Bodie Mangan Gisler, de 12 años, dice que un teléfono inteligente puede ser muy útil. Para empezar, colecciona monedas, y si quiere saber cuánto vale una moneda especial o qué metales contiene, puede pedirle el teléfono a su madre y obtener la respuesta.

La mayoría de los niños de 12 años exigirían un teléfono propio. Bodie no. “Quiero vivir mucho y estar sano”, dijo una tarde reciente en la biblioteca de su colegio. Pero le preocupa que tener un dispositivo inteligente pueda interferir con ello. “Quizá le diga a mi mamá: ‘¿Puedo descargar este juego?’ Y ella me dirá: ‘Sí’. Y me engancharé”.

Su amigo Charlie Hess, otro coleccionista de monedas, asiente con la cabeza. Quiere tener un celular cuando tenga 15 o 16 años. Hasta entonces, dice, “creo que tengo mejores cosas que hacer”.

Los niños son un poco diferentes aquí, en Greystones. En 2023, esta localidad costera irlandesa situada al sur de Dublín puso en marcha una iniciativa popular dirigida por padres, directores de escuela y miembros de la comunidad para aflojar el control de la tecnología sobre sus hijos más jóvenes, adoptando un código voluntario de “nada de dispositivos inteligentes” y apoyándolo con talleres y actos sociales.

Tres años después, nadie en Greystones afirma haber curado los males de la tecnología moderna. Pero han aprendido que no pueden hacer nada al respecto niño por niño. Solo un esfuerzo conjunto de todo el pueblo podría poner fin al argumento de los chicos de que “todo el mundo tiene uno”.

“Con las redes sociales, es algo colectivo”, dijo Jennifer Whitmore, parlamentaria irlandesa y madre de cuatro hijos en Greystones. “Abordarlo de forma agrupada es el camino a seguir”.

El movimiento, denominado “Hace falta una aldea”, ha crecido desde entonces mucho más allá de esta pequeña ciudad de 22.000 habitantes. En un país que alberga las sedes europeas de empresas tecnológicas como Google, Meta, Microsoft, Apple y LinkedIn, y donde el primogénito promedio adquiere un teléfono inteligente a los 9 años (los hermanos menores suelen tenerlo antes), la iniciativa ha calado hondo en todos, desde los comerciantes locales hasta los políticos nacionales.

“Fue uno de los primeros lugares que emprendió una acción colectiva”, dijo Daisy Greenwell, quien ese mismo año cofundó la iniciativa británica Infancia sin teléfonos inteligentes, inspirada en parte por Greystones. “Me hizo pensar que aquí también podríamos cambiar la cultura”.

Antes de asumir su cargo actual como viceprimer ministro de Irlanda, Simon Harris, padre de Greystones, ayudó a poner en marcha el proyecto. “Creo que estamos viendo efectivamente la experimentación de las redes sociales con la salud mental y el bienestar de nuestros jóvenes”, dijo Harris, en una reciente publicación en Instagram. “Y no se puede permitir que continúe”.

El objetivo es dar tiempo a los niños para que se adapten al futuro digital en lugar de ahogarse en él, dijo Rachel Harper, directora de la Escuela Nacional de San Patricio, quien encabeza la iniciativa. “Este es el mundo en el que crecen los niños, y tenemos que equiparlos”, dijo.

“Hace falta una aldea” se concibió cuando los alumnos volvieron a la escuela tras los confinamientos por la covid. A Harper le sorprendió la cantidad de lágrimas que veía a las puertas de la escuela. Escuchó informes similares de otros directores de escuela primaria, profesores y padres: niños con dificultades para dormir, que se negaban a venir a la escuela, que descargaban aplicaciones para contar calorías o que estaban demasiado alterados por los mensajes enviados la noche anterior como para concentrarse en clase.

“Si no adoptábamos una postura ahora”, dijo, “¿dentro de cinco años tendrían teléfonos a los 5 o 6 años?”.

Eoghan Cleary, profesor y subdirector de la secundaria Temple Carrig de Greystones, fue uno de los educadores locales que dio la voz de alarma. “‘Ojalá no tuviera que ver más decapitaciones’, eso es lo que más me dicen mis alumnos”, dijo. “‘No quiero ver cómo matan a la gente’. No quiero ver cómo violan a la gente en internet’”.

Después de que unos 800 padres respondieran a una encuesta enviada por las escuelas primarias —más de la mitad dijeron que sus hijos estaban ansiosos, y muchos habían buscado ayuda para su salud mental—, la ciudad decidió que había llegado el momento de actuar.

“Creo que era muy evidente el daño que causaban los celulares”, dijo Ross McParland, residente en Greystones, quien se enteró por primera vez de las preocupaciones de las escuelas durante una cena en casa de Harper. McParland, consultor inmobiliario jubilado, se dirigió al Equipo Municipal de Greystones. Normalmente responsables de cosas como la decoración navideña y el desfile del Día de San Patricio, los voluntarios del equipo municipal pronto se centraron en el proyecto contra la ansiedad.

Para dar el banderazo de salida al proyecto, McParland organizó un foro público en el teatro Whale, que es de su propiedad. Harris habló, al igual que Stephen Donnelly, entonces ministro de Salud de Irlanda y otro padre de Greystones. Dos semanas más tarde, los ocho directores de escuelas primarias firmaron una carta dirigida a los padres en apoyo de un código voluntario que las asociaciones de padres y maestros estaban poniendo en marcha. Los padres podían comprometerse a no comprar a sus hijos un dispositivo inteligente antes de la enseñanza secundaria, que la mayoría de los niños comienza en torno a los 12 años.

El 70 por ciento de los padres firmaron, y la comunidad se unió a la causa.

El fundador de un festival de cine local se encargó de las comunicaciones. Garrett Harte, antiguo redactor jefe de Newstalk, la emisora de radio hablada de ámbito nacional en Irlanda, ayudó a perfeccionar el mensaje y la transmisión de la iniciativa. “Se trataba en gran medida de: ‘nuestra ciudad necesita un poco de ayuda para navegar por este nuevo mundo del que los adultos no tienen ni idea’”, dijo Harte.

Al cabo de unos meses, Donnelly había creado un grupo de trabajo nacional sobre salud en línea, mientras que el Departamento de Educación de Irlanda publicó unas directrices para otras comunidades de primaria que quisieran seguir el modelo de Greystones.

Con su tradición de voluntariado y obras de caridad, la unida ciudad estaba bien situada para este tipo de experimento social. Tiene una animada escena deportiva juvenil, y los preadolescentes pueden socializar cara a cara en el Youth Café, un lugar de reunión extraescolar. En Church Road, la tradicional calle principal, la mayoría de las tiendas están administradas por lugareños como Paddy Holohan, quien hace poco envió una nota a las escuelas diciendo que los niños que necesiten ayuda —por ejemplo, para localizar a uno de sus padres— siempre pueden acudir a su tienda de comestibles, SuperValu.

“Era una forma de tranquilizar a los padres, ya que las tardes eran cada vez más oscuras”, dijo Holohan, un padre de Greystones a cuyos hijos tampoco se les permitían los celulares en la escuela primaria. “No todo tiene que ser en línea”.

Hoy en día, los padres de Greystones siguen enfrentándose al conocido torrente de tecnología que llega a los niños, quienes saben cómo cambiar su fecha de nacimiento en unos años para eludir las restricciones de edad. Según un estudio realizado en 2025 por CyberSafeKids, un grupo de seguridad en línea, el 28 por ciento de los niños irlandeses de entre 8 y 12 años experimentaron contenidos o contactos no solicitados que los “molestaron”, incluida la exposición al horror, la violencia, el material sexual y las amenazas; el 63 por ciento de los niños en edad escolar primaria dijeron que sus padres no podían ver lo que hacían en línea.

Pero con talleres para adultos y niños, pódcasts sobre el tema (como el presentado por los gemelos locales Stephen y David Flynn, padres de Greystones e influentes en estilo de vida), y eventos como una fiesta en la playa sin teléfonos, Greystones ha visto un cambio: los padres dicen que la presión para que sus hijos tengan un celular antes de que acabe la escuela primaria prácticamente ha desaparecido. Algunos dicen que se sienten menos solos al navegar por los nuevos océanos tecnológicos. En St. Patrick, una profesora dijo que sus alumnos estaban más alertas por las mañanas.

Harper dijo que los niños hacen planes en persona, juegan más al aire libre y “simplemente son niños”.

El interés va en aumento. Cleary, el subdirector, organiza charlas semanales para padres, a menudo en comunidades que quieren seguir los pasos de Greystones. En una reciente noche lluviosa en un colegio de primaria de Dublín, un centenar de asistentes gruñeron cuando Cleary describió cómo la pornografía violenta había moldeado las ideas de sus alumnos adolescentes sobre la sexualidad, y cómo algunas empresas tecnológicas estaban diciendo a los niños de 13 años cómo saltarse los controles parentales. (“¡Oh, Jesús!”, dijo uno de los padres).

Hablando desde una década de experiencia, Cleary instó a los padres a poner límites al tiempo frente a la pantalla y a presionar a los funcionarios de cargos de elección para exigir una legislación tecnológica más estricta. En lugar de establecer prohibiciones, espera que estas tecnologías sean más seguras para los niños.

“Lo que Greystones ha hecho es demostrar que los padres y las comunidades no son impotentes”, dijo Cleary, quien se tomó una excedencia el año pasado para investigar en el Instituto de Investigación y Política sobre Explotación Sexual de Irlanda. “Es temporal e imperfecta, un parche para ganar tiempo”.

Muchos coinciden en que los movimientos de base son solo el principio. “La aplicación de la legislación sobre seguridad en línea para exigir responsabilidades a las plataformas desempeñará un papel importante”, dijo Niamh Hodnett, Comisaria de Seguridad en Línea de Irlanda.

Por ahora, sin embargo, los padres y profesores de Greystones siguen adelante.

Nina Carberry, diputada irlandesa en el Parlamento Europeo, dijo que le había impresionado especialmente el reciente proyecto “Hace falta una aldea”, en el que jóvenes de 16 años de Temple Carrig dirigieron talleres de tutoría con alumnos más jóvenes en dos escuelas primarias locales. En un correo electrónico, Carberry dijo que se propone impulsar modelos similares a escala de la Unión Europea.

Lauren Harnett, de 13 años, participó en un taller el año pasado. Las charlas con niños mayores le parecieron más informativas que las de los adultos, y menos estresantes. “Dijeron: ‘Si lo utilizas de la forma adecuada y eres sincera con tus padres, todo irá bien’”, dijo.

Este año, en su primer año de secundaria, Lauren tuvo su primer dispositivo. “Cuando todo el mundo a tu alrededor tiene uno, lo quieres”, dijo. “Probablemente podría haber esperado más”.