“Eres esclavo de aquello que bautizas
con tu nombre”
Jodorowsky
No estamos lejos de que, con las reformas en materia electoral en México propuestas por la presidenta de la República y los legisladores más radicales de Morena, no estén muy conformes con todas las modificaciones que pretenden realizar a la Constitución, las reglas, los montos económicos para los partidos políticos, la revocación de mandato de la presidenta y, desde luego, la desaparición de la elección de los llamados diputados y senadores por vía plurinominal.
Desde luego, los partidos satélites de Morena han apoyado todas las reformas, empezando con López Obrador, a quien no le ponían ningún pero. En el caso de la presidenta, está batallando para que sus propuestas sean aprobadas sin mayor problema, lo cual no ha ocurrido; incluso, los miembros de su partido reniegan, no quieren abandonarla ni luchar en las trincheras.
Características clave de las elecciones romanas (época republicana)
Considero importante hacer un leve análisis de cómo las elecciones en este imperio heredaron normas, fundamentos políticos y sociales que aún hoy resultan relevantes:
• Asambleas: Los comitia centuriata (basados en la riqueza) elegían cargos altos como cónsules, mientras que los comitia tributa (por territorio) elegían ediles y cuestores.
• Voto desigual: Los ciudadanos más ricos votaban primero en los comicios centuriados; si lograban mayoría, la votación terminaba antes de que las clases bajas votaran.
• Participación: Solo votaban ciudadanos varones libres; mujeres, esclavos y extranjeros estaban excluidos.
• Campaña: El clientelismo era clave. Los candidatos utilizaban propaganda y el apoyo de las élites para influir en los votantes.
• Decadencia: Durante el Imperio (desde 27 a.C.), las elecciones perdieron poder, quedando el nombramiento de magistrados bajo control del emperador y el Senado.
En resumen, no era una democracia igualitaria, sino una oligarquía competitiva donde las familias adineradas buscaban votos entre las tribus y centurias para controlar los cargos públicos.
Nuestro país está sumido en lo antes referido: la partidocracia se ha apoderado del poder. Desde luego, quien tiene el balón es Morena; a los minipartidos se los prestan de vez en cuando para que se entretengan con algunos pases y, finalmente, regresárselo a los delanteros de Morena para hacer sus goles frente a los partidos de oposición, incluyendo a quienes han intentado jugar con un árbitro que, desde luego, de inmediato les saca la tarjeta amarilla.
Retomando la semejanza entre las elecciones en el Imperio romano y el casi imperio de Morena —sin dejar a un lado a los partidos de oposición—, las elecciones a magistrados empezaban con la presentación de las candidaturas ante los censores. Acceder a ellas no era tarea fácil, pues se requería haber cumplido previamente con las magistraturas establecidas por la tradición, además de aportar una importante suma de dinero para acreditar determinado estatus.
En México ocurre algo similar: dinero del gobierno, empresarios y delincuencia organizada. Esta norma, que se justificaba como una medida anticorrupción —dicen—, aseguraba que el poder permaneciera en manos de una élite económica. De este modo, aunque la República pudiera parecer desde fuera una democracia, en realidad se trataba de una oligarquía controlada por las grandes familias de la Urbe. La comparación con nuestro sistema electoral resulta muy cercana.
Semejante desigualdad permeaba, de hecho, todo el sistema electoral, dividido en comicios centuriados y tributos. Ambos dividían al pueblo en una serie de centurias y tribus con un solo voto en la asamblea, sistema que favorecía siempre a las clases pudientes, que habían marginado a los pobres en un puñado de tribus y centurias de bajo peso electoral. El sistema era tan parcial que, según Cicerón, en una de las centurias de proletarios había más gente que en las ochenta de primera clase.
Con el poder así concentrado en las clases media y alta, la campaña electoral empezaba con la presentación de la ley o de los candidatos ante el pueblo, lo que se realizaba mediante mítines, grafitis y panfletos distribuidos en el Foro. Esta era, por supuesto, la fase más crítica del proceso; en una época en la que no existían los partidos políticos y se votaba más por vínculos familiares y clientelares que por convicción. Nuestro país está cerca de cómo eran las elecciones en el Imperio romano: solo unos pocos llegan al poder.
Tras desacreditar al rival, se debía ensalzar las virtudes propias y hacerse valer como una alternativa viable mediante una serie de propuestas que captaran al electorado. Los espectáculos y diversiones formaban también parte de este proceso de captación, y antes de presentarse como cónsules, muchos se arruinaban pagando carreras y luchas de gladiadores con las que agasajaban al pueblo. Cicerón recomendaba, además, rodearse de personas de “toda clase, estamento y edad” para transmitir una imagen que no alienara a ningún grupo de votantes.
En una sociedad tan marcada por el clientelismo como la romana, un candidato debía contar con buenos patrocinadores que extendieran su mensaje entre los votantes. Por ello, Cicerón recomendaba defender en los tribunales a “los hombres activos e influyentes” para que movilizaran a sus empleados durante la campaña. De esta manera, lobbies y corporaciones también influían en el resultado, aportando recursos para apoyar la victoria del candidato que más les favoreciera.
El fenómeno por el cual los pueblos parecen someterse a la tiranía, a menudo descrito como “servidumbre voluntaria”, no se debe a que les “guste” el sufrimiento, sino a una compleja mezcla de factores psicológicos, sociales, económicos y represivos. Históricamente, se ha analizado que el poder del tirano no radica solo en su fuerza, sino en la obediencia de los sometidos.
Con este trazado sobre la forma y términos de cómo funcionaban las elecciones en la época romana, encontramos que, hasta la fecha, no estamos lejos de esa misma realidad. Los poderosos ya no utilizan espadas; mediante el engaño de las promesas, se benefician con papelitos depositados en una urna que anulan la democracia en México.
En México, la democracia es “malparida” y “basura”, y como dice el periodista López-Dóriga, es una “chingadera”.
Salud y larga vida.