Puede que el líder supremo de Irán haya muerto, pero habrá otro. Sus comandantes militares asesinados serán sustituidos. Un sistema de gobierno construido a lo largo de 47 años no se desintegrará fácilmente solo bajo el poder aéreo. Irán conserva la capacidad de responder a los ataques aéreos de Estados Unidos e Israel, y la trayectoria de la guerra es incierta.

Pero la República Islámica, ya debilitada e impopular, está ahora aún más mermada, y su poder en el país y en la región se encuentra en uno de sus momentos más bajos desde que sus dirigentes asumieron el control durante la revolución de 1978-79 que derrocó al sah de Irán respaldado por Estados Unidos.

Aunque el régimen no caiga, lo cual sigue siendo el objetivo declarado del presidente Donald Trump, es probable que este ataque masivo tenga consecuencias estratégicas en Medio Oriente comparables al colapso de la Unión Soviética.

El ayatolá Alí Jameneí, el líder supremo asesinado el sábado por la mañana, mantenía un antagonismo visceral hacia Israel y Estados Unidos, al que llamaba constantemente “el gran Satán”. Construyó y financió un conjunto regional de milicias aliadas que rodeaban a Israel y compartían su odio hacia él. Hizbulá en Líbano, Hamás y la Yihad Islámica en Gaza y Cisjordania, los hutíes en Yemen: todos ellos sirvieron tanto para atacar los intereses israelíes como para proteger al propio Irán.

Irán desarrolló su programa de misiles y enriqueció uranio hasta casi alcanzar el nivel necesario para una bomba, aunque negaba que quisiera tener una bomba. Se convirtió en una potencia regional tan fuerte que los dirigentes suníes de Arabia Saudita, Egipto y el Golfo trataron de mantener buenos lazos con un régimen islámico chiita que también los amenazaba.

El declive de Irán comenzó hace dos años, con la dura y sostenida respuesta de Israel a una invasión de Hamás desde Gaza. Se aceleró cuando Israel erosionó las defensas aéreas de Irán, derrotó a Hizbulá y sacó provecho de la revolución siria que derrocó a Bashar al Asad, otro aliado de Teherán.

Pero ahora, con la muerte del ayatolá y la intensa destrucción desde el aire, la influencia regional de Irán ha disminuido aún más, con consecuencias inciertas que se desarrollarán a lo largo de meses e incluso años.

Ataques sobre Teherán el domingo.Credit...Arash Khamooshi para The New York Times

“La República Islámica, tal como la conocemos, no sobrevivirá a esto”, dijo Sanam Vakil, directora del Programa para Medio Oriente y el Norte de África de Chatham House, un grupo de investigación con sede en Londres.

“Medio Oriente no volverá a ser lo mismo”, dijo. “Durante 47 años, Medio Oriente ha vivido con un régimen hostil y una fuerza desestabilizadora que primero ha intentado aislar y luego gestionar”.

Ahora, dijo, el régimen podría ser desmantelado y podría surgir algo nuevo y diferente. Ese liderazgo podría resultar aún menos amistoso con Washington, sobre todo si está dominado por el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica.

Independientemente de quién tome el mando, Irán estará muy debilitado a medio plazo, más encerrado en sí mismo y enfocado en la competencia política, la seguridad interna y el caos económico, dijo Vakil.

Sin embargo, en los próximos días, Irán podría sembrar más caos a corto plazo, ya que sus actuales dirigentes intentan poner fin a la guerra al tiempo que salvan el régimen.

Irán intentará aumentar rápidamente el costo para Israel, Estados Unidos y sus aliados del Golfo “para obligarlos a retroceder antes de que esto logre desestabilizar al régimen”, dijo Ellie Geranmayeh, subdirectora del programa de Medio Oriente y Norte de África del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores.

Aumentar sus ataques contra los países árabes del Golfo es arriesgado, pero puede ser la mejor oportunidad de Irán para acortar la guerra, ya que podría incitar al mundo árabe a presionar a Estados Unidos e Israel para que pongan fin a su campaña.

“El objetivo de Irán ahora es absorber los ataques estadounidenses e israelíes, mantener su posición y señalar la expansión de la guerra, y esperar a que los actores regionales preocupados medien en un alto al fuego”, dijo en las redes sociales Vali Nasr, experto en Irán de la Escuela Johns Hopkins de Estudios Internacionales Avanzados de Washington. “Esperan que si Trump no consigue una victoria rápida, buscará una salida, y las negociaciones posteriores serán diferentes”.

Un edificio en llamas alcanzado el sábado por un ataque de un dron iraní en Baréin.Credit...Reuters

Según Ali Vaez, director del proyecto sobre Irán del International Crisis Group, una institución de investigación, las fuerzas aliadas de Irán en Medio Oriente también podrían salir en su defensa, lo que aumentaría el precio de una guerra prolongada.

“Si Hizbulá se involucra plenamente desde Líbano, si las milicias atacan las bases estadounidenses en Irak y Siria, o si los hutíes intensifican sus hostilidades en el Mar Rojo, esto deja de ser un conflicto bilateral y se convierte en una guerra regional que se extiende por todo Medio Oriente”, dijo Vaez. Una guerra más amplia tendría un considerable impacto a largo plazo en los precios del petróleo y la inflación, especialmente si Irán consigue cerrar el estrecho de Ormuz, una ruta marítima internacional clave.

Pero a largo plazo, un Irán que esté inmerso en sus propios problemas internos —intentando evitar la fragmentación de las élites y consolidar un nuevo liderazgo o incluso avanzar hacia uno más consultivo, con menos influencia clerical y mayor reparto del poder— no tendrá la energía ni los recursos para inmiscuirse en la región. Eso podría abrir nuevas oportunidades para Líbano y los palestinos, como ya lo ha hecho para los sirios.

Deja a Israel en una posición ascendente, convirtiéndolo en una realidad aún más imposible de erradicar en la región, a la que las naciones suníes deben adaptarse. Un gobierno nuevo y más moderado podría tomar posesión en Israel después de las elecciones de este año. Con Irán debilitado, podría sentirse con el mandato de aprovechar el alto al fuego en Gaza y negociar seriamente con los palestinos, bajo la presión de Washington y los saudíes.

Funcionarios de seguridad israelíes inspeccionando las ruinas de un edificio alcanzado por un ataque iraní sobre Tel Aviv el domingo.Credit...Amit Elkayam para The New York Times

El propio Israel preferiría un cambio de régimen, como ha dejado claro el primer ministro Benjamín Netanyahu, pero se conformaría, según los analistas, con un Irán dividido, roto y caótico, envuelto en sus propios problemas, como lo está ahora Siria.

Suponiendo que no se produzca una revolución, un gobierno iraní reconstituido aún deberá enfrentarse a un Israel poderoso y a un Estados Unidos en el que no puede confiar. El régimen actual ha hecho del enriquecimiento nuclear un elemento clave en sus esfuerzos por cimentar su poder regional y su capacidad de disuasión. Y se ha negado a cambiar de rumbo, incluso cuando esa persistencia parece haberlo acercado más a la destrucción que cualquier otra política, ya sea el apoyo al terrorismo en el extranjero o la represión masiva en el país.

No está claro si incluso un gobierno más moderado haría nuevas concesiones sobre su programa nuclear bajo la presión de la guerra. Tampoco está claro si algún dirigente iraní se sentiría capaz de confiar en el presidente Trump, quien rompió el acuerdo nuclear del presidente Obama en 2018 y ahora ha bombardeado Irán dos veces en medio de las negociaciones en curso. ¿Consideraría Teherán necesario ceder en la cuestión nuclear para sobrevivir? O si surge un gobierno de línea dura, más dominado por la seguridad, ¿intentará apresurarse a conseguir un arma nuclear, más convencido que nunca de su necesidad?

A pesar de la feroz represión de los manifestantes iraníes en enero, que dejó muchos miles de muertos, el presidente Trump sigue animando al pueblo iraní a levantarse para derrocar al régimen.

“Caerán bombas por todas partes”, dijo. “Cuando terminemos, tomen el control de su gobierno. Será suyo”.

Pero puede que no sea tan fácil ni tan libre de complicaciones, señaló Ivo H. Daalder, exembajador estadounidense ante la OTAN.

En febrero de 1991, durante la primera guerra del Golfo, el presidente George H. W. Bush hizo un llamado similar al pueblo iraquí para que se levantara y derrocara a Sadam Husein.

“Lo hicieron”, señaló Daalder, “y Estados Unidos se mantuvo al margen mientras las fuerzas de seguridad