Hay triunfos que unen a un país entero. Pocas cosas consiguen que millones de mexicanos olviden por un momento sus diferencias políticas, económicas, sociales o regionales como lo hace un partido de la Selección Nacional de futbol.

Cuando el Tri gana, el ánimo colectivo se transforma. Las calles se llenan de bocinazos, las plazas de celebraciones espontáneas y las redes sociales de mensajes de orgullo nacional. Es una alegría legítima, contagiosa y profundamente humana.

Sin embargo, existe una sombra que aparece con demasiada frecuencia detrás de cada festejo multitudinario: el abuso del alcohol.

La reflexión resulta incómoda, pero necesaria. Cada vez que la Selección Mexicana consigue una victoria importante, no sólo se preparan las celebraciones, también se activan los operativos de seguridad, las advertencias de tránsito y los llamados de emergencia.

Es como si una parte de la sociedad hubiera aceptado que la alegría debe venir acompañada de la embriaguez, como si el festejo estuviera incompleto sin varias copas de más. Y ahí radica el problema.

Durante décadas, México ha impulsado campañas para combatir la conducción bajo los efectos del alcohol. El famoso "Si tomas, no manejes" se ha convertido prácticamente en un lema nacional.

Diversas investigaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS) han señalado que el consumo nocivo de alcohol constituye uno de los principales factores de riesgo para lesiones, accidentes de tránsito y violencia interpersonal en todo el mundo.

Asimismo, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) ha documentado que el alcohol está relacionado con una importante proporción de hechos violentos y lesiones evitables.

Los esfuerzos institucionales han dado resultados parciales. Los retenes antialcohol, las sanciones más severas y las campañas de concientización han contribuido a disminuir algunos indicadores. Pero la realidad demuestra que seguimos enfrentando una cultura donde muchas celebraciones terminan peligrosamente asociadas al exceso.

Quizás ha llegado el momento de plantear una campaña distinta: "Si festeja el triunfo de México, no tome”. Puede parecer exagerado, incluso antipático para algunos aficionados. Pero los hechos obligan a reflexionar.

No son pocos los casos en que una noche de júbilo deportivo termina en riñas, agresiones, daños a la propiedad, accidentes vehiculares o tragedias familiares. Lo que comenzó con un gol celebrado termina en salas de urgencias, separos municipales o funerales.

Resulta paradójico que un evento diseñado para generar felicidad termine produciendo sufrimiento. La victoria deportiva debería elevar el espíritu colectivo, no poner en riesgo vidas humanas.

Los especialistas en comportamiento social han explicado que los eventos deportivos generan emociones intensas de pertenencia e identidad grupal. Cuando a esa euforia se añade el consumo excesivo de alcohol, la capacidad de autocontrol disminuye significativamente. La alegría puede transformarse rápidamente en impulsividad, agresividad o conductas temerarias.

Y entonces aparece la pregunta incómoda: ¿Por qué cada vez que México gana debemos preocuparnos por los excesos? Ningún triunfo debería obligar a las autoridades a prepararse para una noche de accidentes.

Ningún gol debería convertirse en una alerta para hospitales, cuerpos policiacos y servicios de emergencia. Ninguna celebración nacional debería llevar implícita la posibilidad de una tragedia.

La verdadera pasión deportiva no se mide por la cantidad de alcohol consumido. Se mide por la capacidad de disfrutar, convivir y compartir sin poner en peligro a los demás.

Hay algo profundamente contradictorio en celebrar la vida, la unión y el orgullo nacional mientras se adoptan conductas que pueden destruir familias enteras en cuestión de segundos. El conductor ebrio que sale a festejar no piensa en convertirse en una estadística. El joven que participa en una pelea callejera tampoco imagina que una discusión absurda puede terminar en una tragedia irreversible. Pero sucede.

Y sucede más de lo que quisiéramos admitir. México merece celebrar sus victorias deportivas. Merece llenar plazas, cantar el himno, ondear banderas y abrazar desconocidos después de un gol. Lo que no merece es vivir bajo la preocupación permanente de que cada triunfo venga acompañado por incidentes relacionados con el alcohol.

Tal vez el verdadero desafío cultural de nuestro tiempo no sea aprender a perder con dignidad, sino aprender a ganar con responsabilidad. Porque el día en que podamos celebrar una victoria de la Selección sin que las autoridades teman una noche de excesos, habremos conseguido algo mucho más importante que un marcador favorable.

Habremos demostrado que la madurez colectiva también puede ser motivo de orgullo nacional. Y esa sí sería una victoria para todos. Al tiempo.