Llegaste el año pasado/yo te vi llegar descalzo/traías un morral cargando/

cuando venías de tu casa/ y ahora andas apantallando/ya eres presidente ministro

Hace tiempo llevamos a cabo una mesa de análisis sobre vida y obra de David Hume. Fuimos cuatro los participantes: dos hombres y una mujer (aclararé por qué no dije “dama”). Fue en el Cine Club de la Facultad de Filosofía y Letras. Nos organizamos de la siguiente manera: dos escritorios frente a frente para que no obstruyéramos las imágenes que se proyectarían. Dos compañeros llegaron, se sentaron en una mesa y yo en la otra. En eso llegó la cuarta conferencista, me puse de pie y saqué la silla.

Me dijo “yo puedo hacerlo sola” “Claro, le respondí, es un simple gesto de amabilidad” “Pues no estoy de acuerdo, la caballerosidad es un signo de machismo y misoginia”.

Cuando –por inercia- hice el intento de acomodarle la silla no aceptó. Ella dijo que no debería esperarme a que ella se sentara, sino que –ridículamente- lo hiciéramos al mismo tiempo. Y así fue de ridículo. Si hubiese empleado la palabra “dama” seguramente diría que es un signo de machismo y misoginia.

Viene a mi mente esta anécdota porque la caballerosidad está en periodo de extinción. Ya somos pocos los que todavía enviamos flores, aquellos que en el pecho aún abrigamos recuerdos de románticos amores.

Con la llamada equidad de género ya no es permitido abrirle las puertas a las féminas, cederles el paso, auxiliarlas con las sillas, ponerse de pie cuando llegan a saludarte, pagar las cuentas de cenas, enviarles cartas de amor, el beso en la mano. Vamos, todo aquello que el llamado sexo débil adoraba de un hombre. Si actuar así es ser macho, lo reconozco, lo soy.

Lo ocurrido con Hugo Aguilar Ortiz, presidente del Supremo Tribunal de Justicia de la Nación y la funcionaria que le limpió los zapatos en público y peor, frente a periodistas, es vergonzoso. Quisiera echarle la culpa a que posiblemente en sus tradiciones ancestrales adquirió costumbres por herencia genética. Él proviene de los Ñuu Savi, o “pueblo de la lluvia” que surgieron en la región mixteca. Ignoramos si entre sus usos y costumbres esté que las mujeres sirvan a los hombres sin límites.

Si queremos insultar a alguien le decimos “pinche indio” y los primeros que contribuyen a esa malsana tradición son los propios indígenas, como el citado. Porque, en el caso de Aguilar Ortiz, andaba en burro –por decirlo metafóricamente- y ahora no quiere bajarse de un coche nuevo, de lujo y blindado. Se quitó los huaraches y se enfundó en unos zapatos Zegna, Gucci o Saint Laurent y no quiere que un vulgar bolero se los toque.

De por sí los autóctonos son tratados con discriminación, las mujeres la sufren aún más. Y en el caso que nos ocupa, lo demuestra vehementemente. Ahora sí las imágenes dicen más que mil palabras y mil disculpas y mil “no me di cuenta”. Él, de pie, permite descaradamente que una de las funcionarias -no de él sino de la SCJN- egresada del Instituto Tecnológico Autónomo de México –ITAM- en que el costo del semestre oscila entre cien y ciento cincuenta mil pesos, le limpie su calzado. Le dirán sus papás “¿para eso pagué tus estudios? ¿para que andes de limpia botas?” mientras él displicentemente se mete las manos a las bolsas de un pantalón que seguramente no compró en Milano sino que es un Hermeregildo Zegna para que combine con el calzado. Recordé a mi papá cuando nos veía con las manos en las bolsas y nos regañaba “saquen esas manos, parecen güevones de rancho” (Conste que lo estoy citando y aclaro, no quiere decir que todos los rancheros lo sean, al contrario, se refiere específicamente a una subclase). ¿Y qué dijeron las feroces feministas? Nada.

Como dice el dicho “Dale poder a un ignorante y conocerás la prepotencia” o bien olvídate que pasaste hambre cuando tengas la mesa servida. Ahora sí, pinches indios quienes pertenecen a la ralea del Presidente de la Suprema Corte de Justicia. Por eso Dios no les da alas a los alacranes, de eso se encarga Morena.

A mi álter ego su compadre le dijo “¡no, hombre, mi vieja me pide mil pesos diarios!” “¿y para qué quiere tanto dinero?” “¡quién sabe, nunca se los he dado!”.