En un anochecer de septiembre de 1931, dos profesores caminaban después de impartir sus clases por el sendero Addison’s Walk, en la Universidad de Oxford. Conversaban con intensidad sobre mitología y religión. Hoy los conocemos como los autores de los best sellers que dieron origen a El Señor de los Anillos y Las Crónicas de Narnia.
C. S. Lewis lleva las manos a los bolsillos de su chaqueta de tweed y afirma que los mitos son bellos, pero no verdaderos. J. R. R. Tolkien, con abrigo de lana y sombrero, lo escucha y reflexiona mientras enciende y apaga su pipa. Finalmente, le contesta:
—Amigo, los mitos no son mentira.
Y añade que son destellos de verdad; que, como el cristianismo, los mitos dan coherencia al mundo.
Caminan entre robles y sauces. Las piedras sueltas del sendero crujen bajo sus pasos, rompen la apacibilidad de la noche y acompañan la charla. La conversación se extiende más allá de la medianoche.
Estas discusiones y los ideales comunes forjaron una amistad profunda. Ambos eran veteranos de la Primera Guerra Mundial y profesores de literatura medieval y renacentista. Con el tiempo se convertirían en dos de los escritores británicos más influyentes del siglo XX, con enorme impacto en la literatura universal. Sus obras, traducidas a decenas de idiomas, fueron adaptadas a la radio, la televisión y el cine. Las películas basadas en sus libros lograron 31 nominaciones y 18 premios Óscar.
Más de dos mil años antes, en el sur de Europa, Aristóteles reflexionó sobre la amistad en su Ética a Nicómaco. Distinguió tres tipos:
1. La amistad por interés, que busca solo el beneficio propio.
2. La amistad por placer, que busca compañía agradable y complaciente.
3. La amistad por virtud y bondad, que es perfecta, comparte la virtud y desea el bien del otro.
Cuando el bien es la causa de la amistad, esta es más duradera y estable. Aristóteles nos previene de las amistades por placer e interés, porque no están basadas en el bien y se disuelven cuando dejan de ser útiles o agradables. Este tipo de amistad se ve con mayor frecuencia.
Aristóteles aconseja moderarse en el número de amigos; es difícil compartir profundamente con muchos. “Los que tienen muchos amigos y los tratan a todos íntimamente parecen no ser amigos de nadie”.
“¿De qué sirve la abundancia de bienes —pregunta Aristóteles— sin la oportunidad de hacer el bien?”. Hacer el bien es lo que más nos llena y nos hace sentir plenos.
Notas aristotélicas sobre la amistad: los amigos dan, asisten y ayudan; procuran evitar discordias y crear un clima agradable; se fijan en lo bueno y olvidan los malos ratos; en la prosperidad buscan convivir y compartir; el amigo se alegra de los éxitos del otro sin tristeza ni melancolía; comparte tanto placeres moderados como sentimientos nobles. El amigo jala parejo y está en las duras y en las maduras.
Tolkien y Lewis formaron en Oxford el club Inklings. No era solo tertulia de pipa y cerveza; buscaban un mundo mejor a través de la literatura. Allí leían sus manuscritos con crítica severa. Tolkien compartió capítulos de El Señor de los Anillos y Lewis presentó Cartas del Diablo a su Sobrino.
El humor y la “carrilla” no se hacían esperar en las tertulias. Hugo Dyson se quejaba cuando Tolkien leía sobre la Tierra Media y gritaba: “¡Oh, no, otra vez esos malditos elfos!”. La risa daba paso, en segundos, a discusiones serias.
Luchaban por ideales: recuperar la fantasía épica, el mito como portador de verdad, contrarrestar el materialismo, representar el enfrentamiento entre el bien y el mal, la tentación simbolizada en el “precioso” anillo y la maldad de Sauron, el sacrificio y la resurrección del león Aslan.
Lewis fue materialista y ateo en su juventud. Su actitud racional y su insatisfacción vital lo llevaron a profundizar en la realidad. A los pocos días del paseo por Addison’s Walk con Tolkien, que era católico, aceptó el cristianismo. En el libro The Four Loves escribiría: “En la amistad, cada uno es consciente de que camina junto a otro hacia una verdad común”.
Tolkien narra la amistad con un tono épico al final de El Retorno del Rey. Frodo carga el anillo maldito de Sauron para destruirlo en la lava del Monte del Destino. La sufrida travesía de seis meses y el recorrido de más de tres mil kilómetros lo han dejado sin fuerzas para continuar. No puede ceder el anillo —su misión es salvar la Tierra Media—. Su infatigable amigo Sam abraza la esperanza y aprieta los dientes para tomar fuerza:
—Dije que lo llevaría a cuestas aunque me rompiese el lomo, ¡y lo haré! ¡Venga, señor Frodo!
No puedo llevar el anillo por usted, pero puedo llevarlo a usted.
Sam lo sube a sus espaldas. Así escalan la montaña. Sam acompañó y ayudó a su amigo para que cumpliera su misión de vida. Tolkien también conversó varias veces con Lewis para ayudarlo a ir más allá de lo superficial, elevarse como escritor de fantasía y aventura, concebir valores eternos y crear El León, la Bruja y el Ropero, por citar un ejemplo.
La amistad es así: se basa en el bien, y el bien la sostiene.
San Agustín describe de manera inigualable el valor de la amistad. Al tener noticia de la muerte de su amigo escribió: “¡Con qué dolor se entenebreció mi corazón!… Cuanto miraba era muerte para mí… Me había hecho a mí mismo un gran lío y preguntaba a mi alma por qué estaba triste y me conturbaba tanto, y no sabía qué responderme… Solo el llanto me era dulce y ocupaba el lugar de mi amigo en las delicias de mi corazón”.
Opinión
Sábado 14 Feb 2026, 06:30
La fuerza de la amistad, la charla que creó Narnia y la Tierra Media
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Héctor Ruiz Loya