cada vez es más evidente que Xi cree que necesita construir una base de absoluta unidad ideológica y lealtad personal para futuras batallas, y está recurriendo a los libros de jugadas maoístas y estalinistas que absorbió en su juventud.

El partido ha enmarcado la destitución de Zhang como parte de una misión para “eliminar la podredumbre y regenerar carne nueva” y lograr la “renovación y el renacimiento del Ejército Popular”. Se trata de un lenguaje codificado de gran importancia en el Partido Comunista Chino, que hace referencia al periodo crucial en que las maltrechas fuerzas comunistas de Mao Zedong se reagruparon en Yan’an, en el centro-norte de China, a finales de la década de 1930, después de una serie de reveses.

Para Xi y sus compañeros del partido que son príncipes rojos —hijos de revolucionarios—, Yan’an es tierra sagrada, donde Mao reunió al Ejército Rojo y lo convirtió en la disciplinada fuerza de combate que derrotó al gobierno nacionalista de China y se hizo con el control del país. También fue donde Mao desató una campaña de terror político para eliminar a sus rivales o a quienes consideraba ideológicamente poco fiables para los retos que se avecinaban.

Zhang no solo es un veterano muy respetado que fue el segundo al mando de Xi, sino que se le considera desde hace tiempo uno de los asesores militares más cercanos del líder chino. Sus padres lucharon juntos en la revolución. Si alguien de la talla de Zhang puede ser vilipendiado como fuente de “podredumbre”, ello subraya que la reestructuración de Xi —posiblemente el líder más paciente estratégicamente, calculador y ambicioso globalmente del mundo actual— tiene que ver con algo mucho más grande que la corrupción o el equilibrio entre facciones.

Xi, al igual que Mao y el líder soviético Iósif Stalin, ha concebido el “eliminar la podredumbre” como un proceso de autorrenovación, un esfuerzo continuo por “desintoxicar y esterilizar” el Partido Comunista para garantizar la supervivencia del régimen.

Desde 2022, Xi ha destituido a cinco de los seis generales de su Comisión Militar Central. Hasta 34 de los 44 generales del Comité Central del partido han sido destituidos o han desaparecido notoriamente de las comparecencias oficiales sin explicación alguna: una purga más profunda que cualquier otra realizada por Mao.

Indudablemente, esto debilita a corto plazo al ejército chino. Stalin eliminó a cerca del 90 por ciento de sus generales de alto rango durante el Gran Terror entre 1937 y 1938. Al año siguiente, cuando el ejército soviético invadió Finlandia, fue vapuleado por fuerzas finlandesas mucho más pequeñas.

Pero, al parecer, Xi cree que puede cultivar en poco tiempo una nueva generación de líderes para el ejército permanente más grande del mundo. Como devoto estudioso de la historia de los partidos comunistas chino y soviético, sabe que en solo tres años Stalin había reconstituido su plana mayor, dirigida por Georgy Zhukov, quien finalmente hizo retroceder a las fuerzas invasoras nazis.

La retórica gubernamental sobre la destitución de Zhang específicamente ha echado mano de marcos temporales similares. Después del anuncio, el Diario del EPL señaló que en Yan’an el “ciclo virtuoso de ‘eliminar la podredumbre —regenerar la carne— ganar batallas’ permitió al ejército, en solo tres cortos años, barrer a las fuerzas opositoras, derrocar el gobierno reaccionario del Kuomintang (nacionalistas) y marcar el nacimiento de la Nueva China”.

En conjunto, las piezas se están alineando de tal forma que podrían envalentonar a Xi para intensificar la presión económica y militar china sobre Taiwán en los próximos años.

Taiwán celebrará elecciones en enero de 2028. Si Lai Ching-te, el actual presidente, es reelegido, será la cuarta vez consecutiva que los votantes taiwaneses elijan a un candidato del Partido Democrático Progresista, partidario de mantener la independencia de facto de la isla, gobernada democráticamente. Xi podría considerar que esto estrecha aún más el camino hacia la unificación pacífica según los términos de Pekín. Por otra parte, si Lai pierde —los sondeos recientes sugieren que podría hacerlo—, la presidencia pasaría a manos de un partido más abierto a estrechar lazos con China.

Las acciones del presidente Donald Trump pueden estar intensificando esta dinámica sin darse cuenta.

Aunque se ha mostrado constantemente hostil hacia los aliados que han contribuido a mantener a raya las ambiciones geoestratégicas de Pekín, Trump ha mostrado poco interés en una confrontación sostenida con Pekín, y ha abogado por celebrar las cumbres y buscar la paz en su guerra comercial. Puede que no sea mera coincidencia que la caída de Zhang se anunciara justo un día después de que el gobierno de Trump diera a conocer una nueva Estrategia de Defensa Nacional, que se enfoca en el dominio estadounidense del hemisferio occidental al tiempo que se aleja del objetivo de contrarrestar a China, que ha tenido durante mucho tiempo.

Si Trump continúa con un enfoque acomodaticio hacia China y desestabiliza aún más los sistemas de alianzas anclados en Estados Unidos, las consecuencias estratégicas dentro de dos años podrían ser profundas.

Con menos limitaciones, tanto internas como externas, Xi tendría libertad para presionar aún más a Taiwán, respaldado por una regenerada cúpula militar china que ha sido condicionada para ejecutar —no cuestionar— sus órdenes.