Por su parte Octavio Paz—pensamiento luminoso y pluma deslumbrante—conjeturaba sobre la ilusoria mexicanidad teniendo como raíz y núcleo a la Mesoamérica prehispánica (que comprendió el centro y el sur del México actual y una parte de Centroamérica). A finales del siglo XV y a principios del XVI, la poderosa Mesoamérica y la expansiva España chocaron en tierras americanas entre equívocos cosmológicos y atrocidades guerreras. Este encontronazo generó una nueva raza y un fascinante sincretismo religioso y cultural. Sobre el pentagrama de los procesos históricos, a saber, la traumática conquista y el periodo colonial de la Nueva España que culminaría con la guerra por la Independencia, Octavio Paz escribe las notas que aclararían algunos rasgos culturales y conductuales que en ese proceso fueron construyendo a los mexicanos, pero es en Estados Unidos de la primera mitad del siglo XX donde pone a prueba sus hallazgos identificatorios de la mexicanidad. Con deslumbrantes arrebatos y sólidos argumentos, Paz estudia los modos con que los mexicanos, arrastrados por los sucesivos oleajes migratorios, se comportaban en una sociedad diametralmente distinta. Ahí, en esas tierras ajenas y extrañas, los mexicanos, ya también distintos, recibieron nuevos nombres: pochos, chicanos, pachucos. ¿Cuáles rasgos de la mexicanidad –se preguntó Paz—, prevalecían en los mexicanos que residían en tierras de anglos, como manifestaciones de su pasado prehispánico y colonial? El escritor mexicano expone sus ideas al respecto, sin embargo, me desconcertó el salto olímpico en su discurso: de Zacatecas hasta los Ángeles, California, ignorando la tierra de en medio, es decir, Aridoamérica, el septentrión, la patria bronca abandonada por la mano de Dios, en donde hoy se encuentran los estados norteños.
Con los norteños, Paz hubiera avanzado en sus teorías sobre la otredad. La diversidad de los distintos méxicos y mexicanos era más evidente en sus extremos: Chihuahua y Yucatán. Pero otra vez, el (in)justo medio, el centro, fue la medida de todas las cosas: el defeño como paradigma de lo mexicano.
¿Es que ningún rasgo de lo mexicano aportamos los norteños?
La única referencia de Octavio Paz a estas tierras bárbaras es ésta, todavía actual: “Al norte, en los desiertos y planicies incultas, vagaban lo nómadas, los chichimecas, como de manera genérica y sin distinción de nación llamaban a los bárbaros los habitantes de la Mesa Central.” En la versión más actualizada, los chilangos siguen sosteniéndola llamando bárbaros a los norteños.
Al hablar de la Revolución Mexicana, Octavio Paz tuvo la oportunidad de enmendar el error de haber omitido al norte mexicano, (su historia violenta, su geografía abrupta rica en minas y bosques, composición social, su alma levantisca), pero prefiere regodearse con el porfiriato y con el movimiento zapatista. Pancho Villa es apenas mencionado y siempre como un hombre sin aspiraciones, guerrero y bandido, cruel e inculto, y no como el nombre con el cual emergieron las aspiraciones más legítimas y pisoteadas de los rancheros, apareceros y campesinos. Octavio Paz sucumbe a los hechizos de los jefes revolucionarios, y otra vez, desatiende los sucesos norteños.
Samuel Ramos y Octavio Paz, indudablemente los autores más acuciosos en el estudio de la identidad, nunca integraron a sus estudios el peculiar modo de ser de los norteños mexicanos. ¿Hasta qué momento de nuestra historia patria comienza a existir Chihuahua como parte de la mexicanidad?
Santiago Ramírez, al observar que la intelectualidad mexicana se hechizaba con el estudio de “lo mexicano” desde los años treintas a los setentas del siglo XX, también reflexionó sobre el elusivo asunto de las identidades. Aun estaban frescas las heridas de la Revolución, quizá por eso, el autor de “El mexicano y sus motivaciones” dedujo que se experimenta la sensación de ser diferente, incluso único, a partir de dolencias y sufrimientos, y que a través de esas experiencias traumáticas, los pueblos y los hombres, al igual que los órganos del cuerpo, se individualizan.
Quizá esa historia traumática que nos hace sentir únicos ha motivado que algunos chihuahuenses nos interesemos en esa difusa entidad que solemos llamar “lo chihuahuense”.
Son muchas las dolencias y sufrimientos que ha padecido Chihuahua a lo largo de su historia: aquí sucedió el exterminio en lugar de la colonización. Los españoles, criollos y mestizos acudían a la Nueva Vizcaya en calidad de conquistadores; poseían un dios que creían único y verdadero. Llegaron a tierra de indios que supusieron sin alma, ni dios ni entendimientos. Pero eran los conquistadores Caras Pálidas que no escucharon la voz india de piel roja que les decía: “Nosotros estamos seguros de esto: la tierra no es del hombre, sino el hombre es de la tierra... El hombre no teje el destino de la vida. El hombre es sólo una hebra en ese tejido. Lo que haga en el tejido se lo hace a sí mismo. El Cara Pálida no escapa a ese destino aunque hable con su Dios como si fuera su amigo”. La ambición de los conquistadores fue la medida de sus actos y exterminó a varias tribus indígenas, llevó a cabo un desorbitado saqueo de sus minas, la extinción de los búfalos y la depredación de sus bosques, la explotación de sus hombres en lugar del intercambio y la complementariedad. En Chihuahua se fusiló y decapitó al Padre de la Patria. Chihuahua, luego de vencer al mundo indígena, resistió los ímpetus colonizadores de los gringos y de los franceses y al abandono del centro del país en los momentos más álgidos de su historia; Chihuahua ha sobrevivido, incluso, a los atroces combates fraticidas de la Revolución; con frecuencia ha padecido incomprensión de parte del poder centralista.
Sí, Chihuahua es un almacén de tempestades.
Las ciudades edificadas en tierras bárbaras han sido testigos de esa tenacidad constructiva del chihuahuense, y también de la poderosa vocación demoledora de los patrimonios que ha logrado erigir. Creadas, demolidas y vueltas a erigir, las ciudades de Chihuahua se edifican, no sobre sus ruinas, como el imperio español sobre el azteca, sino sobre sus propios fantasmas. Así también su identidad.