Para algunos lectores que vivieron su niñez en los años 80, les resultará nostálgico y se dificulta no hacer comparaciones al recordar que no tuvimos impacto mediante teléfonos celulares, o exposición a pantallas.
Si bien accedíamos por momentos a la nana electrónica llamada televisión, los niños disponíamos de una hora de caricaturas por las tardes o esperábamos con ansia el domingo para ver a Chabelo.
Algunos videojuegos iniciaban, primitivos e incapaces de generar efectos tan nocivos como se ven hoy, sin influencia en el entorno escolar. Además nuestra comunicación era principalmente verbal.
Un reciente ataque registrado en una escuela de Torreón reabre de golpe una discusión impostergable sobre el impacto de la tecnología en la infancia y la juventud en esta ciudad.
Ante esto, las respuestas gubernamentales, como restringir el uso de celulares en las escuelas y el decreto proyectado para exigir a las plataformas que eliminen contenidos violentos, son pasos necesarios, pero de alcance limitado si se implementan de forma aislada.
Las pantallas fuera del aula serán parte de una nueva era digital en las escuelas juarenses a partir de noviembre. El eco de las notificaciones y el destello de las pantallas dejarán de ser parte del paisaje cotidiano en las aulas del país, tras un acuerdo entre la Presidencia, la Secretaría de Educación y los gobernadores, respaldado por el pulso de más de medio millón de docentes. México se suma a una tendencia global que busca poner límites al uso indiscriminado de los dispositivos móviles en los centros educativos.
La medida establece un principio claro: el aula y el recreo deben ser espacios para la creatividad y el desarrollo cognitivo, no para el consumo pasivo de redes sociales. Si bien la prohibición será tajante en la Educación Básica, donde los teléfonos deberán permanecer resguardados en las mochilas y reservados estrictamente para emergencias, el esquema se flexibiliza de manera gradual conforme avanza el trayecto formativo. En la Media Superior la restricción queda sujeta a los lineamientos de cada institución, mientras que en la Educación Superior se apostará por el criterio y la autorregulación.
​Respecto a la violencia digital, no es un fenómeno abstracto; se gesta en la trastienda de los chats cotidianos, en los retos virales y en el consumo desregulado que ocurre puertas adentro, a espaldas de la supervisión adulta. Ninguna legislación podrá reemplazar jamás el papel de los padres al sentarse junto a sus hijos para supervisar sus interacciones y acompañar su salud emocional.
​ El cerebro infantil, acostumbrado a estímulos vertiginosos que cambian a cada segundo, pierde la capacidad de sostener la atención y tolerar el aburrimiento, generando una dependencia de la que posteriormente resulta muy complejo sustraerse.
La Academia Americana de pediatría recomienda que menores de dos años no utilicen ningún dispositivo y ya en la edad escolar antes de los diez años sea solo por periodos de dos horas con sus respectivas pausas.
​El dilema de la hiperconectividad ha trascendido fronteras para convertirse en una preocupación de salud pública y de los gobiernos.
​En Chihuahua, el respaldo del diputado local Carlos Olson al anuncio de la presidenta Sheinbaum sobre la protección digital de menores de 16 años pone de relieve una coincidencia de fondo que supera las fronteras partidistas. Lo que en su momento fue una iniciativa congelada y rechazada en comisiones por la bancada de Morena, hoy adquiere una nueva dimensión bajo el peso de la agenda federal. El debate transita de la autoría legislativa a una ineludible exigencia de congruencia política, donde la defensa de la salud mental y la seguridad de la infancia reclaman acuerdos legislativos.
​Iniciativas globales demuestran que los gobiernos, las comunidades y el sector privado están obligados a colaborar mediante salvaguardias regulatorias firmes. No obstante, el equilibrio digital no se logra únicamente en tribunales o en las aulas, sino en la trinchera del hogar, donde la educación en el uso responsable de la tecnología sigue siendo cimiento insustituible para el bienestar mental y social de las nuevas generaciones.