Ciudad de México .-"Ando buscando marido". Eso le dijo doña Beleña a la señora del 14. "Pero, vecina -se sorprendió ésta-. Usted es casada; tiene marido". Replicó, hosca, doña Beleña: "A ése es al que ando buscando". Mi amigo Atilio goza ya del descanso que no tiene final. (Yo gozo ahora del que sí tiene final). Era anticuario Atilio. En la ventana de su tienda puso este letrero: "Compro triques. Vendo antigüedades". El diccionario de la Academia dice que los triques son trastos o trebejos. Me sospecho que el vocablo salió de "pelitriques", cosas de escaso valor. El caso es que Atilio era dueño de una imaginación desorbitada. Me mostraba un portón viejo, de madera apolillada, seguramente traído de algún rancho, y me decía con absoluta seriedad: "Viene del Tibet". Sacaba una pieza de cerámica: "Nomás hay otra igual en Argentina". Sus fantasías no tenían tente. Afirmaba que era médico de profesión, y se aparecía de pronto luciendo bata de doctor: "Voy a ver a un pacientito". Se le olvidaba luego que tenía el título de médico, cirujano y partero y se presentaba después como pastor evangélico, minero o mílite en retiro, con los correspondientes atavíos. Yo lo quería bien, pues lo consideraba actor a más de anticuario, y nunca he dejado de ser actor y de sentir una extraña fascinación por las cosas viejas, quizá porque yo mismo soy ya una cosa vieja. A lo que voy es a decir que la ridículamente llamada 4T, Cuarta Transformación, es igualmente fantasiosa, pero sin la gracia de Atilio, antes bien llena de obtusas falsedades y mentiras. Ese régimen, tanto en su primera edición como en su segundo piso, ha hecho de la vida pública un tejido de ocultamientos y simulaciones, de justicia pervertida, de democracia desvirtuada, de libertad en riesgo, de dinero tirado neciamente a las cloacas. Lo peor de todo es que la falta de educación y la pobreza son el cimiento en el cual se basa ese sistema, y como ambos males parecen permanentes en nuestro país, igualmente durable se antoja ese régimen fatal. "¡Jesucristo, aplaca tu ira, tu justicia y tu rigor!", impetraban nuestros antepasados. En vano repetiríamos la angustiada rogativa; más bien tendríamos que reclamar de manera pesarosa: "¡Ah, vida! Cuando te inclinas / a joder a los mortales / no valen las medicinas / ni rezos espirituales". Paciencia, en fin. Para todo hay remedio, menos para la muerte y para las mañaneras. El joven Pitorraudo tenía amistad con el farmacéutico de su colonia. Una tarde le confió que aquella noche recibiría en su departamento a tres amigas que habían aceptado celebrar con él un pompino. Esta palabra, proveniente del más bajo mundo del lenocinio, designa al encuentro erótico de un hombre con varias mujeres. El farmacéutico le dijo: "Deberás tomar algo para fortalecer tu libido y enfrentar airosamente el compromiso. Ningún problema tendrías si dispusieras de unas cuantas gotas de las miríficas aguas de Saltillo, capaces de potenciar hasta a una momia egipcia, pero a falta de ese taumatúrgico líquido tómate una de estas pastillas azules". Para mayor seguridad el lúbrico mancebo se tomó tres, una por cada una de las féminas con quienes esa noche tendría aquel irregular encuentro. Al día siguiente Pitorraudo se presentó otra vez en la farmacia y le pidió a su amigo un ungüento, pomada o linimento para aliviar el dolor muscular. "¡Osú! -exclamó el farmacéutico, que era aficionado al toro y juraba entonces en modo agitanado-. ¿Quieres esa crema lenitiva y analgésica para tu parte de varón?". "No -acotó Pitorraudo-. Es para mi brazo. Las muchachas nunca se presentaron". (No le entendí). FIN.

MIRADOR

Por Armando FUENTES AGUITRRE.

Desinet in piscem.

Esa frase latina quiere decir "Termina en pez". Alude

desfavorablemente a la sirena, y se aplica a todo aquello que tiene buen

principio y no concluye bien.

Eso, creo yo, puede decirse de la película "Psicosis", de Alfred

Hitchcock, que vi anoche por cuarta o quinta vez, cine en pantuflas. Al

comienzo es espléndida, pero a su culminación sigue una perorata psiquiátrica

enredada y aburrida que a mi modo de ver perjudica severamente al film. Aquí

el mago del suspenso pierde toda magia.

Me permito sugerir a los amantes del buen cine que busquen por

cualquier medio la película "Les Diaboliques", "Las diabólicas", del francés

Henri Clouzot. Ninguna de las obras de Hitchcock supera a ésta en calidad

dramática y suspenso, tanto, que al terminar el film aparece una petición a

quienes lo vieron para que no revelen a otros el desenlace de la extraordinaria

trama.

Lo bueno es muy bueno, si me es permitida la perogrullada.

Pero lo mejor es mejor.

(Otra perogrullada).

¡Hasta mañana!...

MANGANITAS

Por AFA.

". Dijo AMLO: 'No me vengan con el cuento de que la ley es la ley'.".

En muy parecida forma

Sheinbaum dijo en su momento:

"No me vengan con el cuento

de que la norma es la norma".