El escritor e historiador israelí, Yuval Noah Harari, sostiene que el elemento más relevante que ha definido el dominio de Homo sapiens sobre cualquier otro ser vivo, es su capacidad de generar, clasificar y trasmitir información a gran escala. Desde la invención de la imprenta, el telégrafo, la radio y la televisión, fue capaz de trasmitir ideas que superaron la limitación geográfica y el tiempo, capacidad que se potencializó con la creación del internet, las redes sociales y más recientemente con la inteligencia artificial.
El día de hoy, cualquier tipo de información, verdadera o falsa, útil o inútil, profunda o superflua, puede ser trasmitida a todo el planeta en cuestión de microsegundos, y ser absorbida por millones de personas que la aceptan o rechazan, que forman su pensamiento, que moldean sus vidas y su comportamiento. Hoy en día, la capacidad para generar, clasificar y trasmitir información es tan poderosa, que influye de forma masiva en las decisiones diarias de la humanidad, y la forma en que se utilice esta capacidad, influirá sobre el futuro de nuestra especie.
A diferencia de otros sistemas de trasmisión de información, como es el radio y la televisión, el internet, las redes sociales y la IA se han democratizado y se encuentran al alcance de casi todos los habitantes del mundo, lo cual las convierte en herramientas tan valiosas como peligrosas. Este poder "al alcance de todos" es aprovechado por personas sin talento, sin ideas y sin escrúpulos, para darse a conocer, no importa si de manera negativa o positiva, lo importante es que la gente los vea, opine sobre sus limitados pensamientos y "ganen" popularidad en cuestión de segundos.
Tal es el caso del periodista argentino Eduardo Feinmann, quien tras la eliminación de la Selección Mexicana en el Mundial 2026 declaró en vivo que "detesta a los mexicanos", los acusó de sentir envidia hacia Argentina y remató con burlas sobre modismos como el "ahorita". Pudimos observar cómo una persona hasta entonces irrelevante para el público mexicano, se dio a conocer alrededor del mundo en cuestión de horas, y siguió en la conversación diaria durante semanas —incluso obligó a la propia presidenta Sheinbaum a pronunciarse sobre el tema—. Desafortunadamente, esta misma estrategia es utilizada por políticos en campaña, gobernantes y legisladores que ven la polarización como la única oportunidad para sobresalir, ante la falta de capacidad para debatir ideas y pensamientos profundos.
De esta lógica del odio y la polarización han surgido frases tan desafortunadas como que "los mexicanos son asesinos y violadores", o etiquetas simplistas como "chairos y fifis" que, aunque no tienen un autor único, se popularizaron precisamente porque reducen el debate público a una confrontación de bandos; el mismo fenómeno se hizo evidente en el vergonzoso circo en el que se convirtió el Congreso Federal cuando estuvo presidido por Gerardo Fernández Noroña, uno de los principales polarizadores del país y activo usuario de las redes sociales.
Lo verdaderamente peligroso no es solo el ruido: es su costo. La sociedad no puede permitirse premiar con atención y validación a quien no aporta nada más que polarización; cada vez que la compartimos, la reforzamos y la volvemos rentable. La humanidad enfrenta un reto enorme. Debemos valorar la fuerza individual que cada uno ejercemos al emitir una opinión o compartir información, la cual se convierte en una masa de fuerza superior capaz de moldear a nuestra sociedad. Debemos de hacer el ejercicio de ignorar, desechar y separar aquella información que no abona a construir una mejor sociedad, y por el otro lado, validar, profundizar y compartir responsablemente aquella que consideremos útil. No hay una respuesta definitiva para saber discernir entre una y otra, pero mientras no hagamos ese ejercicio, seguiremos financiando —con nuestra propia atención— el negocio de quienes no tienen nada que ofrecer más que odio y polarización.