"Cuando juega la Selección, no jugamos once, jugamos millones"
En México, gritar ¡Goooool! despierta una chispa de esperanza. Históricamente, la Selección Mexicana ha sido una vía de escape colectiva en tiempos de adversidad; es el mejor analgésico para aliviar temporalmente las heridas de una nación.
Las políticas de la Cuarta Transformación han sumido al país en una grave crisis. Enfrentamos una ola de violencia y un creciente control territorial por parte del narcotráfico. Esta situación se agrava por el desempleo, la corrupción, la impunidad y la falta de seguridad jurídica, factores que, en conjunto, ahuyentan la confianza empresarial y frenan el crecimiento económico.
Según los expertos, el futbol une a las personas y las hace sentir parte de un mismo grupo. Sin embargo, estas victorias no solucionan las fallas del gobierno; únicamente las ocultan de manera temporal. El equipo nacional actúa como una válvula de escape. Por ello, cada triunfo provoca un sentimiento que va más allá de la alegría: representa un verdadero desahogo colectivo.
El futbol funciona como una válvula de escape emocional. En psicología, este fenómeno se conoce como distracción cognitiva: la mente se enfoca en una meta positiva —ganar el partido— en lugar de concentrarse en el estrés cotidiano. Además, el futbol une a las personas, generando un sentimiento de pertenencia, apoyo y alegría compartida.
Los triunfos activan los centros de recompensa del cerebro, liberando dopamina y produciendo una sensación de satisfacción colectiva. Durante esos momentos, las personas dejan de lado las preocupaciones y disfrutan del presente. Por eso, las victorias fortalecen el sentido de comunidad. En contraste, las derrotas suelen incrementar rápidamente la frustración y la decepción.
El inicio de la Copa Mundial ha creado una situación muy particular en el país. Por un lado, millones de personas esperan con entusiasmo la fiesta del futbol. Por otro, diversos grupos sociales mantienen protestas y enfrentan problemas como la crisis del sistema de pensiones, la tragedia de las desapariciones, la falta de oportunidades de empleo en los comercios del Centro Histórico y las demandas de los sindicatos magisteriales. Incluso, algunas de estas manifestaciones se han tornado violentas, proyectando una imagen negativa del país en el exterior.
Paralelamente, un sector de la afición ha manifestado su inconformidad por los elevados precios de los boletos, las complicaciones viales derivadas de las obras en las ciudades anfitrionas y las dificultades para ingresar a los estadios. Lo cierto es que, en este momento, todos estos temas están relacionados, de manera directa o indirecta, con el futbol.
Sin importar los resultados de la Selección, la afición siempre vuelve a creer. Cada victoria del equipo nacional viste las calles con el color de la ilusión. El pueblo, lleno de diferencias, canta entonces con una sola voz.
Para ironizar sobre un México con profundos problemas sociales, pero que deposita sus esperanzas de triunfo en la Selección Nacional, el cuento ideal es “El traje nuevo del emperador”, de Hans Christian Andersen.
El emperador (México): representa a un país lastimado por la violencia y la desigualdad, cuyos líderes insisten en proyectar una imagen de grandeza que no corresponde plenamente a la realidad.
Los sastres (los medios y el marketing deportivo): construyen la ilusión de que la Selección es una potencia mundial invencible y que está destinada a conquistar la Copa del Mundo.
El pueblo (la afición): aplaude el "traje" y se entusiasma con la ilusión, aunque en el fondo sabe que se trata de una fantasía. Se aferra a la esperanza mundialista para olvidar, al menos por un momento, la dureza de la realidad cotidiana.
La moraleja es sencilla: muchas veces preferimos creer en una ilusión antes que enfrentar una realidad incómoda. En el futbol, México disputa noventa minutos en los que todo parece posible; noventa minutos que nos permiten soñar con la victoria, aunque al final del partido muchas cosas permanezcan igual.
Por un México de sueños. Sumemos voces.